Luis Paulino Vargas Solís. Economista (Ph.D.)

Mi papá era parte de la que entonces llamaban (no sé si todavía lo harán), la Filarmonía de Zarcero. Era un grupo de músicos aficionados, ninguno con formación académica, todos con singular sensibilidad musical, que lo mismo gustaban de Beethoven que de Agustín Lara. El recuerdo de la trompeta de papá, esmeradamente guardada en un estuche de interior afelpado, acompaña las memorias de mi más tierna niñez. Todavía creo percibir su olor en mi nariz.

Aparte las periódicas retretas que, de vez en vez, se ofrecían los domingos, el momento culminante del año era la Semana Santa. Todo lo demás, encontraba ahí su justificación definitiva.

Entre brumas, aparecen en mi mente los vagos recuerdos de un niño muy pequeño -quizá en mis 7 u 8 años- solitario entre la multitud, mirando a papá. Era la primera trompeta y, como otras veces lo he contado, a él le tocaban los solos de trompeta del Duelo de la Patria. Desde mi diminuta estatura, no me era fácil verlo, pero igual me las arreglaba para verlo. Imperdonable perdérmelo: era nada menos que mi papá quien le daba a la trompeta aquellos tonos sombríos y dolientes.

Hubo una Semana Santa en la que, por diferencias con alguien (creo que papá aspiraba a ser el director, y alguien le serruchó el piso), él no tocó con la Filarmonía. Lo recuerdo prepararse para ir la procesión del entierro, el viernes avanzada la tarde, aunque ya no como músico, sino como simple creyente católico. Se puso su saco azul claro, que, hasta donde logro recordar, fue el único que tuvo en su vida. Mami, que solo muy raramente asistía a tales celebraciones religiosas, se encargó de acicalarnos a mi hermano menor y a mí. Y ahí íbamos: bien peinados y con pantalones cortos y sin remiendos (que ya era mucho decir, todo un lujo, a decir verdad), tomados de la mano de papá: uno a su izquierda, el otro a la derecha.

Luego vendría la adolescencia y, posteriormente, la universidad. Salí de casa, y ya solo volví para visitas fugaces, que a lo más se extendían dos o tres días, hasta llegado el momento, cuando eran mamá o papá quienes se quedaban conmigo, porque ya para entonces las tornas se había vuelto: era yo quien debía cuidarles y no quien recibía los cuidados.

Luis Paulino Vargas Solis

Por Luis Paulino Vargas Solis

Economista, investigador independiente jubilado.