Luis Varela: La crisis del sistema internacional

Pero no todo está perdido. Es hora de alzar la voz y de que países como Costa Rica, inicien un movimiento fuerte, que incentive a los demás miembros a trabajar, de manera urgente, en una reforma sustancial de la Carta, que ponga límites al privilegio del veto y permita a las mayorías, como sucede en la Asambleas General, tomar acción en favor de la solución de los conflictos que amenaza a la humanidad con su destrucción total, ante la amenaza del uso de las armas nucleares. Es una responsabilidad ética e histórica que conviene asumir.

Luis Varela Quirós, Embajador

Escribo este articulo con sentimientos encontrados que van desde la frustración a la esperanza.

Hace ya más de ochenta años, en medio de la cruenta guerra que asolaba al Mundo, veintiséis Estados se reunieron en la ciudad de Washington y suscribieron la Declaración en la que, por primera vez se usó el término Naciones Unidas, y que tenía por propósito organizar a la sociedad internacional para funcionar adecuadamente y asegurara La Paz y la cooperación, y por sobre todo librara a las futuras generaciones del flagelo de la guerra, que por segunda vez en ese siglo, amenazaba la existencia misma de la humanidad.

Fue sobre esos principios fundamentales que posteriormente se aprobó la Carta de San Francisco que estableció la Organización de las Naciones Unidas, para sustituir a la antigua y poco eficiente Sociedad de las Naciones, que, sin embargo, quedará en la historia como el primer intento de crear una organización universal para el mantenimiento de la Paz.

Las Naciones Unidas, sin duda alguna fueron con el transcurso de los años, convirtiéndose en el centro para el diálogos y la cooperación internacional, en campos tan diversos como la independencia de los pueblos y países coloniales, el desarrollo económico y social de los pueblos, la protección al medio ambiente, la promoción y protección y de los derechos humanos, el avance científico y tecnológico, la lucha por la igualdad entre los seres humanos y el combate a todas las formas de discriminación, entre muchas otras. Las Naciones Unidas han Alcanzado, en mayor o menor medida, éxitos indiscutibles que han señalado la ruta a la Comunidad internacional y ayudado al bienestar de los pueblos del mundo.

Pero junto a esos éxitos, no se puede ocultar el gran fracaso que ha sido la realización de los propósitos de mantener la paz y la seguridad internacionales, así como evitar y sancionar el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, conforme al Capítulo VI de la Carta.

Con frustración vemos que en la actualidad hay conflictos armados en gran escala en Gaza, Burkina Faso, Somalia, Yemen, Sudán, Nigeria, Siria, Ucrania, para citar sólo algunos, y existen conflictos internos armados en diversas regiones del mundo, que, de no controlarse a tiempo, podrían escalar hasta convertirse en verdaderas guerras.

Es cierto que, en el proceso de creación de la Organización, desde Dumbarton Oaks, pasando por las diversas conferencias bilaterales o multilaterales que la siguieron, y significativamente la cumbre de Yalta, el tema de la seguridad internacional fue uno de los puntos álgidos de las negociaciones, que sólo vino a resolverse en dicha cumbre y en la posterior Conferencia de San Francisco sobre la Organización Internacional, con la creación del Consejo de Seguridad.

La Carta aseguró, a las potencias vencedoras en la guerra, el control de las decisiones de dicho Consejo, que es el único órgano capaz de tomar decisiones vinculantes para los Estados miembros (Artículo 27 ), pero a su vez los entrampó , en un sistema que le dio a esos Estados el poder de impedir que cualquier reforma a la Carta pueda entrar en vigor, si no cuenta con el consentimiento de los cinco estados miembros permanentes del Consejo de Seguridad (China, Estados Unidos, Federación Rusa, Francia y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte) (Artículo 108).

No importa que la Organización pasara de tener 51 miembros originales en 1945 a 193 en la actualidad. No importa que las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial, no sean necesariamente las principales, en el contexto internacional actual. Los intereses de esos cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tienen postrada la acción de la Organización, mientras el resto del Mundo ve, con impotencia, como frente a la barbarie de la guerra se veta, por intereses políticos, económicos o estratégicos, cualquier acción tendiente a la consecución de la Paz.

Pero no todo está perdido. Es hora de alzar la voz y de que países como Costa Rica, inicien un movimiento fuerte, que incentive a los demás miembros a trabajar, de manera urgente, en una reforma sustancial de la Carta, que ponga límites al privilegio del veto y permita a las mayorías, como sucede en la Asambleas General, tomar acción en favor de la solución de los conflictos que amenaza a la humanidad con su destrucción total, ante la amenaza del uso de las armas nucleares. Es una responsabilidad ética e histórica que conviene asumir.

Intentos de que la Asamblea General se ocupe de esos conflictos, cuando el Consejo de Seguridad no cumpla con sus obligaciones, como la resolución Unidos para La Paz, adoptada en 1950, ante la paralización por el ejercicio del veto durante la guerra de Corea, se han convertido, en la práctica, en un mero saludo a la bandera.

Convendría reactivar el grupo de los “small five” (Jordania, Liechtenstein, Singapur, Suiza y Costa Rica) ampliado, y poner manos a la obra con decisión y urgencia, para buscar una salida al actual estancamiento en el Consejo de Seguridad, que pone en peligro de extinción, aún a los mismos Estados que hoy abusan de su poder.

En particular se debe insistir, en la idea ya propuesta por ese grupo de Estados, de imponer límites o restricciones al ejercicio del veto en casos de genocidio, crímenes de guerra o de lesa humanidad, y violaciones al derecho internacional humanitario.

El mundo no puede contemplar impasible, como quienes tienen el deber de hacer respetar las normas contenidas en la Carta, la violan flagrantemente, o usan sus privilegios de veto, para que sus aliados cometan actos atroces.
No es necesario entrar a discutir otras reformas a la Carta, que pueden ser necesarias, sino reformar las normas que privilegian a unos pocos, en perjuicio de la mayoría.

Puede parecer iluso, pero si no luchamos por ilusiones en las que creemos, nuestro futuro y el de las generaciones venideras, estará a punto de perecer.

Ya Costa Rica ha demostrado que, a pesar de las trabas que imponen las grandes potencias, propuestas novedosas como la creación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la Universidad para La Paz, la Convención contra la tortura y otras penas crueles, inhumanas y degradantes, la Convención contra la desaparición forzada de personas, el Tratado sobre la Prohibición de armas nucleares, o el Tratado sobre el Comercio de Armas, es posible materializarlas con esfuerzo, dedicación y alianzas estratégicas con Estados que aún creen que es posible luchar por la Paz y contra el flagelo de la guerra.

En algunas de esas batallas tuve la fortuna de participar, como funcionario diplomático de Costa Rica, representante del país ante la antigua Comisión de Derechos Humanos de la ONU, o experto independiente de Naciones Unidas. Soy testigo de que, independientemente de los cambios de Gobierno, Costa Rica nunca abandonó su convicción de que un mundo donde se respeten los derechos humanos y la lucha por la Paz sea una meta inquebrantable de la comunidad internacional, es posible aún en la adversidad.

Aún hay esperanza.

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