Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

El chavismo había ungido a Luis Amador como príncipe heredero: “será el próximo presidente, y luego de él volverá Chaves”, afirmaban cada vez que tenían oportunidad. Y así como de Chaves aseguraban que es el mejor presidente en no sé cuántos decenios, otro tanto se decía de Amador: el mejor ministro que Costa Rica ha visto y degustado en, por lo menos, el último siglo.

El mito encontraba su representación favorita en la imagen de Batman y Robin. Pero no el Batman de esas oscuras superproducciones hollywoodenses, de opresivo ambiente gótico, tan populares y taquilleras, ya desde la segunda mitad de los ochentas del siglo pasado, sino en aquel dueto Batman-Robin de la serie televisiva de los años sesenta, con una estética más bien “kitsch”, y una relación equívoca, bastante sospechosa, que recordaba mucho el vínculo entre el hombre adulto y el efebo, característico de la antigüedad griega.

Cuando, por otra parte, parecía que el afiebrado imaginario del chavismo, encontraba respaldo en los mensajes que se emitían desde Zapote. Es decir, frente al público parecía confirmarse el estrecho vínculo y la profunda camaradería que unían al Papá-Batman-Chaves con su Baby-Robin-Amador. Baste recordar, a modo de ejemplo, la mancuerna que estos dos señores hicieron para, al unísono, inventar excusas que justificaran la tragedia del bus accidentado en Cambronero. O, asimismo, la complicidad que mostraron para ignorar los resultados del concurso público, y, a dedo, elegir a Dekra para la revisión vehicular.

De tal modo, sobran razones para considerar sorpresiva la decisión de Chaves, al anunciar el despido de Amador. Viene a ser tan desconcertante como ver al Bruno Díaz de la serie televisiva de los sesenta, expulsando a empujones a Ricardo Tapia de su lujosa mansión, bajo la mirada atónita de Alfred, su mayordomo.

Ya de entrada, las justificaciones que ofrecía Chaves no resultaban creíbles ni para el abuelito. Las irregularidades cometidas por Amador no empezaron por el caso del cual el presidente quiso agarrarse. Sus irregularidades han sido múltiples y reiteradas (el caso Dekra es una de tantas), y en todas Chaves aparecía como copartícipe. Y si Chaves eligió este caso para justificarse, fue posiblemente porque le pareció que el involucramiento de la desprestigiada constructora Meco, haría que la flauta sonase más dulce al oído de las huestes chavistas, a fin de facilitarles el trago amarguísimo que su amado caudillo les recetó, al defenestrar al ungido.

Luego, y a ritmo de vértigo, la cosa se ha complicado, y la fragorosa correntada está arrastrando, no solo a Amador, sino al propio Chaves, a la ministra Díaz y a la Comisión de Emergencias. Claramente Chaves quiso poner a funcionar el ventilador para cubrir de porquería a su exfavorito, pero se topó con un ventarrón de frente mucho más poderoso. La consecuencia es que la pestilencia se le devolvió, está alcanzando a gente a la que Chaves quería mantener protegida y está hundiendo al presidente en un lodazal.

Las razones detrás de esta desafortunada truculencia son sin duda otras, y de ninguna manera las que el presidente ha aducido.

El caso tiene todas las trazas de un Edipo invertido: un filicidio en vez de un parricidio, motivado por la envidia del padre frente al ascenso meteórico del hijo, y el temor de que este le robase su devota esposa, o sea, que le arrebatase la fidelidad idolátrica de la fanaticada chavista.

Para esa fanaticada, todo esto ha de ser dolorosísimo. Es un demoledor golpe de realidad, sobre todo tratándose de gente que vive fantaseando 24/7. Y, sin embargo, es previsible que pronto reinventarán su mundo de ilusiones, y nuevos mitos vendrán a poblar su afiebrada imaginación.