Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

Habiendo salido de casa a las 6 de la mañana, desembarco del bus de Tuasa en San José cuando aún faltaban 20 minutos para las 8. Mi destino serían las oficinas de APSE, en donde participaría en la grabación de una entrevista, parte de un programa sobre la desastrosa “ruta del arroz” chavista. La hora a la que fui convocado eran las 9, así que me quedaba su buen rato disponible, el cual aprovecho para ir a la sodita esquinera, contigua a la terminal de los buses. Café negro sin azúcar, gallopinto con huevos pateados, platanito maduro y un trozo de pan. Sentado a la par de la ventana, me distrae el denso trajinar del tránsito sobre la avenida segunda y, un poco más allá, el hormigueo de las personas en el Parque de la Merced.

Aquel desayuno, de rechupete, se me hace poquito y en un dos por tres me lo engullo. Me queda su poco de café que, en sorbitos, lo voy degustando, mientras pereceo leyendo en el celular mensajes de WhatsApp y notas de la prensa internacional que describen retazos del sufrimiento innombrable que Israel lanza sobre la población civil palestina.

De un repente, como salido de la nada, veo a mi lado un muchachito que me pide: “deme algo para comer, por favor”. Más bien bajito (1,60 o por ahí), la piel del color del cacao, los dientes blanquísimos, la mirada chispeante y una sonrisa que contagia, luminosa como el alba. El acento me es familiar: “¿sos venezolano?”, le pregunto. Afirmativo. Y voy de nuevo: “¿cuántos años tienes?”. Quince años. “Sos casi un niño”, le digo. Al continuar mi interrogatorio me entero que está con su familia, formada por él, su hermano menor (9 años), su mamá (de tan solo 30) y su papá que resulta tener 26, con lo cual la aritmética se me enreda: “¿vos tenés 15 y tu papá 26? No puede ser”. Es que no es el papá, es el padrastro (¡padrastro a las 26!).

Atropelladamente me cuenta: vienen a pie, atravesaron el Darién, les han robado, duermen en carpas improvisadas. Entre tantas otras peripecias dramáticas. La sonrisa no se apaga ni por un instante; la mirada es como una celebración a la vida. Nada logra opacar el fuego interno de este chico.

Obviamente sé que su objetivo es Estados Unidos, pero, aun así, se lo pregunto. Y, claro, él me lo confirma. “¿Sabes que la entrada a Estados Unidos es hoy muy difícil?”, le insisto. Si, claro que lo sabe, pero su optimismo es inquebrantable y no admite vacilación: “Dios nos va a ayudar a llegar”, proclama. En mis adentros me muerde la angustia de tan solo pensar esa infantilísima candidez enfrentada a los rigores y la crueldad del racismo policíaco estadounidense.

Y siempre esa, su sonrisa: inmensa, blanquísima, resplandeciente.  Y su espontaneidad desbordante, así, tan natural, tan avasalladoramente genuina. Si alguna vez existieron los ángeles han de ser como este chico, pura luz y de piel cobriza.

Le compro cuatro desayunos y cuatro empanadas.

“¿Querés café para tomar?”. Su respuesta: “un refreco”. Okey, entonces cuatro “refrecos” le digo a la muchacha de la soda.

La sonrisa enorme se volvió mucho más grande y mucho más luminosa. Y, de nuevo, el torrente de su espontaneidad: me abraza y me dice: “gracias, Dios se lo va a pagar”. Y, como una exhalación, corre feliz con aquellas modestas viandas, al encuentro de su familia.

No es necesario que nadie me lo pague. Más bien quedé en deuda. Fue como un fogonazo de humanidad que me reconcilió con la vida.

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.