Luissiana Naranjo Abarca.

Condominios para morir

Es tan sencillo volver sencillo el día.

Me encanta cuando llegan momentos espontáneos -fuera de sí- a tu cotidianidad y se transforman en inolvidables. Cuando se truecan en nada semejantes a la usanza.

Hoy, me propuse sacar el rato para llevar a mi madre a hacer visitas al estilo pueblerino. Tenía mucho que hacer, en fin, le dediqué el rato a ella, a los que iba a visitar y a los sitios que a veces olvidamos. Tengo el privilegio aun de respirar pueblo a 10 minutos de casa y revivir su antaño. La primera parada fue al medio día. La llevé a una particular reunión en el distrito de Patarrá. El tema priori era cómo rescatar la bóveda del tío Cancho, quién nunca se casó, no tuvo hijos y al morir, no traspasó los nichos del cementerio a sus condescendientes.

Y es que ahora morir tiene su costo. Las fosas han llegado a ser herencias reclamables y son propiedades de gran valor. Mientras se viva, debemos estar midiendo la muerte. Escribir la preforma del posible no existir.

La reunión fue con los sobrinos que serían los representantes de mayor consanguinidad. Sumando a ellos y sus hijos, se llega a más de cien.

Es decir, vale la pena resolver legalmente, la adquisición de los “nichos” y cuanto antes, pues cualquiera “estira la pata” a destiempo y puede reclamar a derecho, su campito -gratis y seguro- para trasvasar sus restos. Un lujo para pocos. Un punto a favor para suavizar el sueño.

Por eso, fue urgente realizar esa reunión con toda una comitiva familiar para asumir su mantenimiento. Nadie quiere por sí mismo asumir el costo financiero por un espacio donde otros también van a tumbarse. Así que, se formó un comité especial no solo para financiar el alto costo legal del traspaso sino para detalles de sostenibilidad de la misma: la cerámica de la bóveda, los pagos anuales, el jardinero, entre otros.

Realmente, ¡es una querella morirse sin tener un apartamento sepulcral!

Yo iba a esperar a mi madre en el auto, mientras ella asistía, pero como el sol atravesó la vidriera y el aire acondicionado revienta mis oídos; preferí acompañarla.

Fue un maravilloso momento desemejante. La mayoría tienen edad de la quinta estación. Así que solo un ratito fue formal. Se llevó el acta, se da el informe del tesorero… y todo se coordina en orden.

De inmediato, surge el humor patarraseño, la maliciosa carcajada de reírse de la muerte, de quién será el siguiente y todo un jolgorio sobre el tema.

Todo eso, merecía un almuerzo criollo: “gallitos de chorizo con repollo”, “flor de itabo con tomate y cebollita”, puré con especies naturales, refresco de toronja casera y frutas de estación. Era como estar en medio de un festejo, solemnizando con anticipación a la muerte.

Acuerdos vitales: para recaudar fondos para el traspaso, se hará una fiesta en un mes con el centenar de primos. Así que me involucraron también a ser parte del séquito organizativo. Me corresponderán las invitaciones. Cualquiera podrá ir, pero pagando una cuota. Aparte, cada familia deberá aportar un platillo: el arracache de “sutanito”; el pan casero de “fulanito”, el arroz con pollo de “menguano”, etc…

Es agraciado anticipar la muerte con tanta alegría. Ya espero la fiesta. Es desemejante que una familia se prepare para morir, festejando.

No creo, que a mi madre y a mí, nos entierren en alguna de ellas.

Pues, de parte de mi abuela, tenemos un condominio para morir, de seis apartamentos con vista a la montaña, aparte de los cinco que estaban a nombre del Tío Cancho.

De mi parentesco paterno, tengo otros dos condominios: uno de 13 nichos de nivel citadino y obrero; otros seis bajo pinares y rosas, heredados de mi padre. Es decir, casi 30 apartamentos cuidaditos -casi lujosos- para escoger donde repuntar mis cenizas o huesos.

Ya saben…si alguno de ustedes no tiene dónde… por favor avíseme con tiempo. Le apartamos un campito, pues hay para escoger.

Es inusitado vivir esperando la muerte de ese modo. Celebrar el proceso y la espera. Un rato sublime, sencillo… mirando la partida con regodeos. Una idea de muerte desemejante, un momento de vida desemejante, con personas en su naturalidad desemejante y con una manera de sonreírle a la muerte… desemejantemente.

 


Luissiana Naranjo Abarca
Tiene una Maestría en Administración Educativa. Estudios de Periodismo y Arte. Ha sido promotora cultural, y tallerista de diversos grupos con sentido social y humano en círculos, con jóvenes y mujeres con alto riesgo social, pacientes de cáncer, grupos generacionales, entre otros. Trabaja como editora y escritora de textos educativos y como docente en la Universidad Independiente de Costa Rica.