Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

El tema atinente a la “autonomía” del Banco Central, empezó a ganar vigencia en el mundo, a inicios del decenio de los ochenta del siglo pasado, hace ya más de 40 años. Es una idea que testimonia el poderoso influjo de Milton Friedman, en especial, su enfoque monetarista y, en concordancia con este, la prioridad atribuida a la inflación como la variable clave, de cuyo control eficaz, presuntamente dependería que la economía funcione de forma óptima.

Aunque Friedman fue un teórico especialmente prolífico, la que a estos efectos resulta decisiva es su “reformulación de la teoría cuantitativa del dinero” y la respectiva “ecuación de cambio”. Las raíces de esa teoría es posible rastrearlas en los aportes de los frailes de la Escuela de Salamanca (siglo XVI), en especial Martín de Azpilcueta y, sobre todo, en las elaboraciones de David Hume en el siglo XVIII. Ya en el siglo XX, algunos autores -principalmente Irving Fisher- antecedieron a Friedman. La famosa “reformulación” que este presentó en los años cincuenta, más que una teoría sobre la inflación, era un intento de respuesta a los desarrollos teóricos de Keynes, especialmente en lo atinente a la llamada “demanda de dinero”. El propósito era recuperar la noción prekeynesiana de que los mercados se autorregulan en forma virtuosa, y que la intervención estatal es inútil, en el mejor de los casos, cuando no directamente perjudicial. Algo después, la “nueva macroeconomía clásica” -así, tan pomposamente autodesignada- dará continuidad a ese proyecto, y le dará una expresión teórica radicalizada.

En todo caso, y tratándose de Friedman, lo que, a fin de cuentas, ha tenido mayor influencia y perdurabilidad, han sido precisamente sus ideas sobre la inflación. A tono con la máxima fridmaniana, según la cual, la “inflación es, siempre, y en última instancia, un fenómeno monetario”, el interés se centró en el control de la cantidad de dinero en la economía, tratando de aplicar las reglas ideadas por Friedman, cuyo objetivo era mantener una relación estable y bien definida entre la tasa de crecimiento de la economía y la tasa de crecimiento de la cantidad de dinero u oferta monetaria, de modo que, a su vez, se lograra mantener una tasa de inflación baja y estable. Con lo cual los mercados cumplirían a cabalidad su sagrada misión, y, muy panglosianamente, viviríamos en el mejor de los mundos posibles.

Este planteamiento se basaba en la teoría de la “oferta monetaria exógena”, o sea, la idea o hipótesis de que la cantidad de dinero está determinada por el Banco Central. Ahí estuvo una de sus principales debilidades ya que, en el contexto de los sistemas financieros contemporáneos, basados en una moneda fiduciaria, esa hipótesis es errónea, a pesar de lo cual, muchos economistas aún la dan por válida. Así, la regla de Friedman resultó inviable, puesto que, en la práctica, a los bancos centrales les fue imposible controlar la cantidad de dinero.

Aún se mantuvo en pie que el objetivo principal era el control de la inflación, en el cual los bancos centrales debían centrar su interés. Archivadas las reglas fijas, el instrumento al que se recurriría sería, entonces, el manejo de las tasas de interés. A su vez, todo esto alimentó la idea de que los bancos centrales debían ser “autónomos”, o sea, no debían estar bajo la influencia de factores políticos de ningún tipo, a fin de que se enfocaran estrictamente en los aspectos “técnicos” de la cuestión.

La ideología subyacente a esa idea -la de autonomizar lo económico y ponerlo por fuera y por encima de la sociedad y de lo humano- ya había sido objeto, hace muchos años, del interés teórico y de la investigación histórica realizada por Karl Polanyi. Las conclusiones eran devastadoras, pero eso no importa. Ya anticipé que esta teoría económica es solamente la versión sofisticada del Pangloss de Voltaire,

Después de más de 40 años, y visto en perspectiva, hay buenas razones para dudar de que los bancos centrales ejerzan realmente alguna influencia significativa sobre la inflación. Posiblemente eso no pasa de ser un mito devenido dogma sagrado e intocable. La experiencia de los últimos dos años en Costa Rica lo ilustra muy bien, cuando el manejo que el Banco Central ha hecho de la inflación, no merece otra cosa, excepto ser considerado un nada sutil acto circense de magia. Sentado ese mito, ello ha fortalecido el otro mito -el de la “autonomía” del Banco Central- devenido también dogma incuestionable.

La concreción práctica del mito de la autonomía, ha dado lugar en el mundo a experiencias más o menos matizadas. El Banco Central de Costa Rica es, sin embargo, un espécimen singularmente dogmático: la cosa más toscamente economicista que cabe imaginar. Y no tanto porque la ley lo ordene, sino principalmente porque a su interior se ha consolidado un fundamentalismo recalcitrante.

La situación del dólar ha hecho que, como no se veía desde hace muchos años, el Banco Central se vea inmerso en el torbellino del debate público. Pero lo mismo les da. Instalado en un universo paralelo, tiene en sus manos un arma infalible: un razonamiento economicista circular y auto justificante, que genera respuestas ad-hoc para lo que sea, infalible, infalsable, inmune o cualquier posible contrastación empírica. Dogmatismo en estado puro.

Costa Rica entera podría hundirse en el océano, y el Banco Central ni siquiera se enteraría. Y, sin embargo, y si Friedman volviera de la tumba, no creo que le incomode ver la clase de esperpentos que su teoría ha generado.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.