Fue así porque deliberadamente quisieron que fuera así, y porque no movieron un dedo para corregir nada. Hubo negligencia e incapacidad. Sobre todo, escaseo el compromiso serio con Costa Rica y, en cambio, hubo demagogia e irresponsabilidad a raudales.
Luis Paulino Vargas Solís
El pasado miércoles 3 de junio hubo un debate en la Asamblea Legislativa entre la diputada Claudia Dobles y el diputado chavista Nogui Acosta. Todavía otra diputada chavista quiso intervenir en la discusión, pero lo hizo en términos tan desafortunados que no merecen ser comentados.
En lo sustantivo, Dobles defendió los logros en materia fiscal del gobierno de Carlos Alvarado y criticó lo que, a su juicio, ha sido un proceso de paulatino pero sostenido deterioro ocasionado por el manejo fiscal de la administración Chaves Robles. Nogui se afanó por demostrar que, todo lo contrario, las finanzas públicas lucen rozagantes y alentadas, gracias a la sabia política económica del jaguar chavista.
Surge aquí un detalle anecdótico interesante: Nogui Acosta –de natural oportunista– fue miembro de ambos gobiernos: viceministro en el primero, ministro en el segundo. Ambos en Hacienda.
Pero hay más: desde su puesto de viceministro, Nogui fue el hombre que dio la cara en todos los debates que por entonces –segundo semestre de 2018– se hicieron en relación con la reforma fiscal impulsada por Alvarado.
De manera que Nogui tiene un pie en el gobierno de Alvarado y otro en el de Chaves.
Para cualquier persona decente, eso plantearía todo un conflicto moral que obligaría a mostrar mucha cautela.
No parece, ni mucho menos, ser el caso de Nogui Acosta. Pero tampoco debe causar extrañeza. Es el ethos chavista. Lo llevan en la sangre.
Pero, bueno, Nogui optó por defender a Chaves y prefierió olvidar el importante rol que tuvo en el gobierno de Alvarado. Sus razones tendrá, y es de suponer que una de esas razones sea la curul legislativa en la que ahora se sienta.
Hay un punto en el que la diputada Dobles tiene la razón: si revisamos la historia hacendaria de Costa Rica durante los últimos 18 años, 2022 surge como el año en que los indicadores fiscales convencionales tuvieron mejor desempeño.
Claro, Chaves gobernó ocho meses de ese año y Alvarado solo cuatro. Pero también es cierto que ese fue el año en que entró a regir, a plenitud, la reforma fiscal que Alvarado lideró en 2018, y por la que Nogui puso la cara con gran arrojo.
En ese 2022 la reforma fiscal aprobada a finales de 2018 alcanzó su punto culminante, su mejor momento. Luego vino el declive.
En los años posteriores a 2022 –años del chavesato y de la consagración de Nogui como el “superministro de hacienda”– los indicadores fueron cuesta abajo, en un proceso de gradual pero sostenida desmejora…hasta llegar al día de hoy cuando, con notoria demora, el FMI se nos viene encima con una andanada de sombrías advertencias y desalmadas recomendaciones.
Y, entonces, ¿es culpa de Chaves como afirmó la señora diputada o simplemente son “las cosas de la vida” como quisiera Nogui que creamos?
Creo que Dobles acierta en el sentido de que las responsabilidades fundamentales les corresponden a Chaves y a Nogui. Mientras parloteaban demagógicamente sobre la “economía jaguar”, las cuentas fiscales se iban erosionando de a pocos, y de forma continua.
Pero Dobles falla al no reconocer que Alvarado no sale indemne.
Porque el plan fiscal liderado por Alvarado estuvo mal diseñado, era de contenidos regresivos e injustos y de alcances mezquinos y limitados. Podemos conversar acerca de los límites políticos que Alvarado enfrentaba y dentro de los cuales formuló ese proyecto. Pero sigue en pie que el plan tenía falencias muy significativas y que Alvarado ni siquiera hizo el intento por proponer algo mejor.
Seguro ustedes no me lo van a creer, pero les aseguro esa fue una advertencia que yo formulé incontables veces en lo mucho que escribí por entonces, pero también en los muchos debates en que participé, allá, por aquellos enfebrecidos meses de 2018, cuando el país se enfrascó en aquella áspera polémica sobre el plan presentado por Alvarado.
De hecho, cara a cara, en algunos de esos debates se lo planteé al mismo Nogui. En particular lo interpelé acerca de lo poco probable que resultaba que aquel plan fiscal garantizara, en el grado suficiente y en plazo largos, la sostenibilidad de las finanzas públicas. Nunca logré que me respondiera.
Y una cosa debe estar clara: toda la política fiscal del gobierno de Chaves y, por lo tanto, toda la política fiscal que Nogui ejecutó desde Hacienda, fue una herencia de Alvarado. Toda.
Era una política constitutivamente cruel porque la regla fiscal misma lleva la crueldad inscrita en cada uno de sus párrafos. Simplemente no hay forma de preservar sin daño los servicios y programas sociales del Estado y, al mismo tiempo, cumplir que los límites astringentes que impone la regla. Creer otra cosa es creer que la alquimia financiera es posible.
Pero, además, el plan fiscal de Alvarado dejaba intactas las falencias estructurales del sistema tributario y optaba por omitir –como si no existieran– ciertos rasgos estructurales problemáticos que fracturan la economía costarricense.
El plan de Alvarado estaba lastrado por la inequidad, por su incapacidad para hacer tributar a los más altos ingresos y a las grandes concentraciones de riqueza, y, concomitantemente, por su debilidad a la hora de evitar las estratagemas que facilitan la evitación del pago de los impuestos.
La economía costarricense, por su parte, es hoy algo como una especie de archipiélago, cuyas distintas partes están desconectadas y viven realidades y evoluciones contrastadas.
Ese conjunto de desequilibrios, asimetrías e incoherencias, al permanecer incólumes, debilitan, desde sus bases fundamentales, el plan fiscal de Alvarado. Todavía más: debilitan estructuralmente la sostenibilidad de las finanzas públicas.
Pero en manos de Chaves y de Nogui los rasgos problemáticos de ese plan fiscal empeoraron al extremo más brutal.
Fue así porque deliberadamente quisieron que fuera así, y porque no movieron un dedo para corregir nada. Hubo negligencia e incapacidad. Sobre todo, escaseo el compromiso serio con Costa Rica y, en cambio, hubo demagogia e irresponsabilidad a raudales.
Chaves y Nogui se limitaron a aplicar el plan heredado de Alvarado y, al aplicarlo, se esmeraron por hacerlo en la peor versión imaginable.
Esto ha subvertido las bases del desarrollo futuro de la sociedad y la economía costarricenses y ha tenido un costo social y humano terrible.
Y todo para llegar adonde estamos: a las puertas de otro episodio de crisis fiscal.


