Luko Hilje: En el centenario del Dr. Alfonso Trejos Willis

Los años transcurrieron, el pequeño Alfonso creció —y bastante, pues resultó bien grandulón—, y un día don Paco lo llevó al laboratorio de Clorito, cuando era apenas un adolescente.

Luko Hilje Quirós, Entomólogo agrícola y forestal.

El 3 de noviembre de 1921, año en que se conmemoró el centenario de la independencia de Costa Rica, el hogar de José Francisco (Paco) Trejos Quirós y Grace Willis Ross —costarricense, hija de Charles F. Willis Cole y María Ross Hazera—, se regocijó con la venida al mundo de Alfonso, su primogénito. Seis años después sería sucedido por su único hermano, José (Pepe), quien se convertiría en un destacado actor teatral y dramaturgo. Por cierto, era primo hermano del matemático y economista José Joaquín Trejos Fernández, presidente de la República entre 1966 y 1970, así como primo segundo del químico Gabriel Macaya Trejos, dos veces rector de la Universidad de Costa Rica; cabe acotar que no tenía una relación familiar directa con el prestigioso y recordado entomólogo Álvaro Wille Trejos, con quien a veces se le confunde.

Para la época en él que nació, el eminente científico e investigador Clodomiro (Clorito) Picado Twight, graduado en Francia en 1913 y con 34 años de edad, se mantenía muy activo. Avanzaba silencioso, pero a paso firme, en sus pesquisas en el Laboratorio Clínico del Hospital San Juan de Dios, impartía lecciones de ciencias naturales en el Liceo de Costa Rica —antes lo había hecho en Colegio Superior de Señoritas— y, desde el año anterior, empezaba a expresar sus opiniones, casi siempre polémicas, por la prensa.

Clorito Picado, en 1915

Ignoro cuándo fue que Clorito y don Paco Trejos entablaron amistad, pero lo cierto es que era esperable que eso ocurriera en cualquier momento, dado que éste era un destacado intelectual, quien desde 1919 dirigía la célebre Revista de Costa Rica, producto de su mente y sus empeños.

Los años transcurrieron, el pequeño Alfonso creció —y bastante, pues resultó bien grandulón—, y un día don Paco lo llevó al laboratorio de Clorito, cuando era apenas un adolescente. De esta historia, que don Alfonso me narrara alguna vez, dejé constancia en los artículos Dos anécdotas sobre Clorito (Semanario Universidad, 9-VIII-02) y Trejos Willis, a 20 marzos de ausencia (Informa-tico, 31-III-08). En efecto, durante las vacaciones colegiales, era usual que don Paco le buscara trabajo como ayudante de contabilidad en alguna empresa, pero un año se propuso hacer algo diferente, tal vez porque visualizaba que su hijo podría convertirse en científico, para lo cual Clorito podría estimularlo y orientarlo. Fue por ello que —a través de un amigo común—, le consiguió empleo en el laboratorio del sabio, sin esperar remuneración alguna.

No obstante, antes es importante indicar que —según lo documentó su colega José Miguel Esquivel Chinchilla—, en 1937, y siendo aún un liceísta, la prensa informó que el joven Trejos Willis, quien también tenía un microscopio, pudo tomar “la primera fotografía de un eclipse solar en Costa Rica, con un telescopio y equipo fotográfico rudimentarios”. Es decir, era clara la vocación científica del muchacho, y la expresaba muy precozmente.

Para retornar al encuentro con Clorito, una mañana de lunes, muy temprano, se apersonaron don Paco y su hijo al Hospital San Juan de Dios. Como Clorito no había llegado aún y don Paco tenía otro compromiso, le explicó a su hijo lo que tenía que decirle. Cuando éste arribó, el muchacho se presentó, le dijo su nombre y la razón por la que estaba ahí. Pensaba que, como todo estaba pactado a través del amigo de su padre, lo acogería de inmediato, pero la reacción de Clorito fue apabullante: “¿Sabe qué, Trejos? A mí, hasta para regalarme mil pesos, primero tienen que preguntarme si los quiero”. Sin embargo, quizás al conocer de quién era hijo, así como percibir que era un joven educado, formal e inteligente, le dio la oportunidad. Fue una decisión tan afortunada que, a partir de entonces, le permitió a Trejos interactuar para siempre con el sabio, hasta que lo transformaría en su principal discípulo. La mayor evidencia de su productiva relación científica fue que, con apenas 21 años de edad él, en 1942 publicaban juntos el libro Biología hematológica elemental comparada.

Aunque ya conocido, narro esto de nuevo tan solo para reafirmar y contextualizar lo clave que fue ese primer encuentro entre un científico en ciernes y uno consagrado, no solo en el campo de nuestra salud pública, sino que también en otras dimensiones, no menos importantes. Porque, aunque para estas cosas se necesita carácter propio —que solo lo confiere la genética—, el joven Trejos muy posiblemente también se inspiró en la forma como Clorito asumió su condición de científico y ciudadano para, con los años, emprender importantes causas cívicas y patrióticas, en las que se expresaron de manera infalible su pulso firme y su voz tonante.

Por ello, en un artículo sobre él expresé lo siguiente, como una característica invariable de su vida: “De la misma estirpe de Clorito, al brillo científico sumó la costumbre de escribir artículos de opinión en la prensa, combatiendo de manera frontal y con nombres y apellidos a los corruptos, desvergonzados y entreguistas, lo cual costó a ambos invectivas, escarnios y amenazas. Pero nunca se ablandaron, y fueron sus adversarios quienes siempre terminaron eclipsados y empequeñecidos ante tanta grandeza. ¡Qué de recias lecciones hay en esos artículos, brotados de su esclarecida mente y su valiente y elegante pluma! ¡Cuánto las necesita esta patria en tiempos de tanta truculencia, caretas, indolencia, pusilanimidad, corrupción moral y material, así como de rampante entreguismo!”.

No obstante, a pesar de tan determinantes influencias de su maestro —cuyas Obras completas editó, en siete volúmenes—, lo cierto es que don Alfonso eligió y construyó un camino particular y peculiar, rico en planteamientos y realizaciones. Eso sí, siempre estuvo centrado en el bienestar de las mayorías.

Fue justamente en una iniciativa de este tipo cuando se cruzaron nuestros caminos. Eso ocurrió en 1983, cuando él fungía como director del Programa Centroamericano de Ciencias de la Salud, de la Confederación Universitaria Centroamericana (CSUCA), cuya sede estaba en el barrio Los Yoses. Don Alfonso impulsaba, junto con otros profesionales del CSUCA, como el Dr. Roberto Chediack y el Ing. Roberto Oliva, la creación de una organización que, tras un extenso período de gestación, culminó en la fundación de la Asociación para la Defensa de la Calidad de Vida (ASDECAVI), de la cual fui su primer presidente.

Empezamos a captar adhesiones, de personas de varios estratos sociales, profesiones y oficios. Sin embargo, como avizorábamos que vendrían luchas frontales contra intereses muy poderosos, era imprescindible blindarnos bien y, lamentablemente, esto nos hizo empantanarnos y ahogarnos en formalismos legales, lo cual fue provocando inacción y parálisis, hasta que tan importante proyecto cívico abortó. En medio de todo esto, y con gran entusiasmo, logramos publicar la revista Ciencia y pueblo, que don Alfonso prohijó y en la que tenía tanta fe, como instrumento para poner la ciencia al servicio de la ciudadanía; tristemente, pudo aparecer tan solo un número.

Carátula de la revista Ciencia y pueblo

En realidad, esa fue apenas una de las múltiples facetas en las que este hombre plural, que se prodigó en relación con sus semejantes, pero en todas supo dejar una indeleble impronta.

De tan amplios y profundos que fueron, quizás nunca terminaremos de valorar y aquilatar sus incontables aportes. Yo lo intenté, de manera apenas esbozada, en artículos como Carta póstuma a don Alfonso Trejos (Semanario Universidad, 8-IV-88), Para recordar al Dr. Alfonso Trejos (Esta Semana, 21-IV-89), El legado de Trejos Willis (Semanario Universidad, 13-V-04) y el ya citado Trejos Willis, a 20 marzos de ausencia. No obstante, hay personas que lo conocieron mucho mejor que yo, y desde diferentes ángulos y perspectivas nos han legado esclarecedores análisis para comprender mejor su vida y su obra. De hecho, amigos como José María Gutiérrez Gutiérrez, Manuel Formoso Herrera (†), Edgar Roy Ramírez Briceño, Daniel Camacho Monge y Adriana Laclé Murray, aportaron sus visiones particulares acerca de este entrañable amigo y proverbial mentor. Eso ocurrió en un “dossier” que coordiné en 1989 —para rememorar el primer aniversario de su partida— en el extinto periódico Esta Semana.

Sin embargo, por fortuna, la vida y el destino nos han convocado de nuevo hoy, 32 años después, esta vez para conmemorar el centenario de su natalicio, y es por eso que aquí estamos, gracias a la gentileza del amigo Eugenio Herrera Balharry, quien nos ha abierto las puertas del prestigioso medio digital La Revista. Así es. Aparecemos en estas páginas algunos reincidentes, como José María Gutiérrez, Daniel Camacho y yo, y ahora se nos suman Sofía Segura Cano y José Miguel Esquivel Chinchilla, con nuevas valoraciones o con la reafirmación de la pertinencia y la perdurabilidad del fecundo legado científico y cívico de don Alfonso.

Para concluir esta presentación, ojalá que, además del significado de este homenaje per se, el presente “dossier” sirva como acicate para que algún microbiólogo —que pueda analizar a fondo y en detalle su obra científica—, junto con un historiador, acometan la labor, que hemos propuesto en artículos previos, de rescatar, compilar y publicar su prolífica obra, al igual que lo hiciera él con la de su mentor, Clorito.

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