Luko Hilje: Costa Rica en el centenario de su independencia

Una radiografía fehaciente del país que éramos

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Luko Hilje Quirós. 

No, apreciado lector, no crea que me equivoqué en el título de este artículo, este año en que el gobierno, los medios de comunicación y el común de la gente aluden constantemente al bicentenario de la independencia de los países centroamericanos, ocurrida el 15 de setiembre de 1821. No. En realidad, mientras efectuaba pesquisas para dos libros en los que estoy trabajando, e indagaba acerca de la llegada al país del famoso poeta peruano José Santos Chocano —autor del Himno al Árbol, escrito en San José—, así como del ornitólogo estadounidense Austin P. Smith, me topé con un interesante y valioso artículo intitulado Costa Rica en el centenario, el cual apareció en el Diario de Costa Rica el propio 15 de setiembre de 1921.

Por su valor histórico, me parece oportuno compartirlo hoy, a cien años de distancia. Se trata de un corte en el tiempo, de una especie de radiografía, imagen instantánea o retrato de cómo era nuestro país hace exactamente un siglo, cuando ya había transcurrido la primera centuria de su independencia, y ni siquiera habíamos llegado al medio millón de habitantes.

Por fortuna, de manera complementaria, para formarse una idea cabal de una parte de la vida cotidiana de entonces, contamos con un álbum de 200 excelentes imágenes, intitulado Costa Rica, América Central, 1922, del célebre fotógrafo Manuel Gómez Miralles. Esta obra fue publicada en conmemoración del centenario de la independencia. En 2002 fue reeditada por la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED) y ahora es de acceso universal y gratuito, mediante la internet.

En dicho testimonio pictórico se puede captar que éramos un país con ciudades de bellos edificios y con pocas calles pavimentadas pero apacibles, donde se podían tomar fotos sin tener que capearse a un gentío, como ocurre hoy. El aire era puro, pues no había industrias contaminantes, y los automóviles que circulaban por nuestros caminos urbanos y suburbanos eran los famosos fotingos —inicialmente el Ford-T, y después otros modelos—, los cuales coexistían con las volantas para el transporte de personas; con una que otra carreta remolcada por bueyes; con carretones que, tirados por caballos, funcionaban en el reparto de algunos alimentos y el trasiego de objetos pesados; y con caballos que, aperados con grandes tarros metálicos, llevaban la leche del día a los hogares. En cuanto a otros vehículos de locomoción, se contaba con los trenes al Caribe y al Pacífico, más el tranvía, eléctricos los dos últimos, pues el primero era de vapor.

De ese contexto geográfico y humano, el documento periodístico mencionado previamente revelaba lo siguiente:

Forman la República siete provincias, divididas en 56 cantones, con una extensión de 54.000 [en realidad, 51.085] kilómetros cuadrados y 469.133 habitantes.

He aquí algunos datos curiosos:

    • Líneas ferrocarrileras: 807 kilómetros.
    • Líneas telegráficas nacionales: 2948 kilómetros.
    • Líneas telegráficas particulares: 196 kilómetros.
    • Líneas telefónicas nacionales: 557 kilómetros.
    • Líneas telefónicas particulares: 3346 kilómetros.
    • Aparatos telefónicos nacionales: 225 kilómetros.
    • Aparatos telefónicos particulares: 1491 kilómetros.
    • Fuerzas hidráulicas del país: 3.000.000 de caballos.
    • Oficinas postales: 301.
    • Importaciones por paquete postal (1920): 4.153.699 colones
    • Exportaciones por paquete postal (1920): 161.303 colones
    • Las instituciones de beneficencia (hospitales, casas de huérfanos, sociedades filantrópicas) suman 43.
    • Vida escolar. El personal docente lo componen 1332 maestros. El número de escuelas llega a 398. La matrícula es de 37.049 niños.
    • Hay 57 escuelas de primer orden, 39 de segundo y 302 de tercero; además, 25 privadas.

Deben sumarse ocho colegios de segunda enseñanza, una escuela de Derecho, de Farmacia, de Bellas Artes, de Obstetricia y de Enfermeras, y cuatro escuelas nocturnas, de adultos, de Cocina y Costura.

Bibliotecas. En San José debe citarse la Nacional, la del Liceo de Costa Rica, Colegio de Señoritas, Escuela de Derecho, Facultad de Ingeniería, de Medicina, la del Palacio Metropolitano y varias particulares, entre ellas: las del Lic. don Cleto González Víquez, Lic. don Máximo Fernández, Lic. Luis Anderson, Profesor Joaquín García Monge, y la del Lic. don Alberto Brenes Córdoba.

Hay, además, bibliotecas públicas en Alajuela, San Ramón, la Municipal de Cartago, Velador [Valedor] Martínez de Nicoya, Escuela Normal de Heredia, una en formación en Limón, la del Centro de Amigos de Puntarenas y 56 escolares.

Esa era la Costa Rica recién resurgida de la prolongada y ruin pesadilla política y social provocada por los traidores y tiránicos hermanos Federico y Joaquín Tinoco Granados, que habían zaherido el civilismo impulsado y consolidado por patricios como Juan Mora Fernández, Braulio Carrillo Colina, José María Castro Madriz, Juan Rafael Mora Porras y Jesús Jiménez Zamora. Vale decir, una patria liberada apenas un año antes de tan oprobiosa tiranía, gracias a valientes movimientos estudiantiles y populares, en los que emergió como gran líder el ramonense Julio Acosta García.

Sin embargo, cuando —electo presidente— Acosta trataba de orientar el país por rumbos esperanza y bienestar, y la nación se aprestaba a celebrar el centenario de su independencia, la situación se complicó mucho.

En primer lugar, ya en febrero de 1920 —durante el interinazgo de Francisco Aguilar Barquero— había llegado a Puerto Limón el virus de la mal llamada influenza o gripe española, el cual se diseminó con celeridad y de manera aterradora por el territorio nacional, al punto de que la epidemia alcanzó el clímax en marzo. Según la amiga historiadora Ana María Botey, solo en ese mes murieron 1200 de las 2298 personas que fallecieron durante la epidemia; cabe acotar que, como pandemia, desde 1918 segó más de 40 millones de vidas en el planeta. Aunque es cierto que Acosta no asumió el poder sino en mayo de 1920, le correspondió hacerle frente al trauma social y económico derivado de esa tragedia sanitaria y humana, la segunda en nuestra historia después de la epidemia del cólera en 1856.

Posteriormente, en febrero de 1921, Acosta debió enfrentarse al gobierno de Panamá en la Guerra de Coto, ocurrida por un conflicto limítrofe asociado con la disputa del territorio de Coto inicialmente, y después con el de Bocas del Toro. Aunque dicha guerra duró apenas dos semanas, debido a la intervención de EE.UU. con dos buques artillados, para así proteger los intereses de la empresa bananera United Fruit Company —¡cuyos vastos dominios ignoraban toda frontera!—, costó 32 vidas de costarricenses y causó la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países vecinos, las cuales no se restablecerían sino hasta 1928.

En fin, esa fue la Costa Rica que Chocano —en su segunda visita, pues ya había estado aquí 20 años antes— presenció y en la que se sumergió, al igual que numerosos visitantes, entre los que sobresalió el líder jamaiquino Marcus Garvey, quien, con el panafricanismo como bandera, aspiraba a repatriar a África a todos los negros del mundo, para lo cual fundó la flota naviera Black Star Line.

Asimismo, esa era la Costa Rica que apenas unos tres años después acogería bajo su cálido alero a un errabundo croata, mi padre Pasko. Por azares del destino recaló aquí, donde fundó estirpe con la joven naranjeña Carmen Quirós Rodríguez, y a sus once hijos nos dieron los dones de la vida y la existencia, así como —por lo ejemplar que ha sido nuestra patria en numerosos sentidos— la fortuna y el orgullo de ser costarricenses.

Por eso hoy, al celebrar el bicentenario de nuestra independencia y evocar a mi padre, no puedo dejar de agradecer a esta patria, diminuta en tamaño, pero inmensa en su generosidad y su espíritu hospitalario, que le abrió sus puertas para que, a su manera —como notable albañil que fue—, él también se convirtiera en hijo suyo y contribuyera a engrandecerla.

 

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