Luko Hilje: Una evocación de Elías, cronista del terruño

Y es que, como el célebre Cid campeador, capaz de ganar batallas aunque ya hubiera muerto, Elías sigue activo y productivo, más allá de su ausencia física.

0

Luko Hilje Quirós. 

Un día de 1989, cuando residía en Heredia y trabajaba en la Universidad Nacional (UNA), y lo sé porque tengo la costumbre de anotar el año —y a veces el mes— en que compro cada libro, me topé con uno recién publicado, el cual me atrajo no solo por el título, sino que también por su grato contenido. En efecto, al ojearlo me percaté de que en Leyendas costarricenses, publicado por el Museo de Cultura Popular, de la UNA, aparecían las conocidas historias de la tulevieja, la llorona, la segua, el cadejos, el padre sin cabeza y la carreta sin bueyes —tan útiles para que los adultos nos asustaran en nuestra infancia—, con sus respectivas variantes, más unas 50 leyendas más. Y, cuando lo leí, con verdadera fruición, me impregné de patria, pero sobre todo de terruño.

Confieso, eso sí, que la fotografía del autor —o compilador—, aparecida en una de las solapas del libro, me desconcertó un poco. Tal vez prejuiciado por las imágenes de los viejos folcloristas, como Zoilo Peñaranda, Concho Vindas, Olegario Mena, Lencho Salazar o el mismo Miguel Salguero, no me rimaba ese regusto a terruño con la foto de un individuo de gafas oscuras, barba tupida y camisa de cuadros con el pecho abierto, que más bien parecía un bohemio urbano. Pero, en fin, así se veía el tipo, llamado Elías Zeledón Cartín.

Tiempo después me alejé de Heredia, para residir 13 años en Turrialba, con poco acceso a librerías. No obstante, cuando retorné, como a un viejo conocido, me reencontré con ese mismo Elías, en un intento suyo algo parecido, intitulado Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia, que igual también disfruté mucho. ¡Cómo no!

Y, desde entonces, uno tras otro fueron llegando en procesión hasta los estantes de mi biblioteca, hasta completar 20 títulos, libros cálidos y entrañables, que destilan ese inextinguible y ricamente enervante aroma del terruño y su pasado.

Una mañana de un mes que no preciso, en 2009, estaba yo en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional —cuando ocupaba el tercer piso de ese edificio— consultando antiguos periódicos, como parte de mis pesquisas para escribir el libro Trópico agreste; la huella de los naturalistas alemanes en la Costa Rica del siglo XIX. Al rato de estar ahí, apoyado en un bastón muy bonito y colorido, entró un tipo alto y rollizo, de tez muy blanca y cabeza y barba canosas, con anteojos, y gratamente oloroso a colonia o a jabón. Le vi pinta de europeo, y pensé que lo era, hasta que lo oí conversar y, además, una de las bibliotecarias lo llamó don Elías. Por el contexto, de inmediato evoqué la foto del libro Leyendas costarricenses. Me acerqué a su mesa y le pregunté si él era quien yo creía, a lo que respondió de manera afirmativa. Me presenté, y me dijo que conocía de mí, por mis dos libros sobre el Dr. Karl Hoffmann, médico y naturalista alemán.

Desde entonces nos convertimos en amigos y contertulios. Cuando nos encontrábamos, que era los martes, compartíamos la misma mesa. Debido a la crónica artritis reumatoide que padecía, tenía serios problemas de movilidad, por lo que con gran cariño las bibliotecarias —que lo conocían desde siempre, pues como bibliotecólogo que era, había laborado ahí por seis años—, le llevaban hasta la mesa los periódicos, de formato grande y empastados en muy pesados tomos, y los recogían conforme los desocupaba; cuando ellas no estaban disponibles, varias veces tuve el gusto de ayudarle en esos apremios. Lamentablemente, su salud empeoró poco a poco. Le apareció un tumor en el codo derecho —él era zurdo—, el cual le extirparon, pero después se le manifestaría una osteomielitis que debió ser tratada con antibióticos, que afectaron sus riñones. A esto se sumaría una caída en su casa, que resultó en una fractura en el codo que, al final, desembocaría en la amputación de su brazo derecho.

Por cierto, en alguna ocasión me presentó a su esposa, Rose Mary Umaña Barboza, a quien había conocido cuando ella trabajaba en la antigua Sala Julián Marchena, ahí en la Biblioteca Nacional. Ángel guardián suyo, todos los martes a media mañana lo transportaba desde su casa, en Platanares de San Jerónimo de Moravia, y lo recogía casi a las cinco de la tarde. Sin ella, amorosa y abnegada compañera, quien estaba persuadida de la inconmensurable importancia de la labor de rescate histórico de Elías, no hubiera podido realizar sus tareas de recopilador y cronista.

Nótese que lo califico como cronista aunque, en términos oficiales, bajo esa denominación caben únicamente un “autor de crónicas”, o el “historiador oficial de una institución”, según el diccionario de la Real Academia Española, y Elías no fue ninguno de esos dos tipos de intelectual. Definitivamente, no fue un escritor, y él lo aceptaba. Eso sí, fue un infatigable compilador de los escritos de otros autores, lo cual hizo de manera acuciosa, metódica y sistemática, además de que supo hilvanar textos a primera vista inconexos, para amalgamarlos y conferirles una estructura coherente, enmarcada en grandes temas de valor cultural. No veo por qué no llamar cronista a alguien que hace esta labor, tan valiosa para la cultura, la historia y la identidad de un pueblo.

Para retornar a nuestros encuentros en ese su hábitat natural que era la hemeroteca, pasábamos horas de horas hurgando en los vetustos periódicos y, de vez en cuando, interrumpíamos nuestras faenas para comentar acerca de algún hallazgo interesante. El problema es que lo hacíamos muy a menudo, por lo que cada cierto tiempo mutuamente nos decíamos que mejor paráramos de conversar, para que el día nos rindiera.

Por eso… ¡cómo lo extraño ahora (bueno…, antes de la pandemia) cuando voy a la biblioteca, pues ya no tengo con quién compartir y departir tan a gusto sobre nuestro pasado! Además, lamento que no pudiera disfrutar de los lindos, bien iluminados y cómodos cubículos construidos en el sótano del edificio, hasta con baño privado.

En esos tiempos creo que Elías estaba trabajando en unos 12 libros de manera simultánea, unos en mayor o menor estado de avance. Al respecto, es pertinente indicar que, si la labor de búsqueda en documentos antiguos es lenta y hasta cansina, más lo es la tarea de transcripción de esos textos, tediosa, agotadora y hasta riesgosa, porque uno puede incurrir en errores que pueden provocar y perpetuar ingratas distorsiones. Asimismo, como Elías no tenía apoyo secretarial alguno, él tomaba fotos de los periódicos, para después en su casa dedicar incontables horas a transcribir esos textos —miles de páginas, a lo largo de los años— que, eventualmente, quedarían compiladas en sus valiosos libros. Sin embargo, no se dejaba doblegar por sus padecimientos, ni por el pesar de que Carmen Alicia, la tercera de una prole de tres mujeres y un varón, padecía de una parálisis cerebral.

En realidad, ese estoico y erudito Elías, de temperamento afable y sereno, y siempre de buen humor a pesar de las adversidades, era una enciclopedia andante, y con gran generosidad compartía su sabiduría y conocimientos.

Al respecto, recuerdo que en una ocasión, de súbito me dijo: “¡Mirá lo que acabo de hallar! Que el Dr. Hoffmann atendió a don Juan Mora Fernández, nuestro primer Jefe de Estado, pocos meses antes de su muerte”. Y ahí mismo me permitió que fotografiara el respectivo periódico, cosa que él también hizo, a la vez que me autorizó para incluir ese importante dato en mi libro. Así sucedió varias veces. En otra oportunidad, cuando me contó que tenía listo La República de Costa Rica en Centroamérica, de los viajeros Wagner y Scherzer, como le manifesté que en mi libro planeaba incluir numerosos pasajes de dicho libro, me ofreció, y días después me entregó, el manuscrito completo de los dos tomos de esa obra, para que me ahorrara la pesada tarea de transcripción. ¡Así era Elías!

Como una simpática anécdota, recuerdo que una mañana me comentó que pronto aparecería por ahí su entrañable amigo, el antropólogo Fernando González Vásquez. Yo lo conocía tan solo de nombre y por algunos de sus aportes en aspectos de nuestro patrimonio histórico, y deseaba conocerlo. Mientras llegaba, por curiosidad le pregunté que cómo era Fernando como persona, a lo que replicó de manera directa y espontánea: “Un carajo atarantado, así como vos”. Me reí mucho, como lo volví a hacer la semana pasada, cuando le relaté esta anécdota a Fernando, ahora querido amigo y colega de afanes.

De hecho, es a Fernando a quien debo el presente artículo. Él me escribió el pasado 11 de octubre, para invitarme a comentar el libro Costa Rica, Nicaragua y Panamá, 1930-1932: Álbum fotográfico de D. Tucker Brown, ingeniero del United States Bureau of Public Roads durante la época de la construcción de la carretera interamericana. Al final de su mensaje me contó que fue hace seis años, un sábado por la noche, que nuestro común amigo había partido, a los 61 años de edad. En mi respuesta, le comenté que yo tenía una deuda con Elías —y también conmigo mismo—, y es que pocos días después de su muerte empecé a escribir un artículo sobre él, pero a los cuatro o cinco renglones “me trabé” y no pude continuar. No hubo manera. Me ha sucedido con otros amigos que han partido.

Es algo muy doloroso y lacerante saber que uno nunca más los podrá ver, ni disfrutar de su afecto ni su camaradería. Sin embargo, pensándolo bien, de algún modo fue mejor que, de forma involuntaria, postergara la escritura de este artículo. Y esto es así porque, si al publicar un libro un autor de alguna manera se eterniza, entonces Elías está lejos, muy lejos, de la muerte física.

En efecto, al buscar en los estantes de mi biblioteca, ahí están ahora, todos juntos, conformando ese inmenso legado cultural, once libros que él pudo ver impresos, y cuatro aparecidos de manera póstuma.

Es así como me topo con Leyendas costarricenses (1989), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (2003), Del viejo San José (2004), La vida cotidiana en la San José de antaño (2014), Reminiscencias de la ciudad de San José de Alfonso Jiménez Rojas (2013), La Navidad costarricense: crónicas, ensayos y villancicos (2014); Curridavá. Historia de nuestras buenas fincas (2012), La vida cotidiana de nuestros abuelos (2004), Los aborígenes de Costa Rica. Textos históricos, periodísticos y etnográficos (2017), Crónicas de los viajes a Guatuso y Talamanca del Obispo Bernardo Augusto Thiel (2003), Biografías costarricenses (2013), Los Premio Magón (1992), El nacimiento de la ciudad de Puntarenas. Su historia, sus tradiciones y crónicas históricas (2017), Crónicas de la Guerra Nacional 1856-1857 (2006), y Páginas escogidas. Antología de cuentos de Rubén Coto (1998).

A estos 15 libros —y eso que no los tengo todos—, en mis anaqueles se suman los cinco títulos póstumos, con los que la Editorial Universidad Estatal a Distancia (EUNED) inició la serie Por los caminos de Costa Rica, a saber: Viajes por Costa Rica (dos tomos, con relatos de viajeros y naturalistas europeos, como Anders Oersted, Alexander von Frantzius, Karl Hoffmann, Félix Belly, Helmuth Polakowsky, Carl Bovallius, Carl von Seebach y Karl Sapper); Los viajes de Cockburn y Lièvre por Costa Rica; La República de Costa Rica en Centroamérica (dos tomos, de Moritz Wagner y Carl Scherzer); Un viaje a Costa Rica, de 1879 a 1881 (de Manuel Sinisterra); y Expediciones y estudios geográficos de la República de Costa Rica, realizados por Henri Pittier (1888-1905).

Pero, además, al acervo cultural contenido en estos 20 libros, hay que agregar unas 20 obras más, ya publicadas, según la tesis Bio-bibliografía del autor Elías Zeledón Cartín, de dos estudiantes de bibliotecología de la Universidad de Costa Rica. Asimismo, ahí consta que dejó listo un tomo sobre los orígenes históricos de los cantones de cada una de nuestras siete provincias, así como una serie de nueve libros escritos por don Cleto González Víquez, que culminan en una antología acerca de la vida y la obra de este ilustre expresidente y preclaro intelectual. A estos 17 libros hay que agregar 13 de diversa naturaleza que, aunque terminados, él no tuvo tiempo de enviar a alguna editorial.

Es decir, si las editoriales nacionales continúan con su interés en ver cristalizados estos ingentes esfuerzos personales y familiares, sin duda que tendremos Elías para buen rato. Y es que, como el célebre Cid campeador, capaz de ganar batallas aunque ya hubiera muerto, Elías sigue activo y productivo, más allá de su ausencia física. Así que seguiremos esperando y acopiando los suculentos frutos de su minucioso y esmerado trabajo de rescate, para paladearlos y disfrutarlos, con la cómplice certeza de que es así como se conquista la eternidad.


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box