Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

Zarcero en el decenio de 1960. Un pueblecito de calles empedradas y menos de dos mil habitantes, empotrado al noroeste de la Cordillera Volcánica Central, casi en el entronque con la Sierra de Tilarán. Fueron mis años antes de la escuela y, luego, los de mis años escolares. Durante la mayor parte de aquel decenio, el hoy famoso parque de Zarcero -el de don Evangelista Blanco- aún no existía. En su lugar había una gran plaza enzacatada, que muchas veces atravesé en diagonal: desde la esquina sureste hasta la noroeste, posiblemente para ir a la casa de Mamá Felita, mi abuelita paterna, que, ya en sus 90 años, y enfundada en faldas largas y oscuras, me recibía siempre con aterciopelada ternura: “¿Cómo está mi muchachito?” y me regalaba con una tortilla, de perfecta redondez, pequeña y muy blanca, recién palmeada y rociada de sal.

Era un Zarcero de noches oscurísimas, excepto que hubiese una espléndida luna llena sobre un cielo nocturno despejado. Con frecuencia, a eso, posiblemente, de las 7 o 7:30 de la noche, papá me pedía: “vaya a la pulpería de Rafaelillo y me trae un paquete de cigarros sin filtro, León o Ticos”. Era exactamente cien metros (o una cuadra como se diría más modernamente). Cien metros en las tinieblas de la noche. Me armaba de valor -mucho, pero mucho valor- para enfrentar todos los espectros horrorizantes que se escondían en las penumbras y, como un cachiflín, iba donde Rafaelillo y de la misma forma volvía, para, ya sin aliento, dar cumplimiento a la encomienda paterna.

Y, si, en las casas había luz. En casa también. Del techo colgaban bombillas que desfallecían en un amarillento anémico y bilioso. Ocasionalmente, y por momentos, ganaban vivacidad para luego volver a caer en una especie de perezosa somnolencia. En vista de tales miserias, en algún momento papá puso algo que supongo era una especie de batería: un aparato (el “elevador” le llamaban) adherido a la pared y en forma de cajón negro, metálico y pesado, con una perilla que, según se necesitara, permitía incrementar un poco las tristes prestaciones de las macilentas bombillas.

El servicio lo proveían “los Matamoros”. Así se la designaba popularmente a la empresa que, con ese fin, había colocado una planta generadora en el río Tapezco. Jamás supe quiénes eran ni donde vivían. Tengo la sospecha, como un lejano e impreciso recuerdo, de que era una familia de Grecia, pero no podría asegurarlo. Hay quienes me dicen que, más bien, eran de Naranjo.

Yo sí conocía -bueno, todo Zarcero lo conocía y lo quería- a Luis “Planta”. Así se le llamaba. No era ingeniero ni mucho menos; era solo un trabajador con conocimientos técnicos sobre electricidad y, de hecho, fungía como la cara visible de “los Matamoros”. Día a día, se le veía ir y venir, de aquí para allá, siempre empeñoso, amable y servicial, reparando los innumerables entuertos que, una y otra vez, hacían colapsar el servicio de “los Matamoros”. Mi madrecita, por cierto, le tenía el mayor respeto, y procuraba seguir al pie de la letra los consejos que Luis “Planta” le daba a objeto de ahorrar la electricidad, que tampoco era cosa de que en casa sobrara plata para pagar aquel servicio, por muy esmirriado que fuera.

Creo que fue hacia el final de ese decenio de los sesenta, o no sé si a inicios de los setenta. Era un grupo de señores de mucha iniciativa, solidarios y de vigoroso compromiso cívico. Hombres, a lo que recuerdo, más una mujer: doña Fanny Araya, la directora de la escuela, mujer de recia personalidad, de fuerte temperamento. Su figura de autoridad era tan potente y majestuosa, que, en su presencia, todos los chiquillos guardábamos silencio y no nos atrevíamos a mover ni una ceja.

Ya ese grupo había alcanzado un logro muy importante: traer un colegio de secundaria a Zarcero, puesto que, hasta aquel momento, las muchachas y muchachos debían viajar al colegio de Naranjo. Se fundó en 1969. Yo entré en 1971, cuando apenas se albergaban estudiantes hasta el cuarto año. La primera graduación de bachillerato fue, por lo tanto, en 1972. Yo soy parte de la cuarta graduación.

Ese grupo de gente empeñosa y de tanta iniciativa, se había fijado una nueva e importantísima meta: “traer el ICE a Zarcero”. Exactamente en esos términos se planteaba el asunto. Estaban hartos del pésimo servicio de “los Matamoros” y sabían que la opción debía ser el ICE: una empresa pública que estaba cambiando el rostro de toda Costa Rica.

Y el ICE llegó a Zarcero. En 1972, y como responsable de la distribución, se fundó COOPEALFARORUIZ, la cual, por muchos años, fue liderada por mi primo Sigifredo Solís. Y las condiciones del servicio de electricidad cambiaron radicalmente y de forma definitiva. Poco después, más o menos por esos mismos años, el ICE empezó a proveer en Zarcero el servicio de telefonía. De un repente, las calles nocturnas dejaron de estar envueltas en tinieblas, y aquel pueblecito apacible se vio empujado hacia posibilidades que muy pocos años ante nadie hubiera ni siquiera sospechado.

Eso ha sido el ICE para Costa Rica: una historia jalonada de incontables éxitos. Ya lo dije más arriba: el ICE le logró cambiar el rostro a Costa Rica. Y que no me vengan con que eso es pasado: hay que ser supremamente insensato y torpe para no saber apreciar lo que una fórmula de éxito representa. Y si algún cambio se requiere, es para fortalecer esa fórmula, no para arriesgarse en aventuras temerarias e incierta, de dudosas posibilitadas.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.