Luis Paulino Vargas Solís, Economista, investigador independiente jubilado.

Tenía ella razón al sentirse indignada, puesto que la frase del presidente que motivó su cólera, no era más que otro de los usuales insultos que Rodrigo Chaves le lanza a la ciudadanía costarricense. Era una frase de un grosero y tosco economicismo, la cual manifestaba un profundo desprecio hacia la mayor riqueza natural que posee Costa Rica -su biodiversidad- y que, asimismo, expresaba una concepción sobre el desarrollo alimentada por una idea de depredación del medio ambiente, algo insostenible y obsoleto en el actual contexto planetario de crisis ambiental y cambio climático, y enteramente adverso a la aspiración por una forma de desarrollo que coloque la calidad de vida como criterio central.

Ella tenía todos los motivos para indignarse, pero no logró expresar su indignación de la forma apropiada. Sencillamente hay ciertas líneas rojas que jamás se deben transgredir, en particular, nunca se debe ni siquiera insinuar la violencia como forma de respuesta. Es cierto que Chaves jamás respeta esas líneas rojas, que sus diatribas, en cambio, son un llamado reiterado a la violencia. Pero los demás no podemos darnos ese lujo, y, por ello mismo, la referencia a un “francotirador”, resultaba, no solo inadmisible, sino francamente repudiable.

Pero, bueno, he dicho que Chaves cotidianamente promueve la violencia ¿Se acuerdan ustedes cuando una señora, ferviente seguidora de Chaves, con megáfono en mano y en videos que circularon profusamente en las redes sociales, vociferaba amenazas contra el diputado Ariel Robles? “Sacarle el sirope”, fue la metáfora -vulgar y obscena- a que ella apeló.

¿O el señor, de torso desnudo y suculenta panza, que, desde las barras del público en el plenario legislativo, profería amenazas contra el mismo diputado Robles y contra el diputado Francisco Nicolás? A ambos los amenazó públicamente de muerte.

Pero ejemplos similares podrían multiplicarse. Expresadas por seguidores de Chaves, en redes he leído cosas tan violentas, que hacen empalidecer lo del “francotirador”. Pero, si se trata de mencionar otros casos, podríamos recordar la ocasión en que aquel grupo de enfebrecidos antivacunas, envalentonados por el apoyo de Chaves, pusieron en estado de sitio al Ministerio de Salud. O el grupito aquel que vociferaba frente a las instalaciones de la ANEP.

¿Qué dijo Casa Presidencial sobre esos diversos hechos que he mencionado? ¿Qué dijeron Rodrigo Chaves y Pilar Cisneros?

Absolutamente nada.

La misma diputada Cisneros -con su estilo siempre esperpéntico- denunció en plenario que dos colegas diputadas suyas, interfirieron con periodistas de un medio llamado Trivisión. No le demos más vueltas al asunto: es obvio que el proceder de esas dos diputadas fue algo deplorable. Esas cosas no se hacen, y de ninguna manera pueden justificarse.

Pero, por favor ¿qué ha dicho Cisneros cada vez que Rodrigo Chaves ofende y humilla -de la forma más atroz y grotesca- a periodistas que representan medios que desagradan al presidente? Nada ha dicho, o, para ser más preciso, si ha dicho mucho: enardecida, ella simplemente se ha unido al coro de los insultos y ataques contra esos periodistas.

Es sin duda cierto que vivimos tiempos de crispación, de ánimos acalenturados, de polarización.

¿Quién más que nadie ha promovido eso? Evidentemente Rodrigo Chaves. Y, a su lado, mano a mano, Pilar Cisneros. Tanto Chaves como Cisneros han construido, a su alrededor, una hipertrofiada escenografía, cuyo único objetivo y motivación es invitar a la violencia.

En lo que dicen y en la forma cómo lo dicen, en cada uno de sus gestos y actitudes. Viven en una perpetua declaración de guerra. Ese es el combustible que energiza el motor de sus desbordadas ambiciones políticas y el anzuelo por medio del cual intentan atrapar, bien a gente incauta e ingenua, bien a quienes la violencia les resulta un festín apetecible.

Chaves y Cisneros son figuras muy, pero muy visibles, situadas en posiciones muy prominentes. Hablan desde un púlpito muy elevado, con altavoces muy poderosos, desde un escenario gigantesco. Su influencia, por ello mismo, es de alcances excepcionalmente amplios.

Todo indica que Chaves y Cisneros desean incendiar la casa. Tristemente tiene todo el poder necesario para hacerlo, e incluso mucho más poder del necesario. Y parece que lo están logrando.

Yo soy de los que se apuntan a tratar de sofocar el incendio. De seguro mucha gente más querrá también contribuir a esa tarea urgente.

Pero seamos realistas: si Chaves y Cisneros no desisten de sus afanes piromaníacos, será muy difícil detener la conflagración.

¿Cómo hacemos para insuflarles un poco de serenidad y raciocinio a ese par de exaltados personajes?

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.