De ahí los recortes brutales sobre los programas sociales del Estado y el interés por el proyecto de jornadas laborales de 12 horas.

Luis Paulino Vargas Solís.

El tipo de cambio entre el colón y dólar es un precio muy importante para la economía. Cumple funciones similares a las que son propias de una boya o flotador que mantiene estable el nivel del agua dentro de un tanque, de modo que evita que este se vacíe o que se rebalse.

En el caso del tipo de cambio su tarea es, digámoslo así, nivelar las cosas de forma que, cuando los precios en colones de los productos o mercancías se pasan o transforman a la moneda extranjera, se “balancee” el nivel de competitividad de la economía costarricense con el de los países con los que Costa Rica comercia, de forma que no favorezca ni desfavorezca de forma inapropiada ni las exportaciones ni las importaciones.

No quiere esto decir que exista un “tipo de cambio de equilibrio”. En realidad, la idea del equilibrio, tan entrañable a la teoría económica neoclásica, es más bien una noción metafísica, que ofrece una imagen engañosa de la realidad. De lo que se trata, en cualquier caso, es de alcanzar y mantener un tipo de cambio que refleje, dentro de márgenes razonables, los niveles relativos de productividad y de competitividad de la economía costarricense frente a países con los que se comercia y/o se compite en el comercio.

Cuando decimos que la moneda esta sobrevaluada o sobrevalorizada, lo que estamos diciendo es que el valor del dólar expresado en colones bajó de una forma tal, que no refleja correctamente la relación entre los costos de producción al interior de la economía costarricense comparativamente a los costos de producción en los otros países.

Ese colón, que tiene un valor excesivamente alto respecto del dólar, provoca el efecto de que, de forma artificial, hace más caros –y por lo tanto menos competitivos– los productos que genera la economía costarricense.

Aunque es habitual que se diga que eso afecta sobre todo a las exportaciones y a las actividades turísticas, lo que los datos nos dicen es que, en realidad, el efecto más destructivo lo están sintiendo las actividades productivas que compiten con importaciones.

La razón es que exportaciones y turismo producen para mercados externos muy amplios. Eso les garantiza una demanda dinámica que compensa en parte la baja del dólar. Y, sin embargo, no debemos menospreciar el enorme estrés que esta situación les está implicando, sobre todo para las empresas pequeñas. Por su parte quienes producen para lo interno, se topan con un mercado nacional deprimido, lo que les hace muy difícil competir con importaciones artificialmente abaratadas. 

Si uno revisa los datos en un período largo, observa que ya Costa Rica había vivido un proceso de sobrevalorización del colón frente al dólar. Fue una tendencia que se prolongó durante 10 años: entre fines de 2005 y fines de 2015. Luego, entre inicios de 2016 y mediados de 2022, esa tendencia cambió, y hubo una parcial corrección de la situación.

Entre mediados de 2022 y la fecha actual –poco más de cuatro años– el colón se volvió a sobrevalorizar, pero siguiendo una tendencia mucho más abrupta que la observada entre 2005 y 2015.

¿Cómo corregir una situación así?

Una opción obvia es devaluar la moneda. Pero la devaluación exige máxima prudencia, ya que puede tener efectos inflacionarios que hagan que, eventualmente, la medicina sea igual de mala, sino peor, que la enfermedad.

Otra opción –la más sana y sostenible– es elevar la productividad de la economía, lo cual significa producir lo mismo en menos tiempo. Se logra así una reducción de costos y una mejora de la competitividad, que no provienen del recorte de los salarios ni del deterioro de las condiciones de vida de la población. Su fuente –mucho más sólida y sostenible– surgiría de que en cada hora laborada se obtendrían más productos y de mejor calidad.

Pero esa, siendo la mejor opción, lleva su tiempo para aplicarla y para que dé frutos, y no depende solo de las empresas individuales, sino, y principalmente, depende de políticas públicas apropiadas. Lo malo es que Costa Rica ha carecido de esas políticas desde hace muchos años. Y con los gobiernos del chavesato el problema se ha agudizado aceleradamente: se han dedicado a hacer añicos todas las políticas necesarias para construir una economía más avanzada y de mayor productividad.

Queda una tercera opción: la “devaluación interna”.

O sea: comprimir los costos de producción internos a punta de comprimir salarios, deteriorar las condiciones laborales y debilitar los programas sociales del Estado y los sistemas de pensiones, mediante el recorte y su desfinanciamiento.

En breve: recuperar competitividad dañando la vida de la gente.

La “devaluación interna” es la vía elegida por el gobierno de Laura Fernández. De ahí los recortes brutales sobre los programas sociales del Estado y el interés por el proyecto de jornadas laborales de 12 horas.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.