Luko Hilje: Apología de los osos perezosos

En fin, es tiempo de felicitarnos todos por contar con este nuevo emblema nacional, que con su bonancible imagen —plenamente congruente con sus hábitos— transmite amabilidad y paz.

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Luko Hilje Quirós. 

Recuerdo que la primera vez que vi un oso perezoso fue allá por 1958, cuando tenía unos cinco o seis años de edad, en una visita con la familia donde mi tío Ricardo Quirós Rodríguez, quien residía en La Fortuna de San Carlos. En aquel entorno de rebosante verdor, localizado a los pies del majestuoso volcán Arenal y rodeado por bosques prístinos, la finca de mi tío era una incesante fuente de descubrimientos y hallazgos para mi curiosidad infantil.

Un día, en alguna de las cabalgatas por la montaña que había que atravesar para llegar a la finca, desde la silla de su cabalgadura uno de mis primos levantó su brazo e indicó: «¡Vean! ¡Ahí hay una perica ligera!». Aquella extraña criatura no parecía un animal, sino un objeto surrealista, casi como un gigantesco ovillo de largos y percudidos pelos. Asombrado, a la vez que confundido, le repliqué que eso no era un perico ni una lora, por lo que de inmediato —entre las risas burlonas de quienes nos acompañaban—, aclaró que así les decían también a los osos perezosos. Pero yo tampoco sabía de la existencia de osos de ese tipo.

En realidad, no fue sino al tomar los cursos de Zoología de Vertebrados, Anatomía Comparada y Evolución Orgánica, durante mi carrera de biólogo en la Universidad de Costa Rica —no me matriculé en el de Mastozoología porque el profesor era deficiente y, por fortuna, dicho curso era electivo—, que aprendí que en el país coexisten dos especies de perezosos, uno con dos dedos o garras en sus patas delanteras (Choloepus hoffmanni) y otro con tres (Bradypus variegatus); en las patas traseras ambas tienen tres uñas. Además, que a pesar de su parentesco y similitud, pertenecen a familias distintas, Megalonychidae y Bradypodidae, respectivamente, sin relación filogenética o evolutiva cercana con los verdaderos osos (familia Ursidae), sino más bien con los armadillos y los osos hormigueros (del superorden Xenarthra, antes orden Edentata), entre los que se incluye al diminuto y entrañable serafín de platanar o ceibita (Cyclopes didactylus).

Un hecho importante es que los perezosos son de origen sureño, donde se localiza su centro de origen, es decir, el punto geográfico en el que surgieron como especies y desde el cual irradiaron hacia otras regiones. De hecho, nuestras dos especies tienen a Honduras como su límite septentrional o norteño. Pero, además, en Suramérica hay otras tres especies (Choloepus didactylus, Bradypus torquatus y Bradypus tridactylus), más el perezoso pigmeo (Bradypus pygmaeus), que es endémico o exclusivo de Panamá.

En cuanto a la incógnita de cómo llegaron hasta América Central, es pertinente recordar que todavía hace poco más de tres millones de años las dos inmensas masas terráqueas de Norte y Suramérica estaban desconectadas. Sin embargo, gracias a varios procesos geológicos y volcánicos —ocurridos a lo largo de miles o millones de años—, poco a poco se fue formando un istmo o puente, que daría origen a la actual América Central. De otra manera, la porción del continente americano donde hoy vivimos quizás se hubiera parecido a un archipiélago, como los que abundan en Oceanía. Pero lo cierto es que ese imprevisto puente se formó y, con ello, se abrió una vía para que la flora y la fauna de ambos subcontinentes pudieran desplazarse en un sentido o en otro. Obviamente, los perezosos lo hicieron de sur a norte.

Eso sí, de acuerdo con algunos paleontólogos, los primeros en hacerlo fueron sus especies ancestrales, que eran los gigantescos megaterios —nombre equivalente a bestia grande, en griego—, algunas de cuyas especies colonizaron Mesoamérica hace unos ocho millones de años, y poco a poco avanzaron hacia EE.UU., Canadá e incluso Alaska. Con base en sus fósiles, de tan corpulentos que eran —de hasta 3 m de altura y 1000 kilogramos de peso—, no podían ser arborícolas, como los actuales, sino que caminaban sobre el suelo. Según los expertos, dichas especies se extinguieron hace unos 10.000 años.

En síntesis, podemos concluir y afirmar que América del Sur nos regaló las dos especies de perezosos que, juntas, esta semana fueron elegidas como símbolo nacional, al igual que lo son la guaria morada (Guarianthe skinnerii), el árbol de guanacaste (Enterolobium cyclocarpum), el yigüirro (Turdus grayi), el venado cola blanca (Odocoileus virginianus) y el manatí (Trichechus manatus), así como otros íconos de gran significado emblemático. Dicha iniciativa, de Yorleny León Marchena —diputada por Limón, aunque puntarenense de nacimiento—, merece el reconocimiento y aplauso de todos los ciudadanos. Por fortuna, este miércoles 14 de julio la ley (expediente N.º 22.167) fue acogida y respaldada con celeridad y de manera unánime por sus compañeros legisladores.

Ahora bien, a propósito de esta feliz coyuntura, me parece oportuno relatar algunos aspectos interesantes o curiosos de los perezosos, que he ido acopiando en mis investigaciones históricas de varios años en relación con la naturaleza de Costa Rica.

Para comenzar, es de suponer que el entorno tropical, de exuberante vegetación y penetrante humedad, saturó las retinas de los primeros ojos ibéricos que lo contemplaron. Pero, además, su extravagante fauna, al punto de que, al llegar en 1502 a Quiribrí y Cariay —hoy isla Uvita y Puerto Limón—, Cristóbal Colón expresaría que «animalias menudas y grandes hay hartas [muchas] y muy diversas [distintas] de las nuestras». En efecto, tan diferentes eran de la fauna europea previamente conocida, que tiempo después el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo —quien permaneció 22 años en América—, imposibilitado de reconocer tantas nuevas formas, recurrió a bautizarlas por analogía con las que le eran familiares. Y fue así como denominó tigre al jaguar, león al puma, gato cerval al ocelote, beorí a la danta, gamo al venado, churcha al zorro pelón, encubertados a los armadillos, gato monillo al mono congo y perico ligero al oso perezoso.

De este último, aporta la siguiente descripción: «Perico ligero es un animal el más torpe que se puede ver en el mundo, y tan pesadísimo y tan despacioso en su movimiento, que para andar el espacio que tomarán cincuenta pasos, ha menester un día entero. Los primeros cristianos que este animal vieron, acordándose que en España suelen llamar al negro Juan Blanco, porque se entienda al revés, así como toparon este animal le pusieron el nombre al revés de su ser, pues siendo espaciocísimo, le llamaron ligero. Este es un animal de los extraños, y que es mucho de ver en Tierra Firme, por la disconformidad que tiene con todos los otros animales». Es decir, por ser tan lento de movimientos, a tan insólito mamífero lo calificaron de veloz, con intención sarcástica. Tal vez mejor lo hubieran bautizado cachazudo.

Sin embargo, en vez de burla, pienso que lo que cabía era el elogio a la naturaleza, pues al quedar tanta parsimonia y tranquilidad encarnadas en una sola de sus criaturas —atávica y hasta antediluviana, si se quiere—, quizás en ella y con ella la Madre Natura nos esté advirtiendo y aleccionando acerca de que la prisa no siempre es buena consejera («Despacio, porque precisa», y «El que mucho corre, pronto para», dicen los viejos y sabios adagios), y de que los buenos y sesudos juicios provienen de cuando, en el reposo, se reflexiona y se maduran bien los criterios y las ideas. O, visto en términos biológicos, evolutivos o adaptativos, que tan exitoso se puede ser cuando se actúa como un infatigable e hiperactivo colibrí, que cuando se vive con la flema y la desaprensión de un morigerado e impertérrito perezoso.

Para continuar, dicho cronista relataba que: «Será tan luengo [largo] como dos palmos cuando ha crecido todo lo que ha de crecer, y muy poco más de esta mesura [medida] será si algo fuere mayor; menores muchos se hallan, porque serán nuevos [jóvenes]. Tienen de ancho poco menos que de luengo, y tienen cuatro pies, y delgados, y en cada mano y pie cuatro uñas largas como de ave, y juntas; pero ni las uñas ni manos no son de manera que se pueda sostener sobre ellas, y de esta causa, y por la delgadez de los brazos y piernas y pesadumbre del cuerpo, trae la barriga cuasi arrastrando por tierra». Nótese que aquí hay una incongruencia, pues no hay ninguna especie de perezoso que tenga cuatro uñas o garras en cada extremidad.

Y proseguía en su relato, expresando que: «El cuello de él es alto y derecho, y todo igual como una mano de almírez [pequeño mortero de metal], que sea de una igualdad hasta el cabo, sin hacer en la cabeza proporción o diferencia alguna fuera del pescuezo; y al cabo de aquel cuello tiene una cara casi redonda, semejante mucho a la de la lechuza, y el pelo propio hace un perfil de sí mismo como rostro en circuito, poco más prolongado que ancho, y los ojos son pequeños y redondos y la nariz como de un monico [monito], y la boca muy chiquita, y mueve aquel su pescuezo a una parte y a otra, como atontado, y su intención o lo que parece que más procura y apetece es asirse de árbol o de cosas donde se pueda subir en alto; y así las más veces que los hallan a estos animales, los toman en los árboles, por los cuales trepando muy espaciosamente, se andan colgando y asiendo con aquellas luengas uñas».

Y así se extiende la narración, describiendo aspectos de su pelaje, así como los sonidos que emite durante la noche, para concluir que «ni he visto hasta agora animal tan feo ni que parezca ser más inútil que aqueste», no sin antes indicar que tuvo uno como mascota, y que él creía que no necesitan alimentarse, sino que viven del aire, ya que «nunca se le vido [vio] comer cosa alguna, sino volver continuamente la cabeza o boca hacia la parte que el viento viene, más a menudo que a otra parte alguna, por donde se conoce que el aire le es muy grato». Obviamente, esto es erróneo, pues ellos consumen material vegetal; en el caso de nuestras especies, se sabe que B. variegatus se alimenta de brotes tiernos, hojas y ramas tiernas, mientras que C. hoffmanni también come flores y frutos. Eso sí, ambos tienen un metabolismo muy lento, por lo que tardan mucho tiempo digiriendo sus alimentos; curiosamente, orinan y defecan apenas una vez por semana, para lo cual sí descienden de los árboles.

En síntesis, aunque Fernández de Oviedo le dedicó tan amplio espacio en su libro Sumario de la natural historia de las Indias —aparecido en 1526—, subsiste la duda de por qué a los perezosos les decían pericos, si no son aves.

No obstante, tuve la fortuna de hallar la respuesta a esta pregunta gracias a una acotación del naturalista alemán Alexander von Frantzius. En efecto, en su catálogo Los mamíferos de Costa Rica, indica que el nombre perico ligero muy posiblemente se deriva de perrillo ligero, asignado por los conquistadores españoles. Además, según nos lo narrara en una oportunidad el Dr. Rafael Lucas Rodríguez, nuestro profesor de Evolución Orgánica, al parecer se le llamó perrico al inicio, por su supuesta similitud con un perro, término que después mutó a perico. Lo que sí llama la atención es por qué Fernández de Oviedo no escribió perrico en vez de perico.

Al respecto, un dato interesante aparece en el libro Histoire naturelle des Indes —supuestamente resultante del recorrido del corsario y explorador inglés Sir Francis Drake por América, a fines del siglo XVI—, que contiene dibujos algo primitivistas, acompañados por textos muy breves. En efecto, uno de ellos dice así: «Periqite legere. La naturaleza de este animal es escalar con su vientre hacia arriba y, al hacerlo de esta manera, se mueve más rápido de lo que un hombre podría hacerlo a pie. La piel de este animal es excelente para quienes padecen de epilepsias, para lo cual se cubre con ella la cabeza del enfermo, y funciona con eficacia». Aparte de su pobre calidad, la imagen es errónea, pues el animal mostrado parece más bien un felino, incluso con rabo largo, cuando los perezosos lo que tienen es apenas un muñón. Nótese, eso sí, que Drake utiliza el término perico ligero, pero en un idioma parecido al italiano, pero que no lo es.

Además de esta referencia, se cuenta con otra casi tan antigua, del fraile André de Thevet, quien como explorador y cronista a mediados del siglo XVI recorrió Brasil, donde se intentó establecer un asentamiento francés. En un pasaje de su obra Particularidades de la Francia antártica, publicada en 1558, incluye un dibujo y se refiere al perezoso como “una bestia bastante extraña llamada haüt”, término aborigen derivado de amahut, que es un árbol del que se alimenta. Al revisar una obra de flora brasileña, pude hallar que corresponde a nuestros guarumos, cuyos brotes y hojas son muy apetecidos por ellos; en América hay unas 60 especies, también llamadas yarumos o yagrumos, y en Costa Rica siete, según el amigo botánico Quírico Jiménez. En la actualidad, en portugués al perezoso se le llama “preguiça”, equivalente a pereza o perezosa.

En el siguiente párrafo —proveniente del capítulo 52, y que gentilmente me tradujera y resumiera mi colega y amiga María Luisa Fournier—, Thevet detalla que esta criatura “es rara y singular”. Describe que, cuando emite sonidos, su cara parece la de un niño afligido por un dolor, que su pelaje es ceniciento y velloso, como el de un pequeño oso, y que posee tres uñas en cada pata, con las cuales trepa a los árboles, donde permanece la mayor parte del tiempo. Aunque acota que nadie la ha visto comer, ni siquiera los nativos que la conocen bien, después aclara que consumen las hojas del ya citado amahut, que es un árbol alto. Finalmente, indica que su rabo es casi desnudo y de tres dedos de largo, lo que es exagerado. En cuanto a la imagen que ilustra el libro, hay un perezoso subido a un árbol y otro erguido sobre el suelo —imposible, por no tener pies, sino garras— y en ambos el rostro es antropomórfico, con rasgos claramente humanos. La verdad es que esa ilustración parece más la representación de una figura mitológica que la de un animal real.

En todo caso, nótese que, quizás por su exoticidad, ante los perplejos ojos europeos de Fernández de Oviedo, Drake y Thevet, los perezosos resultaban seres inefables, es decir, huidizos o reacios a una descripción fehaciente de su aspecto o su comportamiento.

Ahora bien, para concluir con estas interesantes referencias históricas, hay un hecho que conviene rescatar y resaltar, y que tiene una fuerte relación con nuestro país.

En efecto, hasta mediados del siglo XIX, ya se habían descrito cuatro de las seis especies de perezosos existentes hasta hoy. Tan temprano como 1758, el célebre taxónomo sueco Carlos Linneo, había descrito como nuevas especies a Choloepus didactylus y Bradypus tridactylus, ambas suramericanas, al igual que lo hicieran el alemán Johann Karl Wilhelm Illiger en 1811 para Bradypus torquatus y el suizo Heinrich Rudolf Schinz en 1825 para Bradypus variegatus, esta última presente en Costa Rica.

Sin embargo, había una especie que permanecía desconocida para la ciencia y esa honra le correspondería al médico y naturalista alemán Karl Hoffmann, llegado a Costa Rica a inicios de 1854. En realidad, debido a que debía ejercer como médico para la manutención de él y su esposa, tenía poco tiempo para efectuar giras a sitios distantes, y pudo realizar apenas dos, una al volcán Irazú y otra al Barva. No obstante, hizo numerosas exploraciones por lugares cercanos a San José, y en una o varias de sus giras pudo recolectar tres ejemplares de una especie de perezoso, de los cuales envió su piel, cráneo y otros huesos al experto Wilhelm Peters, en el Museo Real de Zoología de Berlín, para que se los identificara.

¡Cuál no iba a ser su sorpresa cuando Peters le informó que se trataba de una nueva especie para la ciencia! En efecto, a mediados de 1858 y en apenas tres renglones, escritos en latín —como era la norma en esta materia—, en la revista de la Academia Real Prusiana de Ciencias, Peters consignó las características morfológicas del animal, al incluir información sobre la longitud del pelo, el color de las garras, la forma del cráneo y del rostro, así como de las medidas anatómicas de varias partes de las extremidades (antebrazo, palmas de las manos, planta del pie y dedos). Pero, además, decidió bautizarla Choloepus hoffmanni, como homenaje a su compatriota.

Aparte del valor científico de descubrir y describir una nueva especie, este hecho tuvo un significado especial para Hoffmann, pues en esos días estaba muy enfermo. Él había fungido como el médico principal de nuestras tropas en la primera etapa de la Campaña Nacional contra los filibusteros liderados por el nefasto William Walker, y después debió enfrentarse a la epidemia del cólera morbus, tras lo cual fue víctima de una enfermedad degenerativa, que incluso le impedía escribir. Por eso, en medio de su postración, en octubre de 1858 sacó fuerzas para comunicarle a Peters —en una carta que dictó a su esposa Emilia—, cuán halagado se sentía de que esa especie de perezoso portara su apellido. En realidad, Peters no lo sabía, pero él intuía que le quedaba poco tiempo de vida. Fallecería unos seis meses después, el 11 de mayo de 1859.

En tal sentido —y sin habérselo propuesto quienes lo aprobaron—, el hecho de elegir hoy nuestras dos especies de perezosos como símbolo nacional, es también un tributo a la memoria de este extraordinario científico y ser humano, que salvó incontables vidas e hizo de Costa Rica su segunda patria, al punto de que sus restos reposan en nuestro suelo.

Resulta importante destacar que, con la ley recién aprobada se pretende contribuir a la conservación de ambas especies, al evitar su frecuente atropello en carreteras y su venta como mascotas, así como al proteger sus hábitats naturales.

En este último sentido, para hacerlo es indispensable conocer aspectos clave de su biología, ecología y comportamiento, en lo cual, por fortuna, se ha avanzado bastante en el país, gracias especialmente a estudios emprendidos por el Instituto en Conservación y Manejo de Vida Silvestre (ICOMVIS) y la Escuela Veterinaria, ambos de la Universidad Nacional (UNA), en colaboración con la Universidad de Wisconsin y el Museo Público de Milwaukee. En ello ha sido clave Christopher Vaughan, residente por unos 50 años en Costa Rica y hoy jubilado, amigo y colega con quien trabajé en la UNA hace muchos años, en el programa de maestría en Manejo de Vida Silvestre. El producto de tan fecunda colaboración internacional consta en varios artículos, publicados en revistas científicas internacionales de alto nivel.

La verdad es que yo desconocía esos esfuerzos, hasta que en junio de 2015 realicé una gira al Caribe con la colega Gabriela Soto, como parte de un curso de la maestría en Agricultura Ecológica, también de la UNA. Además de visitar plantaciones de banano en Sarapiquí y otros lugares, ella había planeado pernoctar con nuestros estudiantes en la finca FINMAC de Costa Rica, en Pueblo Nuevo de Guácimo, propiedad del holandés Hugo Hermelink. Fue ahí donde conocí al lugareño —en realidad, puriscaleño— Geovanny Herrera Valverde, un entusiasta y comprometido defensor de los perezosos, así como gran conocedor de ellos, pues había sido ayudante de los estudiantes de postgrado del convenio UNA-Wisconsin. En realidad, ya era un experto en radio-telemetría, técnica mediante la cual, al colocarle un transmisor (radio-collar) a cada individuo, con una antena se pueden monitorear sus movimientos con gran precisión.

En ese predio, de 260 hectáreas, el señor Hermelink había sembrado 120 hectáreas con cacao orgánico, asociado con árboles de laurel (Cordia alliodora), leucaena (Leucaena leucocephala) y cedro amargo (Cedrela odorata). De esta manera, los individuos de las dos especies de perezosos que conviven en la zona no resultaban expuestos a plaguicidas, por lo que se desplazaban entre las áreas boscosas y los cacaotales sin riesgo de resultar afectados por productos tóxicos. ¡Un ejemplo inequívoco de la conciliación entre la producción agrícola y la conservación ambiental! Es decir, de cómo un sistema agroforestal puede contribuir a la conservación de la fauna silvestre, además del suelo y el agua.

Aunque la citada finca ya no pertenece al señor Hermelink ni es un predio cacaotero, esa experiencia de carácter comercial, a la vez que científica, nos viene a demostrar que a estos inofensivos y nobles mamíferos se les puede proteger no solo al preservar sus hábitats prístinos y evitar u comercio como mascotas y su muerte en las carreteras, sino que también al desarrollar e implementar sistemas agrícolas que sean compatibles con la protección del ambiente.

En fin, es tiempo de felicitarnos todos por contar con este nuevo emblema nacional, que con su bonancible imagen —plenamente congruente con sus hábitos— transmite amabilidad y paz. Sin embargo, esta es también una oportunidad para crear conciencia acerca de la urgencia de asumir con responsabilidad y seriedad, más allá de la retórica o la burocracia de algunos entes, el compromiso con su conservación, así como el de toda criatura silvestre, ya sea animal o vegetal, que nos acompaña en la maravillosa aventura de la vida.


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