Luko Hilje: Santa Rosa en la memoria

Pero lo cierto es que fue en Santa Rosa donde gracias a la generosa sangre vertida por nuestros combatientes se marcó el límite sur al expansionismo territorial imperial, lográndose así afianzar la libertad de Costa Rica y de América Latina.

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Luko Hilje Quirós. 

Costa Rica era próspera gracias al auge en la exportación de café, iniciada en el decenio de 1830, pero la vida cotidiana era frugal, centrada en el trabajo, en largas y pesadas faenas agrícolas bajo inclementes soles e incesantes lluvias.

Habían desaparecido los traumas políticos de otrora, gracias a un hombre que, más que presidente, era un estadista. Porque don Juan Rafael Mora -exportador de café y comerciante de telas y otros bienes-, a pesar de carecer de educación formal supo pensar por cuenta propia, así como elegir colaboradores que, con sapiencia, le ayudaron a impulsar un proyecto de nación ambicioso en los planos económico, social, político y cultural.

En contraposición con su breve estatura, sus sueños y sus anhelos por la patria que tanto amaba eran inmensos. Y, por ello, no habría de permitir que este pujante y ejemplar país se convirtiera en un apéndice de la confederación de estados sureños, deseosos de implantar la esclavitud. William Walker, protegido de éstos, se proponía conquistar Centro América, para después tomar el Caribe y seguir hacia el sur, imbuido de la ideología del “destino manifiesto”, es decir, la noción de que América era para los norteamericanos.

Desde mediados de 1855 Walker se había establecido en Nicaragua, con su cuerpo especial o falange, como parte del ejército local. Pero, frío, implacable y sagaz, escalaría posiciones hasta convertirse en presidente de Nicaragua en julio de 1856. Sin embargo, desde antes había decidido tomar Costa Rica.

Y fue así como, reclamando que Guanacaste pertenecía a Nicaragua, en febrero de ese año envió a su lugarteniente Louis Schlessinger a debatir el tema con nuestro gobierno. Enterado de esto, don Juanito ordenó expulsarlo apenas llegado a Puntarenas, lo cual irritó tanto a Walker, que días después nos declaraba la guerra desde su cuartel en Granada.

Forzado por tan apremiantes circunstancias, el 1º de marzo don Juanito convocó al ejército regular y a todo el pueblo a defender la patria. Americanista como lo fue, con meridiana claridad comprendió que se trataba de una lucha centroamericana, pero que a Walker había que liquidarlo aquí. Por eso, de súbito, los clarines y tambores reclutaban al pueblo desde los cuarteles, y tres días después partían nuestras tropas en caballos, carretas y hasta a pie, para enfrentarse y acabar con el invasor.

Bajo el quemante sol veraniego y entre polvaredas, atravesaron los escarpados Montes del Aguacate, llegaron a Puntarenas, cruzaron en botes el golfo de Nicoya y remontaron el caudaloso Tempisque, para concentrarse en Liberia.

Pocos días después, enterados de que los filibusteros habían penetrado en nuestro territorio, una columna comandada por el general José Joaquín Mora fue a su encuentro.

En la tarde del 20 de marzo, Jueves Santo, los hallaron en la hacienda Santa Rosa donde, con base en un plan de ataque bien concebido y ejecutado, en apenas un cuarto de hora los derrotaron. Schlessinger y 250 de sus mercenarios salieron en estampida, desconcertados ante la gallardía y arrojo de nuestros combatientes, que incluso se enfrentaron cuerpo a cuerpo, con sus bayonetas, machetes o sables, al punto de matar a 26 y capturar a 20 filibusteros, los cuales serían fusilados.

Por diferentes circunstancias, y sobre todo por la aparición del cólera tras la posterior y memorable batalla del 11 de abril en Rivas, no sería posible acabar rápido con Walker, y hubo que esperar más de un año para verlo rendido.

Pero lo cierto es que fue en Santa Rosa donde gracias a la generosa sangre vertida por nuestros combatientes se marcó el límite sur al expansionismo territorial imperial, lográndose así afianzar la libertad de Costa Rica y de América Latina.

Publicado en La Voz de la ANDE, Marzo 2010

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