Luis Paulino Vargas Solís: “Terapias de conversión” o acerca de la compleja interacción de lo biológico y lo cultural

Las mal llamadas “terapias de conversación” parten de la presunción -contradictoriamente culturalista- de que la homosexualidad o las identidades de género heterodoxas, son meras modas, algo no natural. Hay todas las razones para considerar que eso es incorrecto.

Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

Desde el punto de vista de las ideologías conservadoras, las cuestiones del género y la sexualidad se resuelven como un juego de polaridades mecánicas y excluyentes: se es hombre o se es mujer, y ello determina tanto la orientación sexual (las mujeres son atraídas sexualmente por los hombres y viceversa), como la identidad y la expresión de género (hay un patrón fijo e invariante de lo que significa ser mujer o ser hombre). Sentadas estas premisas, el paso siguiente es afirmar que tanto la homosexualidad como las identidades de género que se salen de ese patrón, son “modas” o, en el mejor de los casos, “preferencias”. O sea, a algunas personas “les da por esas cosas”, alejándose así, por mero capricho, del mandato biológico que gobierna sus cuerpos.

Por otra parte, estos puntos de vista conservadores, intentan de esa forma, dejar sentada una posición contra lo que podríamos llamar los argumentos “culturalistas”, o sea, aquellos planteamientos que afirman que tanto la sexualidad como la identidad de género, son producto de la cultura, es decir, son determinadas históricamente, han sido moldeadas en la interacción social y aprendidas o desaprendidas a lo largo de la vida.

Aquí salta una primera contradicción en el planteamiento conservador, ya que, al afirmar que la homosexualidad y las variantes heterodoxas del género son meras “modas” o “preferencias”, con ello están diciendo que son un producto cultural, de donde, e insospechadamente, abrazan las tesis culturalistas. Y todavía peor, puesto que afirman -o por lo menos sugieren- que son un producto propio, prácticamente exclusivo, de la actual sociedad, como si no hubiesen existido en todas las sociedades y culturas, a lo largo de la historia de la humanidad.

Las posiciones culturalistas, sobre todo en sus expresiones extremas, arriesgan caer en un simplismo con ciertos tintes anticientíficos. El caso es que, cuando se niega la influencia de la biología, se pasa por alto que los seres humanos somos fruto de millones de años de evolución. Sin duda la cultura modifica esa herencia biológica, incluso a veces la modifica muy significativamente. Pero no la puede borrar. Me parece que es más sensato pensar que, en cuanto que personas humanas, somos seres multifacéticos, en los que la cultura y la historia interactúan de forma compleja con la biología. Y, por cierto, hay cada vez más evidencia científica que sugiere que eso también es cierto en relación con la orientación sexual y el género.

Lo cual me lleva de vuelta a las tesis conservadoras, cuando estas, desde un biologicismo a la vez mecanicista y contradictorio, pierde de vista que lo característico de la naturaleza, en general, y de lo humano, en particular, es la diversidad. Aunque nos cueste captarlo, pero lo cierto es que no hay dos cebras que sean iguales, ni tampoco dos leonas iguales. Pensemos en la estatura humana. Seguramente hay factores culturales e históricos que la influyen: alimentación, enfermedades, condiciones ambientales, etc. Como también hay determinaciones biológicas inescapables. En general, la estatura humana es una variable que tiene lo que se llama una “distribución normal”: no hay una estatura uniforme, sino una amplia variedad de estaturas, la gran mayoría de las cuales se ubican a la “distancia” de dos “desviaciones estándares” respecto del promedio. En general, las mujeres alcanzan su máxima estatura un poco antes que los hombres, y, en general, estos tienen una estatura promedio más alta. En todo esto, sin duda, biología y cultura interactúan.

La estatura humana es diversa, como diversos son el color de la piel o de los ojos o la forma de la nariz o de las manos ¿Por qué la sexualidad y el género no habría de ser también diversos? Y si la estatura es una variable susceptible de interacción entre lo cultural y lo biológico ¿no cabría pensar que también la sexualidad y el género son variables sensibles a esa interacción?

Más allá de la evidencia biológica y genética, la propia historia de la humanidad nos proporciona muchas pistas. Es que, con no poca frecuencia, se tiende a pensar que estas cosas se “inventaron” recientemente. No es cierto. Las variantes en la sexualidad y el género han estado presentes, de formas más o menos visibles o invisibles, más o menos legitimadas o reprimidas, en todas las épocas y culturales. Esa presencia constante nos habla de lo biológico; las múltiples variantes observadas nos dicen acerca de las influencias culturales.

Las mal llamadas “terapias de conversación” parten de la presunción -contradictoriamente culturalista- de que la homosexualidad o las identidades de género heterodoxas, son meras modas, algo no natural. Hay todas las razones para considerar que eso es incorrecto. En la enorme mayoría de los casos, una persona es homosexual porque nació homosexual, y toda su vida lo será. No depende de su voluntad o de su capricho, sino de su biología. Puede ser más feliz o menos feliz, y es ahí donde la cultura entra a jugar su papel. Estas “terapias” son, ni más ni menos, un producto cultural cuyo resultado esperable es generar infelicidad. También existen buenas razones para admitir que hay personas que nacen con una inclinación hacia una identidad de género que no coincide con los rasgos sexuales anatómicos con los que nació. Lo cual confirma la complejidad de lo humano: no solo somos un pene o una vagina, cuando, con más frecuencia de la que se quiere admitir, nuestra siquis puede volar más allá de los que esos atributos aparentes podrían sugerir. Pero es que ni siquiera esos rasgos anatómicos básicos son un destino inevitable. No solo admiten múltiples variantes, sino que, incluso, algunas personas nacen con órganos genitales de ambos sexos. Todo lo cual es producto de la biología, y, por lo tanto, tan natural como el gorjeo de las aves. Lo que queda por discernir es si la cultura permitirá modelarlo a favor de la vida de las personas, o si, como con estas “terapias”, lo hará en perjuicio de esa vida.

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