Luko Hilje: ¿Un virus fiero e indetenible?

¡Y pensar que todo eso se puede evitar con medidas de desinfección y prevención realmente sencillas, harto conocidas por todos! Porque lo cierto es que, al ayudarle a diseminarse y reproducirse, quien hace que el coronavirus parezca más fiero de lo que realmente es, somos nosotros mismos.

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Luko Hilje Quirós.

No sé si el lector ajeno al mundo biológico habrá notado que todos los organismos vivientes, desde los microorganismos unicelulares (protozoarios, bacterias, etc.) hasta los animales vertebrados, tienen un nombre científico binomial —compuesto por dos partículas, correspondientes al género y la especie—, pero que los virus carecen de éste.

Para mencionar dos ejemplos, la especie humana es Homo sapiens, y la bacteria que causó la terrible epidemia del cólera en 1856 se llama Vibrio cholerae, pero al coronavirus que tantos estragos ha provocado en los últimos meses en todo el planeta se le denomina SARS-CoV-2. Es decir, no se le ha asignado un nombre de raíces latinas o griegas —como es usual en la taxonomía biológica—, sino unas siglas, en este caso tomadas del idioma inglés: Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2). Se trata de un tipo de virus (de la familia Coronaviridae) capaz de causar un severo y agudo síndrome respiratorio; con este nombre se le diferencia de su muy cercano pariente SARS-CoV-1, detectado también en la China hace 18 años.

Pero, ¿qué importancia tiene esto? Mucha, porque todo ente biológico existente en el planeta es único y, por rigurosidad científica, debe ser identificado, caracterizado y descrito como tal. No obstante, esto a su vez revela que la taxonomía de los virus es diferente porque ellos son organismos totalmente atípicos, ya que no tienen la capacidad de reproducirse por sí mismos. Por eso algunos autores incluso dudan de considerarlos como seres vivientes. De hecho, en marcado contraste con la unidad mínima o elemental de cualquier organismo, que es la célula, los virus carecen de las organelas que ésta posee (núcleo, citoplasma, mitocondrias, membrana celular, etc.), y se limitan a un estuche o envoltura formada por proteínas, la cual contiene una hebra o cadena de material genético; en algunos virus ésta corresponde al ácido ribonucleico (ARN) y en otros al ácido desoxirribonucleico (ADN).

En tales condiciones, estos estrafalarios entes no tienen capacidad para subsistir por cuenta propia, y es por ello que han evolucionado una forma de vida parasitaria, completamente dependiente de su hospedante. Esto significa que, cuando invaden el cuerpo de una planta o un animal, atacan algunas de sus células y las ponen a trabajar a su servicio, utilizando su maquinaria metabólica, es decir, todos los procesos que hacen posible la vida de su organismo hospedante. De esta manera, de unas pocas partículas virales invasoras, en poco tiempo resultan millones de nuevas partículas que, si las condiciones lo permiten, se diseminarán y atacarán más y más hospedantes (plantas o animales), hasta alcanzar niveles de epidemia.

No lo hacen por maldad —pues no tienen raciocinio alguno—, sino por la oportunidad de reproducirse y sobrevivir. Y, a pesar de su aparente fiereza o malignidad, es justamente ahí donde reside su mayor debilidad, y es probable que muchas especies de virus hayan desaparecido de la faz de la tierra.

Soy entomólogo agrícola, no virólogo, pero he dedicado gran parte de los últimos 30 años a trabajar con la mosca blanca (Bemisia tabaci), un diminuto insecto que es vector o transmisor de más de 400 especies de virus en todo el planeta, y sobre todo de geminivirus (hoy denominados begomovirus), así llamados por tener dos partículas gemelas. Asimismo, he participado activamente en redes latinoamericanas y mundiales, junto con renombrados virólogos, biólogos moleculares, biotecnólogos, epidemiólogos, matemáticos, fitopatólogos, entomólogos, genetistas, etc., en la búsqueda de soluciones eficaces en términos agronómicos, así como ambientalmente inocuas, para lidiar con tan seria amenaza fitosanitaria. Y hoy, a la luz de lo que estamos enfrentando en Costa Rica, deseo compartir algunas reflexiones derivadas de mi experiencia en el campo agrícola, que ojalá sean útiles para enfrentar la crisis de salud pública que tanto nos agobia.

 

 

Aspecto de las partículas de un coronavirus (A) y un geminivirus (B).

La primera es que en la naturaleza no hay organismos intrínsecamente malos ni perversos. Es cierto que algunos pueden infligir daños, pero eso es relativo, y depende más de ciertas circunstancias particulares, inducidas por el propio ser humano. Incluso algunos animales considerados como muy peligrosos, como las serpientes venenosas, los cocodrilos, los felinos o los tiburones, más bien huyen del hombre, pues en sus hábitats naturales lo perciben como una criatura extraña y hasta temible. Si no lo creen, pregúntenselo a los campesinos, los montañistas o los buceadores, quienes a menudo se enfrentan a animales como estos.

La segunda es entender a cabalidad que, sin nuestra ayuda, aún el virus más persistente, contagioso y agresivo que uno pudiera imaginar —algo así como el Supermán de los virus— no pasaría de ser una inofensiva criatura natural más, de poca o nula importancia en la agronomía o la salud pública. En tal sentido, son absolutamente pertinentes y correctas las medidas propugnadas por nuestras autoridades de salud en cuanto al lavado de manos, el distanciamiento social, la manera de estornudar, el uso de caretas y tapabocas, etc.

La tercera se refiere al concepto de pandemia, que tanto asusta a algunos, con toda razón. En términos poblacionales, se cataloga como en fase endémica a un organismo perjudicial que mantiene cifras normales, relativamente bajas, pero que bajo ciertas condiciones puede incrementar su población, hasta una fase epidémica. Si afecta tres o más continentes, se le considera en la fase pandémica.

Al respecto, los productores de hortalizas y ciertas frutas en Asia, Australia, Europa, África y América tienen unos 30 años de soportar una pandemia con la mosca blanca y algunos de los begomovirus que transmite, sobre todo el muy agresivo virus del rizado amarillo del tomate o TYLCV (Tomato Yellow Leaf Curl Virus). ¡Claro…, no muere gente, aunque ha arruinado a muchos agricultores! Pero casi nadie se percata de que ello ha implicado, hasta hoy, altas y frecuentes aplicaciones de insecticidas, en perjuicio de la salud de los consumidores, la fauna silvestre y el ambiente en general. Si no lo creen, cuando vayan a la Feria del Agricultor el próximo fin de semana, pregúntenle a los agricultores cómo logran producir tomate, chile dulce, berenjena, melón o sandía.

La cuarta tiene relación con las críticas que algunos hacen a las disposiciones de carácter preventivo instauradas por nuestras autoridades gubernamentales, como la estricta vigilancia en nuestras fronteras, el cierre de estadios, restaurantes, bares, playas, hoteles, escuelas e iglesias, la restricción vehicular, la prohibición de velas de difuntos, fiestas familiares y desenfrenadas pachangas. Bueno…, en nuestro país mucho de eso se planteó tan temprano como en 1837, y se aplicó en 1856 cuando sufrimos la devastadora epidemia del cólera morbus, a lo cual me referí recientemente en los artículos Recuerdos y lecciones de una antigua pandemia y Ser solidarios, más que un deber hoy (El País, 23-III-20 y 29-IV-20).

Pero, además, en el campo agrícola, basta con ojear la Ley de Protección Fitosanitaria (No. 7664), que da sustento legal a las cuarentenas externas —aplicadas en las fronteras, los puertos marítimos y los aeropuertos— e internas; todos los países tienen una, y bastante similar. Para empezar, un artículo estipula que “toda persona estará obligada a denunciar, ante el Ministerio de Agricultura y Ganadería, la presencia de plagas de importancia económica o cuarentenal. Los funcionarios tendrán la obligación de atender la denuncia y darle seguimiento inmediato. Las autoridades de policía y judiciales deberán cooperar cuando se requiera”. Asimismo, otro especifica que “a quien incumpla esa prohibición, los vegetales le serán destruidos por el Servicio Fitosanitario del Estado, sin indemnización alguna y sin perjuicio de que se presente la denuncia ante las autoridades competentes. Para estos efectos, deberá levantarse un acta donde se consignen los bienes destruidos”.

En síntesis, desde hace muchos años existe legislación estricta y punitiva, para proteger a los agricultores de aquellos vecinos que actúan de manera irresponsable en el manejo de los rastrojos o residuos de sus parcelas, que son la principal fuente (inóculo) de algunas plagas. ¿De qué asustarse, entonces, por las medidas que nuestras autoridades de salud aplican ahora? Aunque algunos analistas políticos, periodistas y oportunistas diputados —plácidamente sentados en sus escritorios o curules— se rasguen las vestiduras por el supuesto menoscabo de las libertades individuales, es claro que en una situación de emergencia nacional el interés colectivo debe prevalecer sobre la desidia, la negligencia y la irresponsabilidad de otros, en algunos casos realmente criminal.

Finalmente, en estos días en que la epidemia del coronavirus ha repuntado de manera tan acelerada, ya exponencial, me he preguntado las razones por las que, como dice el proverbio popular, “nadie escarmienta en cabeza ajena”. ¿Será que, por la invisibilidad de un virus, a la gente le cuesta advertir el peligro y el riesgo que implica contagiarse con dicho microbio?

Por ejemplo, en nuestro trabajo con productores de tomate en varios países de América Central, se les insistía en que no fumaran durante su permanencia en las parcelas, pues el virus del mosaico del tabaco (TMV) también afecta al tomate, y puede diseminarse desde la picadura de un cigarrillo hasta una hoja viva de tomate; además, por si habían fumado antes, se les recomendaba lavarse las manos con un jabón fuerte si debían manipular las plantas.  Lamentablemente, la mayoría desatendía algo tan sencillo de hacer, a la vez que beneficioso para sus propios intereses.

Asimismo, les aconsejábamos que, al establecer una nueva parcela, lo hicieran lejos de parcelas viejas —usualmente con gran densidad de mosca blanca y alta incidencia de begomovirus—, pues era temerario hacerlo, ya que la infección viral ocurriría muy rápido y las plantas morían, a veces sin haber empezado a producir los primeros frutos. Muchos ignoraban nuestros consejos y, en pocas semanas, de manera inexorable atestiguaban la irreversible pérdida de su cosecha y su inversión.

En realidad, muchas veces fue frustrante trabajar así. Y no era por falta de inteligencia de los agricultores —que eso les sobra—, sino por displicencia, y quizás por la interiorización de esa extraña actitud evasiva del ser humano ante el riesgo y el peligro, sintetizada en la común y absurda expresión de “a mí no me va a pasar”.

Para concluir, me pregunto si el común de la gente reaccionaría igual al coronavirus que al peligro que representa estar al descampado durante un tornado, un huracán, una inundación, o una incesante rayería; a la amenaza de fuego en su vecindario inmediato; a la presencia de un felino merodeando en una finca de ganado; a atravesar un predio donde se sabe que hay serpientes venenosas; o a transitar de noche por una zona en la que resulta casi inminente ser víctima de un asalto o una violación. ¡Quién sabe! Es muy posible que la explicación de esta actitud de algunas personas, al ignorar un peligro latente o inminente —aparte de la falta de educación, sensibilidad, solidaridad y compasión por los demás—, resida en mecanismos mentales más profundos y difíciles de revertir, quizás ya bastante conocidos por los practicantes de la psicología y las neurociencias.

En todo caso, a pesar de las crudas y desgarradoras imágenes mostradas desde hace meses en la televisión, provenientes de Italia, España, EE.UU., Brasil, Ecuador y Perú, las cuales evidentemente no han calado en muchas personas insensatas e irresponsables, es muy triste y lamentable constatar que nos estamos acercando con rapidez a un punto trágico: la saturación de las camas en hospitales sobre todo las de cuidados intensivos, la insuficiencia de insumos hospitalarios, e incluso la falta de fosas en los cementerios. ¿Qué esperan? ¿No hallar camas para sus abuelos, padres, madres, hermanos o hijos, y dejar que mueran en sus casas, sin apoyo médico alguno? ¿No tener siquiera quién recoja sus cadáveres, y tener que dejarlos tendidos en las aceras o colocados sobre un carretillo a media calle, como ha ocurrido ya en varios países latinoamericanos?

Brasil amplía sus cementerios debido a emergencia por Covid-19. Archivo

¡Y pensar que todo eso se puede evitar con medidas de desinfección y prevención realmente sencillas, harto conocidas por todos! Porque lo cierto es que, al ayudarle a diseminarse y reproducirse, quien hace que el coronavirus parezca más fiero de lo que realmente es, somos nosotros mismos.

Por tanto, y esto hay que repetirlo hasta la saciedad, está en nuestras manos, literalmente, la posibilidad de detenerlo y derrotarlo, para evitar que siga causando tanto sufrimiento, dolor, angustia y muerte, así como la pérdida de empleos y la debacle de nuestras economías.

¡¡¡Actuemos, por favor!!! Más que una súplica, es una exigencia moral.

Publicado originalmente en El País


Luko Hilje Quirós.
Biólogo. Profesor Emérito. Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE).

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