Luis Paulino Vargas Solís. Economista (Ph.D.)

Un primer paso, que es como de sentido común, es fortalecer los cuerpos policiales para fortalecer la vigilancia. Y cuando digo “fortalecer”, es en sentido amplio: más policías, con mejores equipos e instalaciones, mejor remunerados, pero también más educados y capacitados. O sea: una policía que entienda bien el valor de la democracia y la civilidad y el significado de los derechos humanos, y que, por lo tanto, sea amiga de la gente, no un peligro más que se sume al que ya representan la delincuencia común, y, sobre todo, el crimen organizado.

El problema es que nada de lo anterior es posible, puesto que rige una regla fiscal que asfixia los presupuestos e impide hacer lo que es urgente hacer. A lo cual debemos sumar la vigencia de un sistema tributario arcaico e inequitativo, que hace caer los impuestos sobre los grupos de ingresos medios para abajo, y genera toda clase de portillos a favor de los muy ricos y de las grandes corporaciones. Todo lo cual repercute en un desfinanciamiento crónico de los servicios públicos -policía incluida- el cual se ve agravado por una economía anémica con gravísimos problemas de empleo.

Súmesele que estamos atrapados en una fallida “guerra contra el narco”, la cual es el alimento perfecto para engordar las mafias y alimentar espirales sin fin de violencia y crimen.

Todo lo anterior permite comprender que la opción represiva por la que alguna gente suspira, no va para ningún lado. Es, simplemente, inviable. Ni siquiera contamos con los equipos policiales necesarios para ejecutarla, y, aún si los tuviéramos, resulta que las cárceles ya están hasta el olote, y ahí ya no cabe ni un alfiler.

Ni podemos contratar más policías ni podemos construir más cárceles. La regla fiscal no lo permite, y privatizar las cárceles -ya sé que hay gente deseosa de hacerlo- es del tipo de soluciones donde el caldo sale más caro que los huevos. Ya hemos comprobado que “terciarizar” servicios sale muy costoso.

Sobre todo, no olvidemos que la delincuencia y el crimen organizado se alimentan hoy de una juventud que hemos lanzado a la desesperación, porque les hemos negado oportunidades laborales y educativas. Estamos destruyendo el futuro, porque estamos permitiendo que destruyan nuestra juventud.
O sea, la cosa es muy seria y con pichuleos demagógicos no se resolverá.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.