Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

Estoy leyendo un trabajo de un sociólogo argentino, doctor en ciencias sociales por la UBA, sobre el tema de la precarización laboral en los que usualmente llamamos “call center”, que en Argentina también se les llama “contact center”. Entre los muchos aspectos y hallazgos interesantes a los que se hace referencia, un detalle me llamó la atención en especial: ya hay estudios que demuestran la afectación para la salud humana derivada de los horarios nocturnos. No es difícil entenderlo: se rompen los “ritmos circadianos” que, después de cientos de millones de años de evolución, son los que regulan la fisiología del cuerpo humano.

La verdad que, igual que jornadas de 12 horas son un atentado para la salud, por la inevitable fatiga que conllevan, también lo son las jornadas nocturnas, incluso aunque sean algo más reducidas. Esto es válido en general, para cualquier ocupación, y lo es, asimismo, dentro de los contextos laborales propios de los “call center”, en los que se imponen ritmos de trabajo intensificados, formas de control asfixiantes y regímenes de competencia entre las mismas personas trabajadoras, en función de implacables métricas de rendimiento, que lo mismo premian que penalizan.

Nos urgen estudios que permitan conocer las consecuencias para la salud de nuestra juventud de este tipo de organizaciones laborales. Nos urge también conocer los costos que esto le impone a la sociedad costarricense, y que, en el fondo, implican una forma de subsidio disfrazado a favor de esos “call center”. Estas son del tipo de cosas que las estadísticas económicas convencionales no registran, las cuales, al ocultar aspectos clave de la realidad, tienen un efecto ilusorio que alimenta los discursos que justifican un orden de cosas injusto, inviable desde el punto de vista social, humano y ambiental.

Todo lo contrario, en Costa Rica esto ha sido normalizado y naturalizado, como parte de un ethos neoliberal, que subordina cualquier criterio -incluso los de la salud física y mental- al rendimiento económico y los objetivos de rentabilidad y competitividad. Ya Karl Polanyi supo evidenciarlo, con singular lucidez y contundencia, en su magna obra “La Gran Transformación” (1944): el intento por autonomizar el mercado, por subordinar la sociedad y la vida de las personas a los criterios de rentabilidad y rendimiento de los mercados, conduce a devastaciones sociales y humanas que, inevitablemente, generan movimientos de resistencia. Eventualmente ello obliga a introducir correctivos que reinserten el mercado en la sociedad, y subordinen la economía a lo humano.

El problema, no está, ni mucho menos, encapsulado en los “call centers”. Es un fenómeno generalizado, y, en lo que a Costa Rica corresponde, ha sido la respuesta por la que, predominantemente, se ha optado a lo largo de los últimos 14 años, en una economía cuya competitividad ha quedado lastrada por diversos factores, y, en particular, por la sobrevalorización crónica del colón frente al dólar. En el intento por llevar adelante un proceso de “devaluación interna”, en el esfuerzo, por lo tanto, de recortar costos, lo mismo se lanza una estrategia que busca debilitar el Estado social, cuando se aplican medidas destinadas a comprimir los costos salariales. De ahí el estancamiento -a lo largo de muchos años- de los ingresos reales de la población, y la intensificación -a niveles a menudo insoportables- de los ritmos y exigencias en el mundo del trabajo.

Ignoro si algún día esta ruta destructiva se podrá enmendar, pero pensar en esto me hace recordar una vieja canción del cantautor español Víctor Manuel (“Soy un corazón tendido al sol”), que, en uno de sus versos, dice lo siguiente:

“Aunque soy un pobre diablo

se despierta el día y echo a andar

invencible de moral

qué difícil es buscar la paz

convivir venciendo a los demás

nuestra sociedad

es un gran proyecto para el mal”

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.