Embriagado por sus ambiciones de poder y su desmesurada corrupción, las dirigencias chavistas todavía no han entendido algo muy básico: que entre un “bueno” en las encuestas y un voto emitido a su favor media un sendero empinado y pedregoso, que, además, admite muchas posibles bifurcaciones.

Luis Paulino Vargas Solís

Leí por ahí a Otto Guevara recomendándole a su amiga, la presidenta Laura Fernández, que ni lo piense dos veces y que cada vez que un proyecto importante para el chavismo sea frenado por la oposición en la Asamblea Legislativa, se lo lleve a referendo para que la población, en general, decida.

Creo que algo similar expresó el siempre malhumorado Nogui Acosta, jefe legislativo del chavismo.

Todo indica que ese es el reguetón que hoy más se escucha y se baila en los salones del chavismo: el referendo.

La motivación de fondo no podría ser otra sino aquella que es propia del chavismo: la aspiración por ejercer total control sobre el poder. Quieren prescindir de contrapesos y controles; suprimir cualquier obligación de rendir cuentas; anular y silenciar cualquier oposición y, desde luego, dejar bien solidificadas las murallas que les garanticen impunidad frente a su torrencial corrupción y su larguísima letanía de fechorías.

En pleno delirio de poder y en plena borrachera ideológica, se aferran a la idea de que podrán convertir la democracia en la peor enemiga de sí misma y que el referendo les llevará directamente a la realización de su sueño tiránico y su reinado del “hago lo que me da la gana”.

El primer componente de este juego demencial es la carta de la polarización.

Desvarían que, con cada referendo que convoquen, la fanaticada chavista se pondrá más y más calenturienta, echando afuera todos sus instintos, sus furias viscerales y su sed de venganza, y que, en el choque inevitable que se produzca, los caudillos chavistas sumarán adhesiones y verán hincharse su popularidad.

En breve: hacer de Costa Rica un ring de boxeo, una caldera hirviente, una especie de circo romano, agitada, 10, 12 o 15 veces al año, por el ejercicio disruptor de un referendo.

Pero esto equivale a imponer la total ingobernabilidad. Un país sumido en una rebatiña ininterrumpida y eternizada.

Pero también implica corromper y degradar la democracia, atrapada en un juego autodestructivo.

Y todo por las ambiciones descontroladas de un grupo de gente negligente e inepta, incapaz de hacer lo que, en democracia, es deber de todo gobernante hacer: liderar con inteligencia y sabiduría para desamarrar nudos, acercar posiciones, tender puentes, construir acuerdos y propiciar que el país avance y mejore.

Pero, al jugar esta apuesta, el chavismo se juega la carta de “o nosotros o ellos”, la violenta distopía del “o estás conmigo o sos mi enemigo”. Un juego de suma cero, un todo o nada que no admite matices, un “sí” o un “no” sin opciones intermedias.

Y, en medio de tanta demencia, los siguientes datos deberían (aunque lo dudo) enfriar esas cabecitas tan acalenturadas:

  1. Laura Fernández ganó la presidencia con el 48,1% del total de votos emitidos (incluidos blancos y nulos). O sea: el 51,9% de las personas que acudieron a las urnas no confiaron en ella.
  2. Fernández obtuvo el 48,5% de los votos válidamente emitidos. Vale decir que el 51,5% de quienes emitieron correctamente su voto, prefirieron otra candidatura.
  3. Las candidaturas chavistas para la Asamblea Legislativa recibieron el apoyo del 44,5% de quienes acudieron a las urnas (incluyendo votos blancos y nulos). Por lo tanto, el 55,5% no confiaron en esas candidaturas chavistas.
  4. Esas candidaturas legislativas del chavismo recibieron el 45,2% de los votos válidamente emitidos. O sea: 54,8% votaron a otros partidos.
  5. Laura Fernández recibió el voto del 33,3% del electorado total. Lo cual significa que dos de cada tres costarricenses en edad de votar no le dieron el voto.
  6. Las candidaturas legislativas chavistas recibieron una votación equivalente al 30,1% del electorado total. O sea, el 69,9% de la población en edad de votar no les dio el voto a las diputaciones chavistas.

Embriagado por sus ambiciones de poder y su desmesurada corrupción, las dirigencias chavistas todavía no han entendido algo muy básico: que entre un “bueno” en las encuestas y un voto emitido a su favor media un sendero empinado y pedregoso, que, además, admite muchas posibles bifurcaciones.

Si hubiese un mínimo de cordura en el chavismo, comprenderían que la apuesta de los referendos pueden ser una apuesta muy riesgosa, sin ninguna certeza de poder ganar, pero que implicará sumir al país en la ingobernabilidad y empujarlo a una situación cercana a la guerra civil.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.