¿Cómo alguien podría incurrir en el desatino de sugerir que debemos hacer más chiquitillo el Estado costarricense cuando ya estamos dedicando cifras tan chiquitillas a cuestiones tan importantes como salud y educación?

Luis Paulino Vargas Solís

Empecemos hablando de pensiones y de lo que el diputado chavista Nogui Acosta dice sobre ese asunto. Su planteamiento, simple y lapidario, se resume en lo siguiente:

  • Hace 75 u 80 años la esperanza de vida promedio en Costa Rica estaba por debajo de los 60 años, pero la edad para pensionarse ya era de 65 años.
  • Hoy la esperanza de vida ronda los 80-81 años, pero la regla para pensionarse sigue siendo la misma: 65 años.

En resumen, lo que Nogui nos dice es que, en promedio, antes las personas se morían antes de pensionarse y hoy se mueren 15 o 16 años después de pensionarse (en rigor, se morirían unos 17 a 20 años después, según que sea hombre o mujer, puesto que cuando una persona sobrevive hasta los 65 años, su esperanza de vida excede del promedio general de la población).

Tal circunstancia es, para el señor Nogui, ¡una lujo imperdonable!

Pero lo que Nogui no dice es que la sociedad costarricense actual es mucho más rica que la de entonces. Podríamos ilustrarlo con base en el dato del “producto interno bruto por persona”, o sea, el “PIB por persona”.

Descontada la inflación, hoy ese dato es aproximadamente 8 veces lo que era hace 75 años.

Por entonces rondaba un millón de colones al año. Hoy sobrepasa los ocho millones de colones al año.

Esa mayor riqueza debería reflejarse en mayor calidad de vida para la gente. No solo más carros contaminando en las calles; ni solo más cines en los “moles”; ni solo más celulares en las manos de la gente.

También debería expresarse en cosas como una menor mortalidad materna y una menor mortalidad infantil.

Y también en la posibilidad de que la gente mayor logre disfrutar de calidad de vida en su ancianidad.

Esto último plantea una pregunta que también tiene gran relevancia en países avanzados: la paradoja de sociedades muy ricas, con problemas de desempleo juvenil y agravada desigualdad (esto último sobre todo en Estados Unidos más que de Europa) y las cuales hoy enfrentan las disrupciones que la inteligencia artificial provoca en el empleo y la producción.

La pregunta: ¿tiene entonces sentido pretender elevar la edad para jubilarse?

Volvamos al economista Nogui. Lo que tenemos entre manos es el ejemplo perfecto de una lógica economicista estrechísima, deshumanizada y cruel.

Nogui no ve personas, no ve seres humanos de carne y hueso.

Solo ve números sobre una hoja de Excel.

Si la misantropía es un rasgo habitual –más agudo o atenuado según sea el caso– entre los economistas, en lo que atañe a este señor el problema se manifiesta con tremenda virulencia.

Otro ejemplo de tal cosa lo encontramos en sus manifestaciones sobre la atención de la salud por parte de la Caja y el desarrollo de la infraestructura de clínicas y hospitales.

“¿Para qué vamos a construir eso –se deja decir Nogui– si dentro de 50 o 60 años habrá menos población que ahora?”.

El asunto es que la gente que vivimos hoy, en la Costa Rica del presente, lo necesitamos. Somos personas que merecemos una buena atención para nuestra salud por parte de la Caja.

Y si garantizar esa buena atención para la gente de carne y hueso que está viva en este momento, conlleva heredarles a generaciones que todavía no han nacido una infraestructura hospitalaria de primer orden y de muy alta calidad, pues, señoras y señores, eso debe alegrarnos, pero, incluso, debe enorgullecernos.

¡Qué magnífico patrimonio les habremos legado!

Lo roño y cicatero también se le sale a Nogui cuando habla de educación: “¿para qué –nos pregunta– invertir tanto en educación si cada vez hay menos niños?”.

Una persona inteligente y sensata podría ensayar múltiples respuestas a esa pregunta.

Podríamos contestarle, por ejemplo, que, al incrementarse el monto invertido en cada niño y cada niña, estaremos poniendo a su disposición una mejor infraestructura escolar, mejores recursos pedagógicos y tecnológicos, mayores posibilidades para que desarrollen sus talentos científicos, artísticos e, incluso, sus talentos deportivos. Y, desde luego, cada maestro o profesora disfrutará de mejores condiciones de trabajo y tendrá a su cargo menos estudiantes, todo lo cual propiciaría alcanzar mejores resultados.

Eso tiene un nombre: invertir en el futuro.

He ahí dos palabras clave que el economista tacaño no logra entender: inversión y futuro.

Porque para el economista roña, el concepto “inversión” solo tiene un sentido restringido a los contextos propios de la rentabilidad mercantil.

El caso es que invertir en educación y en salud no solamente es propiciar una vida más plena y digna para las personas de carne y hueso que hoy viven su vida, cuando también es una inversión que construye futuro.

La mente del economista cicatero –una cuadrícula como de hoja de cálculo– es incapaz de alcanzar los niveles de abstracción necesarios para captar el significado de esos conceptos.

Que, para el caso, y puesto que tanto le obsesionan a Nogui los numeritos, podríamos observar algunas referencias interesantes.

Por ejemplo: ¿cuánto es lo que Costa Rica gasta por persona en salud y en educación?

En educación invertimos por persona aproximadamente un séptimo de lo que invierten Noruega o Suiza. O sea: por un euro que nosotros dedicamos a educación ellos dedican alrededor de 7 euros.

¿Y en salud? Nuestro gasto por persona viene siendo un décimo del de Noruega. Si con decirles que, por cada dólar que nosotros dedicamos a ese fin, Estados Unidos dedica 15.

La cosa adquiere mayor realce cuando oímos a Nogui hablar, como reiteradamente lo hace, de que debe discutirse acerca del “modelo de Estado” que Costa Rica necesita. Que, por cierto, no lo dice como propuesta sino más bien como amenaza. Fácil se le adivina que detrás de la frase se esconde una guillotina.

¿Cómo alguien podría incurrir en el desatino de sugerir que debemos hacer más chiquitillo el Estado costarricense cuando ya estamos dedicando cifras tan chiquitillas a cuestiones tan importantes como salud y educación?

Pues vea usted: Nogui es tan tacaño –y tan poco serio– que no le tiembla la voz para decirlo.

Y, entonces, y puesto que Nogui jamás lo dirá, conviene que aquí digamos lo siguiente: el ciudadano noruego promedio paga al año aproximadamente $40 mil dólares en impuestos y otras contribuciones para el sostenimiento del sector público. Un ciudadano danés paga unos $37 mil y uno sueco unos $29 mil al año.

En Costa Rica pagamos, cada ciudadano promedio, unos $5 mil dólares al año.

Notable es la diferencia, pues.

Pero tampoco es asunto de andar haciendo comparaciones a la ligera. No se me malentienda, por favor. Es obvio que los países que mencioné son mucho más ricos que Costa Rica, como asimismo hay otras diferencias importantes en lo histórico y cultural y en sus estructuras económicas.

Pero, incluso así, hay ciertas conclusiones que no es posible ignorar.

Primero, decir que nuestro sector público es grande y debe achicarse es un total desatino.

Segundo, existe una cierta pauta o patrón, bien reconocible, que no es posible ignorar: exceptuando los emporios que funcionan como paraísos fiscales, los países ricos tienden a tener altos niveles de tributación, así como los países muy pobres tienden a tenerlos muy bajos, y es asimismo cierto que aquellos tienen sistemas tributarios más justos y progresivos, tanto como los más pobres tienden a lo contrario.

Algo debería significar eso, alguna enseñanza deberíamos sacar de esto.

Que la roñería no nos impida poder verlo.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.