Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

La definición canónica de la economía, la que a mí me enseñaron hace añales en Principios de Economía I, y que se sigue repitiendo tanto en los manuales como en los cursos introductorios de economía, se centra en la idea de que es una disciplina que estudia la asignación de recursos escasos para satisfacer necesidades (presuntamente) infinitas. Esta definición fue originalmente planteada por el economista inglés Lionel Robins (1898-1984) en un ensayo publicado en 1932.

Siempre me ha parecido una definición bastante extraña, ya que eso de estudiar la asignación de recursos escasos, tiene, claramente, connotaciones ingenieriles. Y esa impresión se refuerza al recordar que usualmente la teoría asume como dadas las necesidades. O sea, no se entra a estudiar cómo surgen, se modelan y cambian estas, mucho menos se estudia quién necesita qué. Simplemente existen “las necesidades” -sea lo que fuere que eso signifique- y, entonces, lo que interesa es la “asignación” de los recursos escasos. Alguien, ligeramente desprevenido, bien podría pensar que eso es lo propio de alguna rama de la ingeniería.

En relación con esta definición, Robert J. Shiller (economista estadounidense, Nobel de economía 2013), comenta en su libro “Exuberancia irracional” lo siguiente: “Robbins presenta el problema como seres humanos contra naturaleza…” (p. 492). Esta frasecita es impactante y reveladora, mucho más de lo que el propio Schiller habría querido imaginar. Resulta que tenemos, de un lado una definición de economía que tiene connotaciones ingenieriles, y, enseguida, nos topamos con uno de los economistas más reconocidos del mundo, interpretándola en clave de enfrentamiento entre seres humanos y naturaleza. Lo cual es seguramente correcto: cuando las “necesidades” son una nebulosa imprecisa e indefinida, lo cual facilita que se postule que son “infinitas” -que, al cabo, es lo único que la economía se atreve a decir- y puesto que, frente a tal “infinitud” de necesidades,  los recursos “escasean”, la cuestión termina siendo una pelea contra la naturaleza: para vencer la resistencia que nos opone y sacarle todo cuanto sea posible sacarle y ojalá mucho más.

La cuestión resulta bastante intrigante. De un lado, lo que se nos dice es que la economía no se interesa por las relaciones que los seres humanos establecen entre sí, que, para el caso, serían las relaciones que tienen que ver con la producción, la distribución y el consumo, todo lo cual constituye, a fin de cuentas, el ámbito social propio de lo que llamamos economía. Descartadas tales vínculos entre personas humanas, y visto que lo que nos interesa es “asignar recursos escasos”, se interpreta (nada menos que un nobel de economía) que esto significa enfrentarse a la naturaleza. Pero, evidentemente, si las relaciones entre personas humanas no interesan, tampoco interesaran las relaciones con la naturaleza, o, para ser más preciso, no interesa la calidad de tales relaciones, puesto que estas quedan reducidas a una cuestión de extracción y explotación. De alguna manera se recupera así la máxima bíblica del Génesis, la cual ordena: “sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”. “Sometedla” y “mandad”. O sea, y volviendo a los términos utilizados por Schiller, es el enfrentamiento “ser humano – naturaleza” y, sobre todo, la vocación u obligación de dominio del primero sobre la segunda.

Toda esta metafísica en la que la economía ortodoxa o convencional se asienta, tiene implicaciones importantísimas. Por un lado, la nebulosa noción de “escasez” imposibilita reconocer que hay contextos en que el problema es más bien la opulencia y el despilfarro. Pero, de forma similar, el “ceteris paribus” en que convenientemente embuten las necesidades, impide comprender que hay necesidades y “necesidades”. Lo único que tipos como Bernard Arnault y Jeff Besos podrían necesitar es vivir al menos 1.000 años, a ver si al menos logran gastar una fracción del dinero que tienen. En cambio, hay gente que padece de hambre y no precisamente a causa de que escasee la comida.

Y, en fin, ¿no subyace a todo esto una ideología que empuja hacia el expolio y la destrucción de la naturaleza? ¿No es además esta una ideología muy propicia a la perpetuación de un orden fracturado por toda clase de injusticias e inequidades?

Esos son los anteojos a través de los cuales miran el mundo la gran mayoría de economistas del planeta. Y siendo muy difícil liberarse de esa camisa de fuerza epistemológica, tampoco resulta monetariamente conveniente hacerlo. Simple: a vos no te contratan en el Banco Mundial ni te nombran gerente de un poderoso grupo financiero ni te nombran ministro de Hacienda o presidente del Banco Central, si te atrevés a cuestionar esa visión de las cosas.

 

 

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.