En breve: una especie de autómata que vive aislado en una burbuja suspendida en el espacio. Y, en fin, un sociópata y misántropo, incapaz de amar a nadie ni de vivir en comunidad.

Luis Paulino Vargas Solís

Hablo de la ciencia económica convencional, aquella que, con más precisión, podemos designar como economía neoclásica o teoría económica neoclásica. Sus orígenes, en lo fundamental, se remontan al decenio de 1870, cuando tres autores en tres distintas ciudades europeas –León Walras en Lausana, Suiza; Carl Menger en Viena, Austria; Stanley Jevons en Londres, Inglaterra– avanzaron en un método y llegaron a conclusiones bastante coincidentes entre sí.

Tal fue la llamada “Revolución Marginalista” que fundó la teoría económica neoclásica.

150 años después, aquel tronco teórico original floreció y produjo una enorme fronda con muchas ramas y, a menudo, apelando a arabescos matemáticos cada vez más sofisticados.

Pero en el corazón de ese árbol, y circulando por todas sus ramas como circula la savia en las plantas, siempre ha habido un “algo” que define su naturaleza central, aquello que, por excelencia, le es característico y constitutivo.

Tres elementos nos permitirán entender a qué me refiero.

Primero, una noción que se hizo explícita hasta 60 años después de aquella Revolución Marginalista, ya el decenio de 1930. El responsable de tal cosa fue el economista inglés Lionel Robbins.

Es la idea de la escasez.

Suena trivial pero así es. O sea: los recursos de que disponemos –fuerza de trabajo, máquinas, equipos, tecnologías, etc.– son escasos comparativamente o relativamente a las “necesidades” (o deseos) que los seres humanos tenemos. Nótese lo siguiente: aquí la presunción implícita es que somos sujetos insaciables en nuestro afán por comprar, consumir, gastar y desechar. De ahí que los recursos siempre sean “escasos”.

O sea, esta teoría económica se funda sobre una concepción antropológica –una concepción acerca del ser humano –que nos convierte en un arma potencialmente letal, en términos de nuestra capacidad para arrasar con la naturaleza.

Y, entonces, lo que ese señor Robbins dijo es que la economía es “la ciencia de la escasez”. O sea: se ocupa de estudiar cómo lograr el mejor uso –el uso “óptimo”–  de aquellos recursos productivos escasos.

Esa es la definición –canónica, clásica, típica– de la economía en cuanto que ciencia. O sea, la definición propia de la economía neoclásica, la cual, como sabemos, es la corriente dominante, o sea, la que se enseña en la gran mayoría de escuelas y facultades de economía alrededor del mundo y la que modela las ideas de la gran mayoría de economistas, incluyendo aquellos economistas que ocupan altas posiciones de poder en gobiernos, empresas privadas e instituciones internacionales.

Y aunque el común de los economistas la ha interiorizado y la repite automáticamente, es, en realidad, una definición muy controversial.

Para empezar, tiene un indisimulado tufo ingenieril. Ya eso es jodidamente problemático, puesto que la economía –gústele o no a los economistas– es una ciencia social.

Y, entonces, viene aquí el segundo elemento que he de mencionar.

Pues resulta que esa definición de connotación ingenieril, encuentra su complemento en la noción de “homo economicus”, el cual es otro lugar común que se inyecta en las mentes de los estudiantes primerizos ya desde la primera clase del curso introductorio.

Ese concepto proviene del latín, y su traducción literal sería: “hombre económico”. Solo que se le atribuye universalidad de forma que pretende contener y representar a toooooodas las personas humanas, indistintamente de su género, de la sociedad a la que pertenezcan, la cultura en la que se formaron o la época histórica en que se ubican.

Pues bien, ese “homo economicus” (o “persona economicus”) es un ser muy peculiar: totalmente racional, hace cálculos precisos sobre su dinero y sobre cómo utilizar ese dinero, y su único objetivo es maximizar la satisfacción o placer que reciba de lo que compra y consume.

Calcula con frialdad, sabe exactamente lo que quiere y busca satisfacerse. Completamente egoísta, es un ser asocial, sin vínculos ni compromisos con nadie, sin valores. Un hedonista consumado, extremo, y, a fin de cuentas, un depredador voraz e insaciable.

En breve: una especie de autómata que vive aislado en una burbuja suspendida en el espacio. Y, en fin, un sociópata y misántropo, incapaz de amar a nadie ni de vivir en comunidad.

Ahora, procedamos a atar cabos.

Primero, la idea que hace de la economía una especie de técnica ingenieril interesada en la utilización “óptima” de los recursos productivos disponibles.

Segundo, ese misántropo, llamado “homo economicus”, que es el gran actor en el teatro de la economía neoclásica.

Las dos ideas se refuerzan entre sí: el tipo que quiere maximizar su consumo para así maximizar su goce hedonista y, a su lado, la economía buscando cómo lograr que los recursos productivos rindan el máximo para poner muchas “cosas” a disposición de ese depredador que solo quiere consumir y consumir.

Y aquí viene el tercer elemento clave, el corolario fundamental: el libre mercado.

Esa es la conclusión definitiva de la economía neoclásica: el “libre mercado” es el método óptimo, superior, inigualable, por medio del cual se logra que los recursos productivos rindan el máximo posible y que el hedonismo del “homo economicus” alcance su éxtasis, o, cuanto menos, el punto de éxtasis más alto posible, teniendo presente que su voracidad jamás queda completamente saciada.

Note usted lo siguiente: si decimos “libre mercado” decimos “rentabilidad empresarial”. Más que decir que el “libre mercado” es la solución definitiva, tendríamos que decir que la rentabilidad empresarial es la solución definitiva.

Esa es la concepción sobre el ser humano y la visión de mundo que transmite la gran mayoría de escuelas y facultades de economía. Así razonan la mayoría de los economistas: sus mentes divagan entre maximizaciones, egoísmos individualistas y hedonismos desatados.

Desde luego, hay excepciones, pero son eso: excepciones que confirman la regla.

Como economista, Nogui Acosta no es una excepción. La Facultad de Ciencias Económicas de la UCR le dejó huellas profundas e imborrables.

Podríamos decir que es un “economista típico”, pero eso no es del todo cierto.

Porque, dentro del rango de variación de lo que entendemos por “economista típico”, Nogui está en el extremo. Para decirlo en términos matemáticos: está a tres o cuatro “desviaciones estándar” de la media.

Es que –lo digo en serio– no recuerdo a ningún economista costarricense que se exprese de la forma tan despiadadamente cruel, cínica y desalmada como lo hace Nogui.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.