Luis Paulino Vargas Solís: De Luis Alberto Monge a Rodrigo Chaves

Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

En mayo de 1982, cuando iniciaba el gobierno de Luis Alberto Monge, el país se encontraba en lo más profundo de lo que, con mucha diferencia, ha sido la peor crisis económica del último siglo, al menos desde la crisis del decenio de los treinta. Sobraban razones para que hubiese descontento, y, sin embargo, la paz social se sostuvo y el optimismo y la confianza se mantenían incólumes. Después de tres decenios de avance y mejoramiento, la gente se había acostumbrado a ver el futuro con ojos de esperanza, y un trienio de crisis no bastó para cambiar esos sentimientos.

Se iniciaba así el reinado del bipartidismo PLN-PUSC, y, con este, el viraje neoliberal de la economía, el cual ya se anunciaba, aunque aún tímidamente, en los planteamientos iniciales de las autoridades económicas de la administración Monge, para empezar a adquirir una forma más claramente reconocible a partir de 1984. La reestructuración de la economía avanzará, gradual, pero sin pausa, hasta finales de los años noventa. Luego experimenta una relativa ralentización -sobre todo a causa del contundente rechazo popular del llamado “Combo ICE”- para, finalmente, lograr quebrar muchas de las resistencias y soltar muchas de las amarras que la habían frenado, gracias a la aprobación del TLC con Estados Unidos. Las repercusiones en lo ideológico y moral, concomitantes a este proceso, irán emergiendo de a poquitos, conforme se debilitaban los valores igualitaristas que caracterizaron la Costa Rica histórica, y nos adentrábamos a una sociedad que, gradualmente, ganaba en complejidad y heterogeneidad, pero también se volvía más inhóspita, cada vez menos solidaria.

Al cabo de 20 años, en las elecciones de 2002, aquel bipartidismo de impronta neoliberal, tuvo una primera fractura, con la irrupción del PAC y de su líder, Ottón Solís. Ya para entonces, la confianza con que Monge fue recibido, se había resquebrajado. Empieza, entonces, a manifestarse un proceso de fragmentación y dispersión política y partidaria, concomitante a un malestar y una desconfianza al alza.

Más allá del boato de las zonas francas, el esplendor de las oficinas de los bancos privados, y el inquietante misterio de los fastuosos palacetes amurallados, aquellos problemáticos síntomas seguirán agudizándose. Transcurren, así, otros 20 años. Con las elecciones de 2022, viene un reacomodo importante. Por primera vez en décadas, Costa Rica le abre las compuertas a una opción política explícitamente populista y autoritaria, que, en sus afanes por acaparar poder, ahogar el pluralismo y silenciar las voces disidentes, no duda en poner en tensión la institucionalidad y el Estado de derecho, recurriendo para ello a un frondoso arsenal de mentiras y un espíritu belicoso, que busca alimentar la confrontación y que hace del conflicto el combustible que lo mueve y energiza.

Monge Álvarez recibió un gobierno que, no obstante, la crisis que se vivía, contaba a su favor con un activo muy poderoso: la confianza de la gente. No sé si Monge fue consciente de ello, pero lo cierto es que su administración sembró las primeras semillas de un proyecto político e ideológico que, en el largo plazo, conforme pulverizaba la confianza y sembraba la frustración y la desesperanza, ha dado el fruto tardío de un presidente con las características de Rodrigo Chaves. En el largo interregno entre los dos extremos de esta historia, se insertan diez gobiernos, ocho presidentes y una presidenta, como asimismo evolucionamos del bipartidismo hacia la fragmentación y la dispersión. Los parámetros fundamentales del modelo económico experimentaron algunas mutaciones, sin que se alterase su lógica fundamental, lo que nos ha empujado hacia una sociedad cada vez más desigual y violenta.

Llegados a este punto, una cosa es clara: hemos entrado a territorio minado.

Aunque el mundo de hoy es ciertamente muy distinto al de hace 40 años, creo que hoy, como entonces, los valores del igualitarismo democrático, continúan siendo los únicos que podrían restablecer la confianza, para, a su vez, volver a creer en el futuro.

Han sido 40 años de declive. Hemos caído muy abajo, pero lo peor de todo es que podríamos caer incluso más bajo.

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