Taller Literario, Arabella Salaverry 2026.
Luis Ricardo Villalobos, escritor
La monja
El velocímetro del carro rojo tiembla en los ciento cuarenta kilómetros por hora. Roberto acelera, empujado por la voz potente de Nino Bravo que rebota en los cristales. “Libre como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar…”
La adrenalina de la libertad es un trago amargo y dulce a la vez.
Treinta años sepultados en una firma de juzgado esta misma mañana. Treinta años de silencios compartidos, de reproches mudos en la mesa del desayuno, de una jaula invisible que le fue encaneciendo su pelo fogoso.
La música lo aísla del mundo. No hay cinturón de seguridad que lo ate. No hay esposa que lo espere para reclamar la tardanza. Solo la inmobiliaria mañana, con sus teléfonos chillones y sus clientes neuróticos, pero eso es otra cosa. Ahora solo existe el presente, este viaje nocturno que se siente como el despegue de un cohete.
El viento ruge fuera, imitando la tormenta de sus propios pensamientos. Roberto cierra los ojos un instante, saboreando el aire limpio de su nueva vida. Nunca más el león enjaulado. Nunca más la llama extinguida.
Abre los ojos. Los faros halógenos cortan la negrura de la una de la mañana y rebotan contra algo.
Una mancha oscura en medio del carril.
El cerebro tarda un fragmento de segundo en procesar la imagen: no es un bache ni una sombra de los árboles. La euforia se congela en su pecho. El pie derecho busca desesperadamente el pedal del freno. Las llantas chillan, un lamento de metal y caucho ahoga la voz de la radio.
Un solo instante. Un solo golpe. Una masa descomunal rompe la línea del horizonte. Una vaca vuela como un buitre por los aires. su silueta monstruosa se recorta contra el cielo nocturno, antes de desplomarse. El impacto contra del carro suena como un disparo de artillería. Un puñetazo inexplicable apaga la música, hundiendo el techo del carro en medio de un ruido ensordecedor.
Roberto no tiene tiempo de gritar.
Una fuerza hercúlea lo levanta y tira sobre el parabrisas. Su cuerpo flota en la ingravidez del caos, suspendido entre el volante destrozado y el frío asfalto que lo esperaba afuera.
Oscuridad total.
De pronto, la fría penumbra se rompe.
Unas manos suaves, como pétalos de una rosa, comienzan a frotar su cabeza. El calor de aquella piel le devuelve el anclaje al mundo.
Abre los ojos.
La luz hiere sus pupilas, obligándolo a parpadear entre sombras difusas que tardan en cobrar forma. No recuerda qué pasó. No sabe dónde estaba.
Frente a él una mujer.
Rostro transparente. Piel pálida. Viste un hábito largo y negro. Lleva un delantal blanco inmaculado que cruje levemente con cada uno de sus movimientos. Una característica toca, también blanca y rígidamente almidonada, cubre su cabeza. Se extiende hacia los lados, formando dos alas perfectas que enmarcan su rostro místico.
Su voz como el eco de una campana lejana, llega a sus oídos:
Tranquilo. El peligro ya pasó.
Él intenta hablar, pero su garganta es un desierto de arena.
¿Está en un hospital, un convento, o el umbral de otra vida?
La mujer de las alas blancas sonríe con una piedad infinita. Mientras las sombras del pasillo exterior comienzan a susurrar secretos que él aún no alcanza a comprender.
Ella tiene un vaso de vidrio en su mano. El líquido en su interior tan claro que parece contener la luz atrapada de un foco.
La mujer se acerca al lecho. Con delicadeza desliza su mano libre bajo la nuca de Roberto. Luego inclina su cabeza con la fragilidad de quien sostiene un ave herida. Mientras tanto le dice:
Beba todo el vaso y dios mediante, pronto se cura.
Toma el foco que había colocado en la mesita de noche. Se aleja. Despacio. Etérea. Como flotando en el aire.
Sus pasos son acompañados por el tintineo de las llaves. Estas cuelgan de un cordón blanco que lleva en la cintura.
Al día siguiente Roberto yace inmóvil, atrapado en un letargo.
De pronto, un rayo de la luz del alba filtrado por la ventana, juega con su cara y lo despierta. Abre los ojos por completo. Lo primero que ve, el techo blanco, ajeno y frío.
Emilia, la enfermera de turno, entra en ese momento. Lleva una bandeja con medicinas. Al ver la mirada fija y viva del paciente, el corazón le da un vuelco y exclama:
¡Qué felicidad! Por fin despertó. ¿Cómo se siente?
Roberto parpadea despacio. Su propia voz le suena extraña, como un eco lejano arrastrado por la arena.
Bien… Señora, ¿qué me pasó? ¿Por qué estoy aquí?
Emilia se acerca a la cama. Con ternura le toma la mano y comienza a frotarla para reactivar la circulación de los dedos entumecidos.
Tuvo un accidente. Entro en coma. Ahora recuperándote aquí, en el San Juan de Dios, desde hace un año. ¿Un año?
La palabra rebota en las paredes de su cráneo.
No es posible…
Roberto se hunde en el silencio. Su mente un rompecabezas al que le faltan casi todas las piezas. Lo último que guarda su memoria es el viento en la cara. Tenía las manos firmes sobre el volante. Recuerda su propia voz cantando a todo pulmón «Libre, como el ave que escapó de su prisión…» de Nino Bravo.
Después de esa estrofa, solo hay un abismo negro.
Emilia con una sonrisa de alivio, se dispone a salir.
Roberto la detiene, con una duda flotando en sus ojos claros.
Señora. ¿Cómo se llama la monjita que me dio el medicamento en la noche? Quiero darle las gracias. Me siento tan bien…
Emilia se congela junto a la puerta.
Se da la vuelta despacio, buscando en el rostro del hombre algún rastro de fiebre o delirio.
Una sospecha helada le recorre la espalda. Recuerda las viejas historias que los médicos más antiguos cuentan en los pasillos del hospital.
¿Cuál monja?
Pregunta, forzando un tono amistoso. Luego, sin esperar respuesta agrega:
Mire, señor… hace más de treinta años que las monjas que atendían este hospital se fueron.
Roberto la mira sin comprender, seguro de haber sentido unos dedos suaves tomar su cabeza en la penumbra de la madrugada. Emilia prefiere no ahondar en el misterio. Antes de irse le dice con presteza:
Pronto vengo a revisarlo.
Sale al pasillo y se santigua en secreto.
Tal comentario de la enfermera golpea como una ráfaga helada a Roberto, cortándole la respiración.
La oscuridad de la habitación se traga las horas, pero no los pensamientos del hombre. Durante días, flotan en ese desvelo donde el cansancio deforma las paredes de su habitación. En el silencio de la madrugada, su mente hila conjeturas como una araña atrapada en su propia red. Se dice a sí mismo aferrándose a la lógica:
No, aquella aparición no tenía la consistencia de los fantasmas de los libros. No flotaba sobre el suelo. Su piel no tenía la palidez de los muertos. Tampoco vestía la clásica bata blanca de las ánimas en pena. ¿Y si solo es un truco cruel de mi cerebro golpeado?
De pronto, un pequeño resplandor quiebra la penumbra.
Un pequeño resplandor, nacido en el fondo del pasillo, comienza a devorar la sombra circundante. La luz avanza hacia el umbral de su cuarto, ganando intensidad a cada segundo.
El pecho de Roberto se contrae. Con los ojos desorbitados por el horror, ve una silueta recortaba contra la claridad.
Es ella. La misma monja de la otra noche. Idéntica. Real.
Al borde del abismo de la locura, Roberto se incorpora en la cama. El sudor frío le perla la frente. Rompiendo el silencio del cuarto, grita con un hilo de voz que araña la garganta:
¡Por Dios! ¡Dígame que usted no es un espejismo!
La mujer se detiene.
El foco la ilumina desde abajo. La luz proyecta sombras alargadas y pavorosas sobre las facciones de su rostro. Entonces, suelta una carcajada. Una risa estruendosa, carente de toda piedad rebota en las paredes blancas del hospital. Cuando la risa cesa, la monja habla. Su voz ronca, un crujido inquietante que parece provenir del fondo de la tierra:
No… no… el espejismo es usted.
La mujer parpadea. En ese milisegundo de oscuridad, Roberto desaparece.
El asfalto devora el último suspiro de la tarde. El rugido del motor, constante y soberbio, se apaga de golpe en un estallido seco que fractura el silencio de la carretera.


Luis Ricardo Villalobos es Doctor en Educación. Catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR)y de la Universidad Estatal a Distancia (UNED).