Luis Paulino Vargas Solís: Costa Rica: un país que reniega de su historia

Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

Los logros históricos de Costa Rica fueron, seguramente, el fruto de una confluencia entre distintas corrientes de pensamiento y diversas perspectivas políticas. No fue, ni mucho menos, un proceso lineal, ni tampoco algo que se resolvió sin tener que pasar por momentos de conflicto, enfrentamiento y ruptura, incluyendo la dictadura de los Tinoco en 1917-1919 y la guerra civil de 1948.

Creo que incluso la llamada “generación del 89”, la de los liberales de tradición decimonónica, cuyas figuras más descollantes fueron Ricardo Jiménez Oreamuno y Cleto González Víquez, también dieron su aporte, porque sembraron la semilla del respeto al pluralismo, que solo muy trabajosamente logró fructificar con el tiempo. La crítica a un orden social injusto, y la convocatoria a un cambio que construyera mayor igualdad, eclosionó en el segundo decenio del siglo XX, con González Flores, y tuvo un empujón importante, en el decenio siguiente, con el reformismo del cura Volio.

Poco después vendría el Partido Comunista, bajo el liderazgo de Manuel Mora y, a su lado, María Isabel Carvajal, nuestra querida Carmen Lyra. La confluencia de Mora con el Dr. Calderón Guardia y monseñor Víctor Manuel Sanabria en el decenio de los cuarenta, hizo posible las reformas sociales, el Código de Trabajo y la creación de la Caja y de la Universidad de Costa Rica, sin los cuales la Costa Rica de los decenios siguientes habría sido impensable. La Segunda República, con el liderazgo de Pepe Figueres y las otras figuras destacadas del liberacionismo histórico -Daniel Oduber, el padre Núñez, Rodrigo Facio, “Chico” Orlich- no solo respetaron esas reformas, no obstante el violento choque que sostuvieron con quienes las impulsaron, sino que profundizaron en un proyecto reformista en lo social y desarrollista en lo económico, el cual terminó de cincelar un país que logró construir la paz y la democracia sobre las bases de una economía que se diversificó y elevó su productividad de forma muy dinámica, y un orden social que alcanzó estándares de igualdad e inclusión, imperfectos, limitados, pero realmente notables.

Nótese que, al hacer este brevísimo recuento, implícitamente hago referencia a diversas vertientes políticas e ideológicas: el liberalismo, la doctrina social de la iglesia, el comunismo, el socialismo, el socialcristianismo, la socialdemocracia. Desde ese entretejimiento, y gracias a la síntesis resultante, se construyó el país que nos inspiraba justificado orgullo. Reitero: todo esto fue fruto de procesos complejos y a menudo conflictivos. Incidían diversas influencias externas como es cierto que, por debajo de la superficie, y más allá de los rostros visibles de los diversos liderazgos, se movían fuerzas sociales profundas. Las heridas que, en distintos momentos, fueron infligidas, no cicatrizaron fácilmente, cuando los procesos de reconciliación tardaron décadas. Pero, al cabo, bien podemos decir que Costa Rica logró resolverlo de forma muy satisfactoria.

Todo esto empezó a cambiar en el decenio de los ochenta del siglo pasado. No fue un cambio abrupto. Más bien fue un viraje gradual. Para entender su significado de fondo, sugiero la lectura crítica del libro “Desde el Banco Central”, una obra de Eduardo Lizano, publicada en 1988. Ahí se reúnen conferencias suyas, pronunciadas a lo largo de 1985 y 1986, después de asumir la presidencia del Banco Central en septiembre de 1984. Ese libro es algo así como el “acta fundacional” del proyecto neoliberal en Costa Rica. Ahí quedó claramente trazada una hoja de ruta que implicaba renegar de la Costa Rica histórica, una forma de reescribir esa historia bajo una luz que afeaba sus logros, hasta convertirlos en purulencias que debían extirparse. Pero todo dicho sin aspavientos ni estridencias, con sutileza e, incluso, con elegancia.

El modelo resultante ha sido fallido, según nos lo demuestran diversos síntomas: la profundización de la desigualdad y la exclusión; la difusión de un sentimiento de frustración, indignación y desesperanza; el grave deterioro de la calidad de nuestra convivencia social y, concomitante con esto último, la violencia en ascenso. Pero también ha tenido su faceta exitosa, al menos desde dos puntos de vista: primero, los ricos hacen clavos de oro y son cada día más opulentos y, segundo, las zonas francas son un emporio. Lo primero ya había sido anticipado por el propio Lizano, en artículos que publicó en La Nación en 1984.

Pero todavía hay un tercer aspecto en que el proyecto neoliberal es exitoso: lo ideológico. El triunfo es más resonante entre la gente joven pero no se limita a ese sector. Implica renegar de los valores democráticos e igualitarios, de solidaridad, justicia y equidad, de la Costa Rica histórica, sustituidos por el “sálvese quien pueda”, “que cada quien se las arregle por su cuenta” y “que gane el más fuerte (y el más feroz)”.

Ya desde el decenio de los ochenta, el bipartidismo PLN-PUSC sembró las semillas, y, luego abonó el terreno para que, poco a poco, florecieran. El PAC, que ofrecía recuperar el ideario socialdemócrata y, a la vez, alumbrar un camino de reivindicación ética y moral, traicionó ambos cometidos de forma estrepitosa. Hoy la descomposición es el alimento que hace crecer a los rodrigo-chaves y las pilar-cisneros; y a las natalia-díaz con sus unidos-podemos y los eli-feinzaig y su liberal-dis-que-progresista.

Dominada por el malestar, Costa Rica tiende a virar hacia propuestas políticas que, frente a la decadencia, ofrecen una única respuesta: acelerar y profundizar la decadencia.

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...