Luko Hilje: El escritor Mediz Bolio y Costa Rica

Sin embargo, siendo él quien fue, como costarricense le agradeceré siempre el afecto que sintió y manifestó por esta tierra nuestra y por su gente.

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Luko Hilje Quirós. 

Hace casi 15 años redescubrí al alemán Karl Hoffmann. Y digo redescubrir porque, aunque conocía algunos de sus aportes como estudioso de nuestras flora, fauna y volcanes, ignoraba que hubiera fungido como Cirujano Mayor del Ejército Expedicionario en la guerra libertaria contra el ejército filibustero comandado por el esclavista William Walker.

Al investigar acerca de su vida, su obra y los homenajes tributados después de su muerte, hallé que en 1929, 70 años después de fallecido en Esparza, Puntarenas, sus restos fueron exhumados y transferidos al Cementerio General, en la capital. Y fue así como, en la mañana del 29 de abril, la cureña militar que transportaba un pequeño féretro con los restos de Hoffmann y su esposa Emilia, avanzó por la capital, seguida por una inmensa multitud de ciudadanos, que tributaban un muy merecido homenaje póstumo a ese héroe nacional, que tantas vidas salvara de la pólvora o del cólera morbus.

Al día siguiente, en una amplia nota periodística del Diario de Costa Rica (No. 2954, p. 1 y 4), se detallaba que “en primer término desfilaron los estudiantes del Liceo de Costa Rica y del Instituto de Alajuela debidamente uniformados; a continuación las compañías de policías; enseguida la cureña de cañón conduciendo la caja con los restos del inolvidable amigo de este país, el Estado Mayor del Ejército, el Jefe de Estado y su Gabinete, señor Ministro de México, don Antonio Mediz Bolio, señor Encargado de Negocios del Perú don Alberto Franco Guerra, señor Cónsul General de Alemania don Herman Ahrens, miembros de la colonia alemana, cuerpos de infantería y de artillería, y público en general. El desfile resultó imponente. Varios centenares de personas presenciaban el paso de las tropas que marchaban a los acordes del Duelo de la Patria”.

Por el afecto que he sentido por México desde mi infancia, indagué sobre Mediz Bolio en internet, y me percaté de que —fiel a la tradición de este y otros países latinoamericanos—, a veces se nombraba en misión diplomática no a politiqueros, oportunistas o arribistas, sino a escritores y artistas de alta valía, por todo lo que podían proyectar en beneficio de sus países. Dejé guardado su nombre en mi mente, sin imaginar que tres años después me lo encontraría, y en su propia tierra.

En efecto, invitado a dictar varias conferencias en la Universidad Autónoma de Yucatán, así como visitar predios campesinos e indígenas, por las noches pude deleitarme hurgando en algunas librerías de la bellísima Mérida. Para mi sorpresa, de súbito me topé con un libro intitulado La tierra del faisán y del venado, cuyo autor era nada menos que Mediz Bolio. Al llegar al hotel empecé a ojearlo, más tarde a hojearlo, y después a degustarlo y devorarlo. En un artículo que escribí posteriormente, intitulado En las tierras del Mayab (Nuestro País, 13-X-08), dije de él: “Libro conmovedor, entre sus renglones se esconden las claves para, más que entenderlo, abrir el alma y los sentidos a las palpitaciones de estos territorios místicos y profundos del Mayab”.

Ahora bien, en estos días estoy terminando de preparar una antología de textos literarios relacionados con las maravillas de la naturaleza, y la imperiosa necesidad de conservarlos, para la propia supervivencia de la humanidad. Por tanto, pensé que no podía omitir a Mediz Bolio, y elegí tres de sus relatos. Pero, como debía solicitar la autorización para incluirlos en mi antología, contacté a la Editorial Dante, que publicó su libro. Hecho esto, con gran gentileza me pusieron en contacto con doña Josefina Peón Mediz Bolio, nieta de él y titular de sus derechos.

Quedé a la espera, pero esta tarde, para mi felicidad —porque con algunos autores y editoriales la labor no ha sido sencilla—, recibí la esperada autorización de parte de su bisnieto Francisco Solís Peón, reafirmada con estas certeras y cálidas palabras: “El compromiso familiar siempre ha sido con la cultura, sobre todo si se infunde el amor a la Tierra y su magia natural a través de la literatura”.

Pero, además, compartió conmigo un artículo intitulado Mediz Bolio en Costa Rica, que publicó ayer 13 de setiembre en La Revista Peninsular, un medio digital yucateco. Asimismo, me envió una invitación virtual para un recital literario musical organizado por el gobierno del estado de Yucatán, correspondiente al acto anual conmemorativo de su fallecimiento. Él partió el 15 de setiembre de 1957, a un mes de alcanzar los 73 años.

Por su valor, solicité a Francisco su autorización para transcribir dicho artículo, el cual dice así:

“Desde siempre, estas fechas representan mucho para quien esto escribe. Podría pensarse que es por los días patrios, pero no necesariamente. Más allá de patrioterismo del grito y todo lo que conlleva, los yucatecos en general tenemos bastante más que festejar durante septiembre; de entrada, los homenajes a dos grandes escritores, como Antonio Mediz Bolio y Ermilo Abreu Gómez. Y si de independentismos se trata, no está demás recordar que la península (el verdadero Yucatán, como lo llamaba Mediz Bolio) fue la única provincia en anexarse a la república mexicana sin disparar un solo tiro, en un acto sin precedentes en el continente; posteriormente lo haría Chiapas, pero en un contexto distinto.

Por mi parentesco con Don Antonio (soy su bisnieto), Costa Rica siempre estuvo presente en su entorno. Consideraba que la llamada “Suiza de América” debía ser nuestro ejemplo como modelo de organización política y desarrollo social.

Si Borges viviese, hubiera encontrado en internet su anhelado Aleph. Así hallé este fragmento de una bella semblanza escrita por el Jefe de la Cancillería Mexicana en aquel país; inexplicablemente se omite su nombre, pero les comparto lo fundamental:

“En su carrera como diplomático, Antonio Mediz Bolio pasó de España a Colombia, Argentina y Suecia, hasta llegar a Costa Rica en 1925, para ocupar la titularidad de la Legación mexicana y para representar a su país ante el gobierno de Nicaragua desde la capital costarricense.

En San José, Mediz se integró con rapidez al ambiente cultural, a la vez que cumplió con su trabajo de reforzar los lazos de amistad existentes entre los dos países. Así lo demuestra el hecho de haber conseguido que el Congreso de Costa Rica aprobase la donación de un terreno para que en él se construyera la sede de la representación diplomática mexicana.

Uno de sus principales interlocutores costarricenses fue don Joaquín García Monge. Con su generosidad característica, este prócer de las letras hispanoamericanas decidió patrocinar, bajo el sello Repertorio Americano, la edición de un importante trabajo de Mediz Bolio: la primera traducción completa del libro El Chilam Balam de Chumayel, compilación de libros sagrados mayas que habían pasado de generación a generación entre sus comunidades desde el siglo XVI.

Esa traducción, por su calidad y verosimilitud, se considera todavía hoy la mejor, hasta el grado que constituye la base de las ediciones contemporáneas, como la realizada por Mercedes de la Garza. Ella sostiene que Mediz Bolio “buscó hacer una traducción clara” a pesar de que a veces prefiere “la belleza de la expresión a la significación literal, de lo que resulta una versión poética profundamente emotiva”.

El trabajo de Mediz Bolio fue bien reconocido aquí y allá. Como dice Guadalupe Rodríguez de Ita, la política mexicana pasó por momentos convulsos, pero los sucesivos gobiernos ratificaron a Mediz como su representante en Costa Rica y Nicaragua hasta 1932.

Ya en suelo mexicano, el escritor continuó una fructífera carrera literaria, periodística, cultural y política; publicó varios libros más, ingresó en la Academia Mexicana de Lengua, compuso letras de canciones populares, escribió guiones para películas mexicanas, como La noche de los mayas, y colaboró en diversos medios periodísticos.

Sus biógrafos resaltan la huella dejada por Mediz Bolio en todos los lugares en los que estuvo; en Costa Rica queda constancia física, es cierto, con la sede de la Embajada mexicana, pero es igualmente cierto que sus vínculos con los círculos intelectuales y su labor cultural lo ubican como un verdadero embajador del arte y la cultura”.

Como se puede reconocer en el texto “En medio del camino”, Costa Rica marcó su alma, pero sobre todo su corazón. Este último tema es en sí mismo un excelente material para una novela romántica. Otro día les contamos…”.

Para concluir, según se capta en el artículo de Francisco, así como en el texto que él transcribe, que fue escrito por Pedro González Olvera —según me lo confirmó Víctor Hurtado Oviedo, exdirector del suplemento Áncora, del diario La Nación, que fue donde apareció—, aún queda mucho por esculcar en la prensa nuestra de entonces, así como en el Archivo Nacional y en documentos diplomáticos de la época, para evidenciar de mejor manera la impronta de este gran escritor y humanista yucateco, mexicano y latinoamericano en relación con nuestro país.

Sin embargo, siendo él quien fue, como costarricense le agradeceré siempre el afecto que sintió y manifestó por esta tierra nuestra y por su gente.

En El.Pais.CR

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