Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

En su informe de labores ante la Asamblea Legislativa, y al reincidir en su patológica obsesión por la privatización del BCR, el presidente Chaves afirmó que, de acuerdo con los resultados reflejados en los estados financieros de ese banco, la rentabilidad que este le da a Costa Rica es inferior a la que le daría un certificado de depósito. Y ese, evidentemente, es su “gran argumento” para justificar la privatización, el cual, con apenas diferencias de matiz, ha repetido muchas veces.

El señor presidente exhibe así una conmovedora ignorancia, puesto que se muestra del todo incapaz de evaluar correctamente cuál debería ser la función y el aporte esperable de un banco público. Es un enfoque tan simplista que, a lo mucho, si acaso sería esperable en un contabilista egresado de alguna de esas escuelitas privadas que hay por ahí.

Un banco público no puede, y no debe, ser evaluado con base en el monto de las ganancias que genera ni con base en los correspondientes coeficientes de rentabilidad. Su objetivo no es generar ganancias, o, a lo sumo, ese sería un objetivo accesorio, subordinado a objetivos más amplios y mucho más importantes. Lo cual no quiere decir -ni mucho menos- que no deba ser financieramente sólido. Todo lo contrario. Es decir: la solidez financiera -que no es sinónimo de voluminosas ganancias- es simplemente un requisito necesario para el mejor cumplimiento de su cometido fundamental.

El asunto puede ilustrarse adicionalmente, mencionando un ejemplo interesante: durante los decenios de los sesenta a noventa del siglo pasado, en el que se produce el ascenso económico de Corea del Sur, y su tránsito de un país muy pobre a una potencia industrial de primer orden, los bancos coreanos -aún sin ser estatales- estaban sujetos a una regulación estricta que los obligaba a priorizar la modernización, diversificación e industrialización de la economía. Supongo que en Costa Rica los banqueros privados no querrán que se les obligue a tales extremos -aunque sí cabe exigirles un poco más responsabilidad social en su gestión- por lo que, en tal caso, corresponde a los bancos públicos satisfacer cometidos de esa naturaleza.

El objetivo central de nuestros bancos públicos debe ser la promoción de formas de desarrollo que equilibren la modernización y diversificación de la economía, la elevación de la productividad y la promoción del empleo, con la equidad social, el desarrollo regional equilibrado y la justa distribución del ingreso y la riqueza. Es desde esos criterios que debemos evaluar al BCR, al BNCR o al Popular, pero jamás con base en ese machote de cursito introductorio de contabilidad a que apela el presidente.

Asimismo, es desde esos criterios que hoy se nos hace urgente reformar la legislación bancaria, parar fortalecer la independencia de los bancos públicos frente a las calenturas politiqueras de los demagogos de turno, y definir con mayor claridad esos objetivos a los que deben responder, como, asimismo, para instaurar mejores mecanismos de rendición de cuentas, a la vez transparentes, democráticos y técnicamente rigurosos.

Pero parece que el presidente Chaves de eso nada entiende, lo cual equivale a no entender nada de nada.

Pero, además, la afirmación presidencial lleva implícita una falacia groserísima: la de que, una vez privatizado, un BCR más rentable, sería, por ello mismo, más beneficioso para Costa Rica ¡Hágame el favor!

¿Cómo es posible que Chaves no entienda la diferencia entre rentabilidad privada y rentabilidad social? Cuando, por cierto, este es uno de esos casos en que ambos criterios divergen ampliamente. Pero es que, con seguridad, el presidente tampoco entiende que la rentabilidad privada de los bancos privados existentes en Costa Rica se logra a costa de altísimas tasas de interés, un evidente abandono de los objetivos de desarrollo equitativo y equilibrado y lanzando a centenares de miles de personas a cobro judicial, con lo que, de paso, obligan al Poder Judicial a velar por sus intereses privados, con un elevado costo en términos de los fondos públicos que deben ser destinados a ese cometido.

No sé si decir que es patético y ridículo. Sobre todo, es alarmante.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.