Luko Hilje: A don Pepe, en su centenario

Tribuna Democrática (25-IX-2006)

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Luko Hilje Quirós. 

Con motivo de la conmemoración de la abolición del ejército el 1º de diciembre, comparto con ustedes por medio de La Revista, con ustedes este artículo que escribí para el centenario de don Pepe, artífice del acto que se celebra y quien junto a un sinnúmero de personas han construido nuestra sociedad y democracia actual.

 

Aún recuerdo su breve tamaño, algo eclipsado por el podio en la plaza pública de la campaña política de 1970, pero su poderoso verbo —de acento más bien campechano— agitando esas noches de verano. Claro, diáfano, enérgico, pícaro, jocoso, didáctico en los ejemplos que le brotaban de manera espontánea, en realidad ejercía la docencia desde la tarima. Sí, don Pepe Figueres, genuino líder y caudillo que convocaba a multitudes con la sola mención de su nombre.

Lo seguíamos adonde hubiera manifestaciones en la capital pues —recién graduado de secundaria y en un hogar fuertemente liberacionista— yo era voluntario en el club del Partido en Sabana Sur. Como otros amigos del barrio, en esas vacaciones trabajamos por afecto a una causa en la que creíamos, sin esperar prebenda alguna —otros bien ubicados oportunistas sí cosecharon abundantes réditos para beneficio propio, por largos años—, salvo el gusto de ver a las lindas muchachas que a menudo se acercaban al club, o se sumaban a las caravanas en los autobuses que el Partido pagaba. ¡Hermosos días de amores juveniles entre el profuso ondear de banderas verdiblancas!

Pero vendrían los tiempos universitarios, providencialmente esclarecedores en el despertar de la conciencia, para entender que no todo era como parecía. Y, sí, poco a poco fuimos percatándonos de que el Partido Liberación Nacional, carcomido por la corrupción, se alejaba de sus raíces auténticas para convertirse —salvo honrosas excepciones— en una maquinaria electoral mecánica, de ideología anquilosada —como lo demostró el fuerte rechazo al movimiento renovador encarnado en el Manifiesto de Patio de Agua— y cada vez más conservador, hasta culminar en lo que es hoy: expresión e instrumento de los poderosos grupos que tanto lo antagonizaron cuando emergió.

No fue sencillo alejarnos, pues con el Partido incluso había ciertos vínculos afectivos y familiares, con líderes como Daniel Oduber y Chico Orlich, ambos presidentes después. Con Daniel compartíamos abuelos, Justo y Ascensión, que eran hermanos. Chico, además de estar casado con nuestra prima hermana Marita Camacho Quirós, fue cercano amigo y socio de mi tío Ricardo en la finca La Orquídea —en La Fortuna de San Carlos— y, por ser ambos de origen croata, su padre fue amigo del mío. Varias veces papá, esmerado y notable albañil, hizo trabajos en las casas de Daniel y Chico.

Pero, por mi conciencia de biólogo y conservacionista, el detonante para el alejamiento sería la incongruente postura del Partido en cuestiones ambientales. Años después lo denuncié y documenté ampliamente en un artículo titulado Oduber, el conservacionista (Semanario Universidad, 7-II-77). Es decir, el Partido practicaba una curiosa esquizofrenia, pero rentable en términos políticos: un discurso conservacionista apalancado con la creación de parques nacionales desfinanciados y aderezado con la consecución de inmerecidos premios internacionales, pero con políticas y acciones sumamente lamentables en otros aspectos.

Así, apoyó la eventual explotación de bauxita por parte de la ALCOA; promovió la conversión de la isla del Caño en un paraíso de casinos y prostitución para mafiosos internacionales; propició la expansión ganadera irracional, para beneficiar a muy poderosos sectores ganaderos, sobre todo en Guanacaste; de manera truculenta promovió la instalación un oleoducto interoceánico en el país; y favoreció la explotación de la reserva forestal de Río Macho, destruyendo vastas áreas de milenarios robledales para beneficiar a la STABAPARI, empresa española fabricante de toneles de vino. Por fortuna, y gracias a las movilizaciones estudiantiles y populares, no todos estos empeños cuajarían.

Sí, demasiado desaliento y desencanto para mis convicciones conservacionistas. No obstante, muchos años después, me topé con un breve pero sustancioso libro titulado Franjas de luz: arboricultura en el paralelo 10, el cual me conmovió por provocador. Y fue por ello que, cuando con mis colegas Wilberth Jiménez y Emilio Vargas nos propusimos entrevistar a varias personas para nuestro libro Los viejos y los árboles, fue inevitable no recurrir a su autor, don Pepe.

Dejé constancia de tan inolvidable y emotivo encuentro con este anciano, entonces de 81 años y tres años antes de morir, en mi artículo Unas horas con don Pepe (La República, 23-VI-90). Pero lo que no dije ahí fue cuán feliz y alborozado estaba aquella espléndida mañana en su finca La Lucha, hablando con gran propiedad y conocimiento sobre árboles y reforestación. Y lo fue tanto que, cuando cerca del mediodía su hijo José María llamó a la puerta diciendo que ya había que irse, él lo increpó, preguntando: “Y… ¿por qué?”. Tras indicarle que ya sus dos también ancianas hermanas querían regresar a San José, replicó: “¡Dígale a esas viejas que no jodan! Yo aquí estoy muy a gusto, hablando de arbolitos… y no de política, que es de lo que siempre me preguntan. Sí, sí… ¡que no jodan!”.

Lamentablemente, su estado de salud impidió prolongar por mucho rato la plática interrumpida. Pero concertamos una nueva cita, esta vez en su finca Entebbe, en Ochomogo, a la cual me tocó ir solo. Grata conversación, de nuevo, que aproveché para mostrarle algo escrito por él el 1º de abril de 1945 en una bitácora que mi tío Ricardo mantenía en la finca La Orquídea, que dice así: “Pasto verde en abril. Ganado limpio. Clima agradable. Buenas aguas. Palmileras. Guayabones. E invocando lo eterno, el gran cerro de Arenal”. Lacónica pero profunda descripción de esas pródigas y feraces tierras.

De mirada penetrante y azul profundo, enmarcada por un rostro curtido por tempestuosos años de incesantes luchas, me sentí como el discípulo que escucha alelado a su mentor, a su maestro, a un profeta. Y gané certeza de esto cuando insistió en que llegó a la política por rebote, al autodefinirse como un hombre de estudio y pensamiento.

Casi de inmediato me obsequió su reciente libro El espíritu del 48, con cuya temblorosa caligrafía anotó: “Para el joven estudioso Prof. Luko Hilje”. Me sentí muy honrado de que me percibiera así, por el valor que siempre dio a la preparación intelectual. Y, debo reconocerlo aquí. Triunfante en la Guerra Civil de 1948, fue respetuoso de las garantías económicas y sociales promovidas por sus opositores, y más bien las ensanchó, para que personas de clases populares y medias pudieran tener —entre muchos otros beneficios—, la posibilidad de prepararse académica y profesionalmente para servir al país, a la vez que mejorar su situación económica y ascender en el plano social.

Casi al final de la entrevista, cuando le insistí en la indeleble impronta que él marcó en la vida de Costa Rica, más en serio que en broma acotó: “Sí… yo tengo la vanidad de creer que mis escritos y mis discursos se leerán cuando ya no esté en este barrio. Algunas cosas quedan escritas para el futuro”. Y, quizás por ello, cuando por un zaguán salíamos al patio, para despedirnos, su ánimo se turbó y, con palabras entrecortadas, lamentó que el país perdiera tan jóvenes a esas figuras cimeras que fueron Rodrigo Facio y Omar Dengo, notables educadores y formadores de juventudes.

Y es así como evoco a don Pepe hoy 25 de setiembre, al conmemorarse el centenario de su natalicio, igual en una plaza pública de campaña, meditando o escribiendo un libro: siempre provocando y enseñando pero, sobre todo, sabiendo convertir en hechos sus palabras.


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