Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

A partir de agosto de 2021, la inflación -medida por el Índice de Precios al Consumidor (IPC)- empezó a mostrar una tendencia al alza. Durante el año siguiente la inflación se aceleró considerablemente, hasta alcanzar un punto culminante en agosto de 2022, cuando la inflación interanual (de agosto 2021 a agosto 2022) alcanzó un pico de 12,1%. De ahí adelante entramos en una fase de desinflación, o sea de desaceleración progresiva de la inflación. El bajón fue abrupto, especialmente entre febrero y agosto de 2023: 7 meses consecutivos con inflación negativa, o sea, con reducciones continuadas de los precios.

Vayamos por partes para examinar esto.

Primero, señalemos que la aceleración de la inflación entre agosto de 2021 y agosto de 2022, y su posterior y abrupta reducción, son movimientos que, en gran medida, tuvieron orígenes externos, o sea, fueron importados.

A fin de no hacer demasiado farragoso este comentario, voy a omitir detalles, pero si uno examina los índices de precios internacionales de las materias primas, y, dentro de estas, el precio del petróleo en particular, así como los índices de precios de los alimentos, notará que el período de inflación relativamente alta en Costa Rica (agosto ’21 a agosto ’22) no solo estuvo precedido, sino que tiende a traslaparse con un período de alza internacional de las materias primas, el petróleo y los alimentos.

De forma similar, el bajón posterior que experimenta la inflación en Costa Rica (desde agosto ’22 hasta la fecha), coincide con un movimiento bajista de los precios internacionales de materias primas, petróleo y alimentos.

Tengamos en cuenta, además, nuestra elevada dependencia de las importaciones: de maquinarias y equipos para la producción, de materiales de construcción y de combustibles, pero también de alimentos. Por ejemplo: no solo la mayor parte del maíz y los frijoles que comemos es importado, sino que incluso lo es también el café, y -gracias a las torpes decisiones de Rodrigo Chaves- el arroz va por el mismo camino.

Pero, siendo rigurosamente cierto lo anterior, debemos indicar que hay ciertas peculiaridades de la economía costarricense, que han favorecido la fuerte baja de la inflación que se registró a partir de septiembre de 2022. En especial, las dos siguientes:

  • La pronunciada reducción del precio del dólar: entre fines de junio de 2022 y el momento actual, la tasa de cambio dólar-colón se redujo un -23%. Esto permite abaratar las importaciones y agudiza el fuerte sesgo importador de nuestra economía, dañando en consecuencia la producción nacional orientada al mercado interno. Desde luego, no nos confundamos: los oligopolios que dominan la importación, no trasladan a los precios, más que una pequeña fracción de la reducción que la baja del tipo de cambio potencialmente permitiría hacer. O sea: reducen el precio en la cuantía necesaria para sacar del mercado a los competidores nacionales, y el resto se lo embolsan, logrando, así, jugosísimas ganancias. El caso del arroz proporciona un excelente ejemplo de tal cosa.
  • La patológica debilidad del empleo en Costa Rica (a lo cual me referiré en un comentario posterior), permite mantener los salarios contenidos, lo cual suprime cualquier presión alcista sobre los precios desde el lado de los salarios. Esto nos advierte sobre una cuestión que las autoridades económicas, así como el establishment criollo de los economistas, omiten sistemáticamente: la baja inflación también es signo de una economía vacilante y anémica y de una creciente desigualdad social.

Si tenemos en cuenta todos estos factores, entenderemos el desatino de la política de incremento de las tasas de interés que aplicó el Banco Central, presuntamente para “combatir” la inflación´.

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