Luis Paulino Vargas Solís, Economista, investigador independiente jubilado.

Rodrigo Chaves quiso recordarlo, y asido a esa triste experiencia histórica, buscó justificar su propio proceder: sacó a relucir que, en marzo-abril de 1990, casi al cierre de su primera administración, el presidente Oscar Arias y, a su lado, el ministro Antonio Álvarez Desanti, lideraron una feroz persecución contra las lesbianas, a propósito de un congreso internacional lésbico-feminista, que por entonces se realizaría en Costa Rica. El odio y la saña alcanzaron tales niveles, que se llegó al ridículo de que Desanti anunciara que no se permitiría el ingreso al país de ninguna mujer que llegase sola. Pero, cuidado, que el asunto no se agotó en los arrebatos de intolerancia de las autoridades de gobierno. La Iglesia Católica jugó su papel, con el mismo ardor inquisitorial, y la reacción, en medios de prensa y entre la gente común y corriente, no fue menos grotesca y amenazante.

Hoy Arias pide disculpas y reconoce el error. Demasiado tarde, podríamos decir, pero, aun así, algo de positivo hay en reconocer que, empujado por odios irracionales y prejuicios alimentados por la ignorancia, su gobierno actuó de la peor forma y, al hacerlo, causó mucho dolor y angustia.

Pero falta algo, don Oscar Arias, falta algo.

También en su gobierno, allá por 1986 y 1987, se desató una violenta persecución contra los gais. El pretexto fue la llegada del sida a Costa Rica, y la única política de prevención que se les ocurrió fueron las redadas masivas en bares y discos y el maltrato policial en lugares públicos, especialmente aquellos -como el Parque Nacional- que eran conocidos como lugares de encuentro de hombres gay. Que, en todo caso, tampoco en esto la cuestión se limitó a los abusos y la violencia desatada desde los espacios gubernamentales: fue una agresión masiva ejercida a escala social, impartida también por la iglesia, la prensa y la población. Una violencia alimentada -eso jamás lo olvidaré- por reputados científicos, que, desde su posición de autoridad en la academia o en las instituciones de salud, decían educar mientras se dedicaban a estigmatizar a la población gay de la forma más atroz.

Nadie me lo tiene que contar. Yo estaba en mis veintes y lo viví en carne propia, en forma directa y muy intensa. La enfermedad nos aterrorizaba, y la ignorancia empeoraba las cosas, y todavía más puesto que lo que informaban los presuntos especialistas -incluidas las autoridades del Ministerio de Salud- más bien agravaban la confusión, puesto que, en vez de ofrecer una abordaje realmente científico y educativo, se empeñaban en alimentar la satanización de la población más afectada, de forma que las victimas pasaban ser victimarios, de ninguna manera merecedores de solidaridad, tan solo seguros depositarios del odio. Veíamos a amigos y conocidos morir como moscas, mientras nos preguntábamos “¿seré yo el próximo?”, y, entre tanto, Costa Rica nos recetaba chilillo y garrote. Mi generación quedó marcada por esa experiencia traumática. En muchos sentidos, los que estamos aquí, somos sobrevivientes de un naufragio.

Vea usted, don Oscar: también esto hace necesaria, indispensable, una disculpa.

Sí he de decir que, aun cuando aquella histeria alcanzó su punto culminante en ese primer gobierno de Arias, no empezó con ese gobierno, ni terminó con este. Ya desde el primer momento, cuando hacia 1982 empezaron a llegar las noticias de aquella nueva enfermedad que causaba devastaciones en la población gay de urbes estadounidenses como San Francisco y Nueva York, la estigmatización empezó a circular a bordo de metáforas infames como las del “cáncer gay” o la “peste rosa”. Y todavía aquella violenta campaña de odio se extendería por muchos años más. Incluso en la actualidad, muchos de aquellos espectros siguen deambulando en nuestra sociedad.

Y en cuanto al presidente Chaves, una cosa es ya innegable: sacar a relucir la persecución contra las lesbianas en 1990, dice mucho de sus verdaderas y retorcidas motivaciones, de las fobias y las intolerancias que subyace a lo que ha hecho y dicho, y que reverberan bajo sus patéticas justificaciones.

Arias al menos ha tenido la humildad para presentar esta disculpa tardía ¿Cuándo se escuchará una disculpa similar por parte de Chaves?

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.