Hoy el pretil acoge a una juventud cuya identidad quedó atrapada en el solipsismo del celular y triturada en el caos de las redes sociales.
Luis Paulino Vargas Solís
Hasta hace unos cuantos días yo ni siquiera sabía que existía ese, digamos que “fenómeno cultural”, llamado “farmear aura”. Hoy estoy enterado que es una cosa viral entre el público juvenil.
Los detalles precisos no los domino. Pero me sospecho que se aprende muy fácilmente, puesto que no exige grandes destrezas. Ni atléticas ni artísticas ni intelectuales ni retóricas.
Siendo que sus requisitos técnicos y su nivel de exigencia son mínimos, lo importante parece estar en sus objetivos. Y estos, según entiendo, apuntan en una dirección: ganar notoriedad, atraer la atención, sumar popularidad. En fin, ganar “prestigio” o, en último término, hacerse “famoso”.
Y, entonces, la muy justificada pregunta: ¿hacerse famoso ejecutando un juego cuyo nivel de exigencia es casi cero? Es que, tradicionalmente, una gran violinista o un gran pianista alcanzaban fama gracias a su virtuosismo. Cuando, de hecho, a Messi o a Ronaldo nadie les regaló su celebridad: se la ganaron a punta de una espectacular exhibición de talento.
Pero, entonces, ¿ganar fama haciendo algo que muchísima gente podría hacer?
Perdonen ustedes, pero no hay derecho a mostrar extrañeza: es muy usual hoy día.
Veamos el caso de las famosas hermanas Kardashian ¿Por qué son tan famosas las famosas hermanas Kardashian? Porque son famosas. No hay ninguna otra razón.
Son famosas porque son famosas. La tautología perfecta.
Pero, en general, ese es el caso de esos figurines llamados “influencers”. Les bastó depilarse las cejas, preparar un sándwich o pasearse lánguidamente por una playa. He ahí la clave de su estrellato.
Esa es la vía para alcanzar la fama en los tiempos del reguetón: no se necesita cantar; basta tener “glow”. Creo que eso resume el asunto.
Intuyo que cuando estos muchachos buscan la fama “farmeando aura”, lo que hacen es vivir la época en la que les tocó crecer y en la que les tocará hacerse adultos.
Son tiempos de “democratización” de talento, donde la frivolidad, cuando es bien administrada, puede bastar para alcanzar las cumbres de la celebridad. No necesitás el espectacular registro de voz de Camilo Sesto o Nino Bravo. Podría irte mejor si aprendés a balbucear como Bad Bunny.
Por otra parte, ¿es cierto que, de jóvenes, todos también hicimos tonteras? Creo que sí.
A mis 18 por un tiempo me gustó la música disco. Bailar disco daba prestigio, pero era mucho más difícil que “farmear aura”. Cuando lo intenté me salió muy mal y rápidamente desistí.
A los 20, en la U, me dejé la barba. Y no solo me la dejé, sino que permití que creciera en completo desorden. Y, además, con la cabellera –que nunca fue ni lacia ni rizada– cubriéndome las orejas.
Y, así, mechudo, iba de visita a Zarcero. Papá no ocultaba su malestar: “¿por qué no se corta esa barba tan horrorosa?” me sermoneaba.
Pero, en fin, no era lo mismo.
Soy de la generación del televisor. Al menos fue así hacia el final de mi infancia y durante mi adolescencia. Pero la televisión estaba constreñida por límites, controles y filtros por completo ausentes en el celular. El televisor era, por lo general, una experiencia familiar, con una limitada gama de opciones (6 canales nacionales) y directamente sujeta al control parental.
El celular, en cambio, es una experiencia estrictamente personal y, todavía más, una experiencia estrictamente individual. Los padres raramente lo controlan cuando, en todo caso, muchas veces les resulta una salida cómoda que les permite desembarazarse del tequio de sus hijos e hijas adolescentes. Desde la individualidad silenciosa y solipsista que el celular promueve, se generan interacciones que son engañosas precisamente porque carecen de lo que es esencial a nuestra condición humana: la cercanía física, el mirarse a los ojos, el tocarse y abrazarse. Son millones de años de evolución que nos hizo seres sociales, gregarios de natural, siempre urgidos de la presencia cercana de nuestros semejantes. Pero, de un pronto, todo eso queda atrapado en el callejón sin salida de una pantalla que tan solo pesa unos cuantos gramos.
Quizá eso tenga un reflejo en esa especie de “torneo” de “farmear aura” que un grupo de muchachos escenificaron en el pretil de la UCR.
Me hizo recordar mis tiempos estudiantiles.
Por entonces, el pretil era, por excelencia, el sitio de encuentro. Dígase, por ejemplo, el famoso Cotico. Marcó toda una época. Él, que nunca fue de izquierdas, ofrecía rutinariamente un espectáculo sumamente transgresor. Todo lo transgresor que las izquierdas de la época –apegadas a una rígida moral heteronormativa– no podían ser.
Pero el pretil era mucho más que Cotico. Era música, eran discursos políticos, era sitio de consigna y reivindicación. Se respiraba una rebeldía que nacía de la convicción de ser parte de una sociedad que queríamos que fuese mejor, precisamente porque la creíamos nuestra.
O sea: había un “todo colectivo” que latía intensamente detrás de todas aquellas expresiones de contestación juvenil.
A nadie se le habría ocurrido escenificar juegos cuyo objetivo fuese, sin más, ganar prestigio y reconocimiento a título individual. Ni siquiera en el caso de Cotico, porque, aunque lo suyo era muy suyo y muy personal, tenía una proyección distinta porque desafiaba directamente la moral conservadora de la época, al punto que apelaba a performances reñidas con las nociones de masculinidad prevalecientes.
Era un pretil que gritaba desobediencia, pero también esperanza. No éramos mejores. Simplemente crecimos en un contexto cultural muy distinto.
Hoy el pretil acoge a una juventud cuya identidad quedó atrapada en el solipsismo del celular y triturada en el caos de las redes sociales.


