Luis Paulino Vargas Solís: Capitalismo versus Socialismo

Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

El juego maniqueo alrededor de estas polaridades, tiene, como punto de partida, una renuncia explícita a cualquier reflexión crítica. Desde los simplismos propios de la propaganda más tosca y rudimentaria, se afirman babosadas tales como “el capitalismo crea riqueza y el socialismo pobreza”

Qu quede claro: siendo que un debate serio sobre socialismo y capitalismo continúa siendo relevante, el planteamiento al que aquí hago referencia es tan solo una apología barata, impropia de personas educadas e inteligentes.

Primera interrogante: ¿qué están entendiendo aquí por “socialismo”? Voy a suponer que se refieren al llamado “socialismo real”, o sea, el socialismo histórico de la URSS y los países de la Europa Oriental, que formaban parte de la órbita de influencia soviética. Si eso es “socialismo”, entonces “capitalismo” sería su contraparte histórica, o sea, Occidente, pero, básicamente, Estados Unidos, Europa Occidental y Japón. Todo lo cual nos lanza por el túnel del tiempo, 40 o 50 años atrás, a la época de la Guerra Fría.

Pero si eso es “capitalismo”, entonces estaremos haciendo un uso demasiado flexible y arbitrario del concepto. Ahí irán, como en combo, experiencias muy distintas: Estados Unidos y su colosal complejo militar-industrial; los países nórdicos europeos, con altos niveles de tributación y amplísimos sistemas de Estado de Bienestar; el Japan Incorporated, con su poderoso Ministerio de Comercio e Industria, a cargo de la conducción estratégica de la economía; Francia con sus empresas públicas y su planificación indicativa. Y así sucesivamente.

¿Se refieren a “ese” capitalismo? Como podemos ver, no solo era un capitalismo muy heterogéneo, cuando, de hecho, era un capitalismo que, al menos desde cierto punto de vista, resultaba muy socialista, o sea, muy intervenido por el Estado y, a menudo, muy ocupado en procurar una mayor igualdad social, y muy orientado hacia la prestación universal de servicios como los de sanidad y educación, la ampliación de los sistemas de pensiones, los subsidios de desempleo o para la vivienda, etc.

Pero, además, era un capitalismo cuyos procesos de desarrollaron giraron, en alto grado, alrededor del Estado. El caso de Japón -luego imitado por Corea del Sur, Taiwán, Singapur e incluso China- es el más claro, pero de ninguna manera el único ¿O es que acaso Estados Unidos habría podido convertirse en una superpotencia industrial sin los elevados niveles arancelarios que mantuvo durante un siglo, y acaso habría podido colocarse a la cabeza del avance tecnológico sin las masivas inversiones públicas en investigación científica y tecnológica? Lo cierto es que, prácticamente en todos los campos, los avances tecnológicos más rupturistas, nacieron a partir de programas de investigación realizados por agencias públicas, o, como mínimo, financiados con recursos públicos.

Ahora bien, podría ser que cuando dicen “capitalismo”, lo que quieren decir es “libre mercado”, pero, entonces, ya la cuestión cae en el ridículo total. En rigor, esos mercados “libres” nunca han existido, porque cuando se ha intentado implantarlos, los resultados son tan lamentables, y, a menudo, tan catastróficos, que se hace inevitable la intervención de los gobiernos. De hecho, en el capitalismo, los mercados simplemente no podrían existir si no contaran con la tutela del Estado. La verdad es que, como ya lo anticipé, no hay ninguna experiencia de desarrollo exitoso, que no incorpore una dosis significativa de intervención estatal. Esa intervención adquiere formas, alcances e intensidades distintas, en distintos contextos y momentos históricos, pero siempre ha estado ahí.

Claro, todavía el planteamiento puede subir un escalón más en el ranking de la estupidez para afirmar: “la Venezuela de Maduro es un ejemplo de socialismo” ¿En serio? En rigor, los sistemas económicos y sociales de Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia están mucho más cerca de lo que podríamos llamar “socialismo”, y ello por múltiples razones: su orientación hacia la igualdad en la distribución del ingreso y la riqueza; la amplitud de su sector público; su alto nivel de tributación; el gran alcance de sus sistemas de seguridad social y bienestar.

Ahora que, si de simplismos se trata, todavía queda otra posibilidad: simplemente afirmar que capitalismo es todo aquello que existe después del derrumbe de la URSS. Pero, si eso es así, antes que cantos triunfales, lo que deberíamos escuchar son exclamaciones de preocupación ¿O es que un mundo asolado por las guerras, fracturado por conflictos de todos los colores, asediado por el autoritarismo y la intolerancia y amenazado en su propia sobrevivencia por el cambio climático, podría suscitar otra cosa?

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