Luko Hilje: Naranjo, en un antiguo mapa

En el año del Bicentenario de la Independencia, dedico este artículo a la memoria de los corajudos hombres y mujeres que a lo largo de la historia han forjado mi cantón natal.

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Luko Hilje Quirós. 

La cabecera de Naranjo, cantón de la provincia de Alajuela, se asienta hoy en un sector otrora denominado El Repasto, pero el pueblo original surgió en un predio agreste donde hoy está Candelaria, que también se llamó Bajo Corrales. No obstante, en cierto momento debió trasladarse, pues las tierras eran algo pantanosas, inconvenientes para la agricultura y la salud de sus pobladores. Así lo indica y lo documenta mi coterráneo José Luis Torres Rodríguez, autor del libro Naranjo y su historia (1835-2004), el cual no debería faltar en ningún hogar naranjeño.

Los primeros colonizadores de la región de Naranjo fueron los hermanos Juan y Manuel Mora Fernández, pero no se establecieron ahí de manera continua o permanente. Eran josefinos de alta posición económica y social, así como de gran influencia política. De hecho, Juan fue nuestro primer Jefe de Estado (1825-1833), en tanto que Manuel fue de los hombres más ricos de la época; además, en abril de 1860, no obstante ser mucho mayor que su medio primo Juan Rafael (Juanito) Mora Porras, cuando éste fue derrocado y enviado al exilio, aceptó participar en un fallido movimiento denominado la «rebelión de La Soledad», para encabezar un gobierno provisional en representación del morismo. Cabe acotar que otro de sus hermanos, Joaquín, fue el descubridor de la desembocadura del río Sarapiquí en el San Juan, hoy denominada La Trinidad.

En su libro, Torres explica que, llegados los hermanos Mora a Naranjo en 1830, tres años después serían sucedidos por Judas Tadeo Corrales Sáenz, quien arribó de San Juan del Murciélago —hoy Tibás— a los 65 años de edad, acompañado por su concuño Juan de Dios Matamoros Fernández; estaban casados con las hermanas Candelaria y María Josefa Barrantes Castro, respectivamente. El sitio fundacional, enclavado en las faldas del cerro del Espíritu Santo, fue bautizado Los Naranjos de Puás. Ellos hicieron el denuncio pertinente y, tras las mediciones de rigor, el título de propiedad fue rubricado el 28 de agosto de 1835 por Braulio Carrillo Colina, por entonces Jefe de Estado.

Naranjo, visto desde el cerro del Espíritu Santo, en los años 70. Foto: Luko Hilje

Cabe hacer una digresión para referirnos al topónimo Los Naranjos de Puás, asignado por el pionero Corrales. Bautizó el sitio así, porque ahí halló algunos árboles de cítricos en una zona boscosa al pie del cerro del Espíritu Santo, el cual no pertenece a serranías asociadas con el volcán Poás —como lo sugiere el nombre Puás o Puas, que se utilizaban indistintamente—, sino más bien con los Montes del Aguacate. De hecho, en un expediente disponible en el Archivo Nacional (Juzgado Contencioso Administrativo- 4428), referido a la medición de los terrenos por parte del agrimensor oficial Juan Antonio Castro, éste especifica que se apersonó al «paraje nombrado la montaña de los Naranjos de Puas» y «me puse en la posesión antigua de los naranjos, junto a cinco o seis árboles de naranjo que allí existen y que se conocen por mojón de las tierras al sur pertenecientes a los ciudadanos Juan y Manuel Mora».

Relación geográfica entre Bajo Corrales (Candelaria), Naranjo y el cerro  Espíritu Santo (marcado con rojo).

Ahora bien, puesto que los cítricos (naranjas y limones) son de origen asiático, es evidente que fueron los españoles quienes los trajeron a Costa Rica, muy temprano en nuestra historia. Por ejemplo, cuando en 1738 el gobernador Francisco Antonio de Carrandi y Menan recorrió los territorios de los actuales cantones de Turrialba y Jiménez, relató que en las inmediaciones de los ríos Atirro, Pejibaye y Las Vueltas «hubo población antigua, llamada Jucaragua, de la que no hay señal, más que algunos naranjos»; es decir, los indígenas que residieron ahí los habían sembrado para su uso. Puesto que Torres menciona que en una ocasión en Candelaria se excavó una tumba que contenía objetos de oro y cerámica, esto permite hipotetizar que fueron los indios que vivieron ahí quienes sembraron los cítricos que inducirían a Corrales a bautizar como Los Naranjos al sitio descubierto por él, y donde decidió instalarse con su familia inicialmente.

Conviene hacer un paréntesis para referirnos al libro de Torres. Es importante destacar que contiene un delicioso prólogo, en el cual el recordado escritor don Beto Cañas, quien de adolescente pasara temporadas veraniegas en Naranjo, relata cómo utilizó varios puntos de Naranjo —que él denomina San Luis— para ambientar pasajes de su obra teatral Uvieta. Cada vez que repaso sus páginas, debo confesar que siento una aflicción en el alma, que es más fuerte que la nostalgia.

Cuando mi familia decidió mudarse a San José, yo tenía apenas cuatro años, y aunque en las vacaciones siempre íbamos a visitar a Eugen —mi hermano mayor—, así como a los queridos parientes de las familias Quesada Rodríguez y Quesada Huete, dichas estadías fueron insuficientes para llenar el vacío que me causó esa especie de destierro geográfico y sentimental. De hecho, cada vez que en las tertulias con mis hermanos, ellos evocan lo vivido allá, se me oprime el corazón, pues me siento como enajenado e incompleto. No obstante, por eso mismo, quizás por la necesidad de llenar ese hueco en el alma, todo lo relativo a Naranjo ejerce un poderoso influjo en mí, un ancestral magnetismo que me llama y convoca desde lo más profundo de mis raíces y mi estirpe.

Toda esta reflexión aflora ahorita, inducida por el hallazgo de un valioso y antiguo mapa que encontré hace unos años en el Archivo Nacional, y que no ha sido debidamente difundido. En efecto, se trata de un mapa de gran tamaño, de nada menos que 90 x 180 cm, trazado con tinta china sobre una especie de papel-tela encerado, y que porta el título Mapa del camino y río de San Carlos mandado levantar por la Compañía Empresaria. Dicho mapa le fue encargado al ingeniero alemán Alexander von Bülow, por parte de la llamada Compañía de San Carlos.

Cabe acotar que, en su condición de representante de la Sociedad Berlinesa de Colonización para Centro América, para entonces von Bülow había fracasado en el intento de erigir una colonia alemana en Angostura, Turrialba, como lo documento ampliamente en el libro La bandera prusiana ondeó en Angostura. Asimismo, tras fungir como Superintendente General de Caminos —con énfasis en el Camino Nacional que comunicaba la capital con Puntarenas—, en 1856 este corajudo hombre se incorporó a nuestro ejército en la guerra contra el ejército filibustero del esclavista William Walker, y hasta fue integrante de su Estado Mayor. Lamentablemente, al regresar nuestras tropas a Costa Rica después de la batalla de Rivas, murió de disentería en Liberia.

El citado mapa fue complementado con un folleto que data de abril de 1854, en el cual describe con sumo detalle las características del camino rústico que conectaba Alajuela con Muelle de San Carlos. El gobierno de don Juanito Mora había dado una especie de concesión para que la citada compañía mejorara esa ruta, y así se facilitara el comercio por el río San Juan, del cual el río San Carlos es un afluente clave.

Ahora bien, en relación con Naranjo, el mapa y el folleto de von Bülow contienen topónimos hoy vigentes. Por ejemplo, en el folleto su autor indica que desde Alajuela «hasta llegar a este río [el Colorado], se pasan 18 quebradas pequeñas». Entre ríos y quebradas, en el mapa se observa que los nombres de estos cursos de agua —cabe aclarar que él omitió dos— eran los siguientes: Alajuela, Itiquís, Poás, Los Carrillos, Prendas, Tacares, Arena, Rosales, Poró, Agualote, La Vieja, San Juan, Sarchí, Salazar, Las Trojas y Elías. Es decir, casi todos estos nombres han subsistido.

Segmento del mapa de von Bülow.

Pero al acercarse al actual Naranjo, todo cuanto anotó fue que «pasado el [río] Colorado toma el camino un distinto aspecto, subiendo poco a poco el declive sur de la montaña de Poás como 2 1/3 leguas, teniendo al lado este el valle del Colorado y al otro el valle de las Pilas y en esta distancia no se pasan más en el camino que dos pequeñas quebradas». Nótese el topónimo Pilas, aún vigente, a los que se suman los de Espíritu Santo —en alusión al notorio y emblemático cerro ahí presente—, la hacienda del Espíritu Santo, y un caserío denominado Chilamate.

El cerro del Espíritu Santo, en los años 70. Foto: Luko Hilje

De ahí en adelante, el hito más importante era la intersección del camino a San Carlos con el río Barranca. En el folleto von Bülow consigna que «el camino que sale de Alajuela a Grecia se encuentra todo cultivado de potreros, cañales, milpas, etc., lo mismo que se encuentran en dicho camino más de doscientas casas y algunos trapiches; estando de traficarse por carretas hasta la Barranca». Es decir, el camino era transitable hasta Barranca, que no era un caserío o villorrio, sino un punto entre los actuales Llano Bonito y Palmita. Sí es muy interesante el entronque con el «camino de Punta Arenas», que empezaba en los «terrenos de los Señores Rodríguez», poco después del río Barranca; es posible que sea el mismo —la ruta 703— que hoy atraviesa San Antonio de Barranca y se dirige al oeste, hacia San Ramón.

En resumen, Naranjo no aparece como topónimo, y el lugar que ocupaba no parecía tener mayor importancia en la citada ruta, como sí la tenía Grecia, representada en el mapa con algunas casas, que forman una especie de cuadrante. Eso sí, consigna una amplia área con el título «Terrenos de los Señores Mora», en las proximidades del cerro del Espíritu Santo, a quienes pareciera que pertenecía la hacienda homónima; obviamente, se refería a las propiedades de los ya citados hermanos Juan y Manuel Mora. No menciona a los pioneros Corrales ni Matamoros, porque quizás aún residían en Candelaria, ubicada al oeste y algo lejos de la ruta que a von Bülow le encargaron inspeccionar.

Pero…, ¿dónde estaba Naranjo, entonces? Tengo la hipótesis de que se localizaba en el punto llamado Chilamate. Si uno compara el croquis de von Bülow con un mapa actual, se percibe que el río Colorado recibía las aguas de un afluente que él denomina «brazo del Colorado» y que en su posición coincide con el actual río Molino, no muy lejos del actual poblado de Dulce Nombre, que desde aquel tiempo se llamaba Villano, pero que von Bülow omite en su mapa. A partir de esa confluencia, se observa la gran similitud del camino viejo con el actual, y la ubicación de Chilamate no pareciera diferir mucho de donde hoy se asienta la cabecera del cantón de Naranjo.

El supuesto caserío de Chilamate, en el mapa de von Bülow.

A juzgar por las dos casas mostradas en el mapa, Chilamate era casi insignificante. De hecho, todavía un decenio después lo era, si es que este sitio fue el mismo que El Repasto —como lo suponemos—, a juzgar por un testimonio de Ignacio Blanco Corrales —nieto del pionero Corrales— que dice así: «El año 1865 nos fuimos Ana y yo a vivir en el punto llamado en aquel tiempo El Repasto, donde es hoy el Centro de Naranjo; compré una casa que estaba con poca diferencia con la que hoy tengo. No había más casa de teja que la mía y la otra de don Manuel Mora, y las demás viviendas eran ranchos. Había solo una calle que atravesaba la plaza y seguía para arriba buscando el centro de la isla y unos pocos ranchos, a un lado y otro». Su esposa era Ana Corrales Blanco, también nieta de Corrales y prima hermana suya.

Este testimonio sugiere que el número de ranchos continuó en aumento, aunque las tierras no pertenecieran a sus moradores, hasta llegar a un punto en que consideraron necesario legalizar la posesión de sus predios. Ello explica la existencia de dos reveladores expedientes (Asamblea Legislativa- 8319 y 8378), que hallamos en nuestras pesquisas en el Archivo Nacional.

En efecto, en ellos consta que en setiembre de 1869 el Congreso emitió un decreto en respuesta «a un considerable número de vecinos de la población del Naranjo de Alajuela, [que] piden que por vía de gracia, que el terreno baldío que existe entre los sitios «Cerro de Poás», perteneciente a don Manuel Mora, y «El Naranjo», propiedad de don Judas Corrales, en que está asentada dicha población, se destine en favor de los actuales pobladores, pagando al Tesoro Público su valor a razón de diez pesos por manzana». Tan vasto era ese terreno, que comprendía 140 manzanas y 6250 varas cuadradas, es decir, casi 99 hectáreas. Además, en dicho decreto “se determinan sus linderos, a la vez que se reglamenta la distribución de esos terrenos, y el modo de titularlos”.

Desde ese entonces, tendrían que transcurrir casi 20 años para que a partir de ese núcleo se formara un asentamiento humano de suficiente importancia como para justificar su conversión en cantón. En efecto, fue en 1886 cuando de manera oficial se le confirió el estatus de cantón a «la Villa de Naranjo, antigua aldea denominada «Las Piedades de Grecia»»; este nombre obedece a que la patrona era Nuestra Señora de las Piedades, como lo es hasta hoy.

Ahora bien… ¿y el topónimo Chilamate? Cabe acotar que chilamate es el nombre común o vulgar de algunos parientes de los higuerones —todos ellos pertenecientes al género Ficus—, y que en el territorio nacional hay varias localidades con esa denominación. Sin embargo, al consultar con José Luis Torres, resulta que ese topónimo no figura del todo en documentos históricos alusivos a Naranjo. Por tanto, a nuestro juicio, von Bülow incurrió en un error cuando estaba dibujando en mapa, y consignó un nombre equivocado. Una posibilidad es que para esa época ya existiera el caserío de Chilamate, no muy lejos de ahí, entre Grecia y Carrillos de Poás, y que él sufriera tal lapsus calami, que lo hizo ubicarlo donde hoy se asienta Naranjo.

Como una curiosidad, cuando en 1856 sobrevino la agresión del ejército filibustero liderado por William Walker, 47 naranjeños respondieron al llamado de defender la patria amenazada. En el libro Los soldados de la Campaña Nacional de 1856-1857, del historiador Raúl Arias Sánchez, consta que sus apellidos paterno o materno —evidencia de cuáles fueron algunas de las primeras familias— eran Acuña, Araya, Arce, Arias, Ballestero, Barquero, Barrientos, Blanco, Bolaños, Calderón, Campos, Carvajal, Castillo, Castro, Céspedes, Chacón, Chaves, Corrales, Cortés, Esquivel, Fuentes, García, Garita, González, Hernández, Hidalgo, Jara, Jiménez, Lizano, Lobo, Ramírez, Madrigal, Molina, Mora, Navarro, Ocampo, Quesada, Quirós, Salas, Sánchez, Sandoval, Solís, Sojo, Soto, Ugalde, Venegas, Villalobos, Víquez y Zamora. Por cierto, para fortuna propia y de sus familias, todos regresaron ilesos. Es posible que, en su condición de miembro del Estado Mayor, el alemán von Bülow tratara a algunos de ellos, y entonces se percatara de que esos valerosos combatientes eran naranjeños… ¡y no chilamateños!

En fin, esta cuestión de la toponimia original es un bonito acertijo que queda por resolver, con el auxilio de fuentes documentales que existen en el Archivo Nacional, como denuncios de tierras baldías, planos catastrales y transacciones de propiedades, bastante tediosos de analizar para legos como yo, pero para cuyo análisis los historiadores profesionales tienen amplia experiencia.

No obstante, aunque esto demanda un gran esfuerzo de búsqueda y esclarecimiento, los réditos podrían ser altos para determinar con mayor exactitud la conformación de Naranjo como espacio geográfico de importancia histórica, así como afectiva para quienes fuimos engendrados y dimos nuestros primeros pasos en tan amado terruño.

 

En El País CR


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