Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

La baja tan fuerte del dólar conlleva una interpelación muy importante acerca del tipo de economía que quisiéramos tener. El asunto es que la tasa de cambio dólar-colón, de por sí un macro precio muy importante, ha adquirido una relevancia aún mayor, seguramente mucho mayor, precisamente porque su comportamiento tan anómalo, introduce desafíos que pueden tener importantes consecuencias para el futuro de la economía costarricense y, por lo tanto, para el futuro de nuestra sociedad en general. Y todavía más, dada la pequeñez relativa de nuestra economía y su alto grado de inserción en el comercio internacional.

En los debates públicos sobre esa cuestión, que circulan en los más influyentes medios de prensa, ese aspecto clave es eludido. Con notable frecuencia se opta por un abordaje que, en el intento por mostrarse aséptico e higienizado, opta por generalizaciones insustanciales, o bien, y alternativamente, se instala en un lugar fuertemente ideologizado, para hacer de las finanzas públicas las grandes responsables del entuerto.

Es usual que se apele a trivialidades imprecisas y vaporosas del tipo “a alguna gente le favorece y a otra le perjudica”. La bruma reaparece cuando, con más o menos frecuencia, se hace mención a “el consumidor” -una categoría que, en sí misma, es el summum de la arbitrariedad conceptual- el cual presuntamente se ve beneficiado por la menor inflación y el abaratamiento relativo de las importaciones. Y cuando la discusión baja un par de peldaños para acercarse a la realidad, entonces se habla de la posible afectación para las actividades exportadoras y del turismo, omitiendo con frecuencia que, en realidad, los sectores productivos que producen para el mercado interno y compiten con importaciones, también están sintiendo las consecuencias. Pero tampoco es inusual que se evite reconocer que aquí las grandes perdedoras son las pequeñas empresas y los pequeños productores, mucho más que las grandes corporaciones, no obstante que también es cierto que, al profundizarse y prolongarse el problema, incluso estas últimas empiezan a sentir sus efectos.

Sin proponérselo, creo que quien más claramente lo planteó fue el vicepresidente Stephan Brunner, cuando dictó sentencia contra los sectores exportador y turístico: “si con el dólar tan barato les va mal, dejen lo que están haciendo y dedíquense a otras cosas”. Que, no por casualidad, es lo mismo que Rodrigo Chaves les recetó a las familias arroceras, lanzadas a la ruina por sus burdas ocurrencias. Y aunque Brunner no lo dijo, la “recomendación” es igualmente válida para la amplia gama de actividades productivas que están viendo como el mercado interno se les va de las manos, a causa de la revigorizada competencia de las importaciones.

La propuesta de Brunner es de un simplismo tosco, cruel e irresponsable, y todavía más viniendo de alguien que ocupa tan importante posición. Pero, en el fondo, alguna razón tiene, porque, de prolongarse esta situación, muchas actividades productivas tendrán que “reconvertirse”, con el agravante de que no hay muchas opciones de las cuales agarrarse.

La cuestión es que dejan de ser rentables las actividades orientadas al mercado externo (exportaciones y turismo), como igualmente dejan de serlo las que se orientan al mercado local, pero compite con importaciones ¿Qué queda entonces? Quizá la especulación inmobiliaria o el negocio financiero que se alimenta de la colocación de créditos en dólares. También aquello que satisface una demanda interna que no puede ser cubierta por medio de importaciones, como los cortes de pelo, los servicios de dentista y gimnasio o el transporte público y de mercancías.

Seguramente el negocio más próspero y rentable es el comercio de importación ¿Nos convertiremos entonces en “La Gran Potencia Importadora”? No cabe descartar que algunas actividades o empresas sobrevivan, “reconvirtiéndose” en una especie de maquila dedicada, casi al 100%, a procesar insumos importados.

Pero, entonces, y pensando en plazos más largos, nos veríamos confrontados con otro bien morrocotudo problema: ¿cómo financiar las importaciones si las exportaciones se contraen? Supongo que todavía quedaría la opción de endeudarse más o, en fin -que para todo efecto relevante viene siendo lo mismo- terminar de subastar el país para entregárselo a la inversión extranjera. Nada de lo cual promete ser muy sostenible que se diga, y aunque así planteado suene un poco caricaturesco, resulta ilustrativo porque conserva su dosis de verdad, en relación con el problema de fondo que se nos está planteando. Este se resume en un concepto: “desindustrialización”. O sea, y para ser más preciso, destrucción de segmentos importantes de la estructura productiva, que es justamente hacia donde hoy nos encaminamos.

¿Podremos generar así los empleos que nuestra gente requiere? La verdad, es muy dudoso, y por ello mismo resulta muy dudoso que podamos darle sostenibilidad a nuestro Estado social, y los diversos servicios públicos, incluidos salud, educación y pensiones.

Más aún ¿es que acaso es viable una sociedad que se asienta sobre tan endebles bases económicas?

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, catedrático universitario, profesor e investigador CICDE-UNED. Autor de 12 libros y ganador del premio Nacional Aquileo Echeverría.