Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

La evolución que está teniendo la guerra entre el gobierno de Israel y el grupo palestino Hamás, me produce una mezcla compleja de emociones. El sentimiento de impotencia, desde luego; el dolor por todo el terrible sufrimiento ocasionado; la indignación por cada vida inocente lacerada o segada. Pero, asimismo, perplejidad y decepción.

Durante estos días he procurado informarme y estudiar el problema: sus orígenes, su evolución a lo largo de decenios, el estado actual de las cosas. Hoy creo entenderlo mucho mejor que hace tan solo una semana, pero, conforme más conozco, en mayor grado descubro que me falta mucho más por conocer y entender. Hay que haber estudiado muchísimo, o ser verdaderamente temerario, para creer que se domina la cuestión en un grado satisfactorio.

Comprendo que en el origen de esto hay pugnas imperialistas, alrededor de las cuales aparecen el Imperio Otomano y el Imperio Británico. Hay también una decisión de la ONU, adoptada en noviembre de 1947 y empujada por las potencias, especialmente Estados Unidos, cuyo diseño inicial ya llevaba, con casi total seguridad, la semilla del conflicto.

Pero no me parece posible ver esto si no es el marco de los miles de años de persecución de que ha sido víctima el pueblo judío, cuya horrorosa culminación se dio con la política de exterminio y limpieza étnica aplicada por el nazismo ¿No es acaso justo y comprensible que los judíos quisieran tener su propia patria?
El problema, según logro intuir, es que, al tratar de satisfacer esa justa aspiración, no se tomó en cuenta -excepto de forma puramente retórica- que en el escenario aparecía otro pueblo que también tenía un derecho legítimo a existir, prosperar y vivir en paz. El pueblo palestino, quiero decir. Me he topado por estos días con discursos groseramente intransigentes, que niegan incluso su existencia: “los palestinos no existen -vociferan- son árabes”. Si, son árabes, o sea, semitas, como en su origen también fueron semitas los judíos. Pero eso es secundario. Lo importante es que estaban y vivían ahí. De hecho, compartían esa tierra con una buena cantidad de judíos, si bien estos eran minoría. Y, a lo que entiendo, la compartían en paz.

Vino la fundación del Estado de Israel (1948), el repentino arrinconamiento de la población palestina, la reacción intransigente de los países árabes vecinos. Y luego, y a lo largo de décadas, una historia de guerras recurrentes, y el hervor de un conflicto que, por momentos, se aplaca un poco, para enseguida volver a encenderse con furia. Esto no admite explicaciones simplistas ni mecánicas ni unidireccionales. Con el paso de los años, odios, resentimientos, incomprensiones, arbitrariedades, errores, se han entreverado, bifurcándose en muchos efectos y consecuencias que nadie previó, pero que, al darse, complejizaron más las cosas.

En el recuento de los daños, una cosa es clarísima: la población palestina ha sido, por mucho, la gran perdedora. En todos los sentidos imaginables: por el número de vidas apagadas; por la cantidad de quienes sobrellevan en su cuerpo y en su alma las mutilaciones provocadas por el conflicto; en la anulación de su derecho a construir su proyecto de vida, en libertad y con dignidad; por las privaciones y las miserias en que les toca vivir.

La solución de los dos estados, bajo reglas de convivencia claras y dentro de eficaces mecanismos de control que garanticen el respeto a la integridad territorial y la autonomía política de cada quien, es la única opción que podría abrir posibilidades para la paz. Quienes proclaman que Israel debe ser destruido, como quienes, desde la otra acera, promueven la eliminación de Palestina, lo que en el fondo proponen es la prolongación indefinida de la guerra, y, por lo tanto, mucha más sangre, muerte y dolor.

La acción de Hamás el sábado pasado es terrorismo. Dada su brutalidad y barbarie, no hay otra designación posible. Y el terrorismo se condena y se repudia, jamás se justifica. Me parece triste y deplorable que haya quienes insisten en tratar de justificarlo. Pero, por favor, ¿se justifica la brutalidad de la reacción que ha desatado Israel? Resulta tristísimo tener que decir que, a estas alturas, ya la siniestra contabilidad de muertes del lado palestino excede las que provocó Hamás en Israel.

Y todo apunta a que las muertes palestinas se seguirán incrementando. La sola exigencia israelí para que un millón de personas evacúen el norte de Gaza y se movilicen al sur en un plazo perentorio de pocas horas o días, es demencia total. Imposible no decirlo: estamos a las puertas de un desastre humano de escalofriantes proporciones.

Ha habido quienes me cuestionan: “¿y por qué tanta preocupación por los palestinos, si, en ese país, a usted, como homosexual, lo colgarían?”. Eso es cierto, como es cierto que, todo lo contrario, en Israel me toparía con un ambiente más favorable. Pero el caso es que, si aspiro a que se me respete mi derecho a vivir con dignidad, no puedo menos que implorar que se le respete ese mismo derecho a toda persona humana, palestinos e israelíes incluidos.

Creo que, a fin de cuentas, Israel, y las potencias aliadas de Israel, podrían estar reiterando hoy un viejo error: esta reacción desproporcionada y brutal actualiza una opresión de décadas y, con ello, alimenta y enrarece el odio. Incluso si pudieran destruir hoy a Hamás, estarán dejando sembradas las semillas para que, como Ave Fénix, renazca de las cenizas. Cada niño sobreviviente que hoy presencia y sufre esas atrocidades, es fuerte candidato a ser un futuro miliciano de un Hamás resucitado al cabo de unos años.

¿Será posible, de alguna forma, recuperar la cordura? Esta no es una guerra librada entre ángeles y demonios. Todas las narrativas que insisten en un maniqueísmo malo-bueno, tan solo proporcionan combustible para alimentar la guerra. Se trata, sin más, de dos pueblos, que tienen idéntico derecho a construir sus destinos, en paz y con libertad. Y cuando digo dos pueblos, digo seres humanos, capaces de lo bueno y de lo malo; de los gestos más nobles y altruistas como de las peores atrocidades.

Deben crearse las condiciones para que florezca lo que hay de bueno en esos pueblos, y que se aplaque la parte visceral y primitiva que les empuja al odio y la guerra. Es deber del mundo entero promover esa salida justa, equitativa, racional y sensata. Deber del mundo entero: del gobierno y de la Asamblea Legislativa de Costa Rica también, pero sobre todo de las potencias, incluidas Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China.

Basta de tanta barbarie, de tanto sufrimiento y tanta sangre y muerte. Israel tiene derecho a vivir en paz, pero eso solo será posible si se respeta el derecho de Palestina a vivir en libertad y con dignidad.

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Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.