Luvia Soto Cabrera: Nace una estrella

Luvia Soto Cabrera.

Nace una estrella

En San Juan del Monte, la presencia de los Del Toro era tal, que las cuatro calles tierrosas tenían el nombre de un abuelo, dos tíos y hasta de una de las primas mayores, Rosa Margarita.

Rosa Margarita, tan imponente en su voz, en sus túrgidas curvas, sus colores estridentes y su manera de saberlo todo desde antes que nadie, apenas se recuperaba de semerenda caída.  Primera vez que la traicionaba La Majestuosa, su yegua. Con todo su peso y su elegancia de pechos estrujados en raso iridiscente, se azotó contra unas piedras cuando la animala se encabritó frente a una viperilla despavorida.

Desde entonces, perdió el apetito y las ganas de vivir. Dos semanas la colochera enredándose en la almohada de satén, cuando el dictamen del médico sentenció: “melancolía perniciosa”. Señora, le dejo este tónico para la joven, dar tiempo al tiempo para que funcione. Si en dos semanas más no reacciona, lo único que le puedo decir es que oficio quita vicio, tráigale los alumnos, que la noche se hizo para descansar y el día para trabajar.

Hierbas, rezos y rituales iban y venían, sin que una sola de sus uñas con ojillos de pedrería -una vez escándalo eclesiástico-, se movieran ni para cobijarse mejor.

Rosa Margarita, sus siete hermanas y su madre, montaban a caballo que era un gusto verlas. Todas en silla de señora; mas ella, única como sus uñas, tan oronda, lo hacía a horcajadas.

Dale mi niña, que el día de ayer nadie lo volverá a ver. Cierto que todo San Juan lo sabe, pero las únicas reales testigas son vos y la Majestuosa.

Se acercaba ya el Carnaval y Rosa Margarita no daba señas de tomar el cetro como reina del evento. La niebla pinta un trabajoso día, comentó el mariscal de las celebraciones: no nos queda más que hacer visita y pedir razón. No solo no ha asistido a los ensayos, sino que tampoco ha avisado ni presentado disculpas. Señores, nos corremos el riesgo de suspender el fiestón.

Con la mayor de las penas, Doña Remigia los recibió en el quicio de la puerta. Abanico en mano, mientras oía las preocupaciones del comité en pleno, trataba de disipar los vapores de la melancolía que ya inundaban la casa.

Cabizbajos y culijuntos salieron los señores de la morada de los Del Toro. Preguntas discretas, consejos y ultimátum; primero con bisbiseo y al final con estridencia, de nada valieron.

¿Qué hacer? Mariscal: a usted la decisión. Banderas consternadas por la derrota, declaró este finalmente, muy, muy pero muy a su pesar.

Cuando estaban prestos a anunciar la cancelación de la feria, el desfile y el gran baile, Crispín, el peón que limpiaba el establo y daba de comer a las bestias de los Del Toro, dio un paso avante. Con su permiso doña Remigia, traigo un remedio para la señorita que no le va a fallar. Nada por la boca muchacho, no ve que ni agua quiere tomar. No se preocupe, nomás permítame llegarle a la joven y regáleme un poco de algodón.

Ya en la estancia de la reina en desgracia, Crispín sacó de la alforja un guacal. La madre, vencida por la desesperanza, lo miraba hacer. Señoritaaa, soy yo, el Crispín, vengo a ayudarla, decía el hombre mientras le buscaba la cara. Hizo una pelotita de algodón, la empapó en el líquido del guacal y le rozó los labios. Una, dos veces y nada, el líquido solo se derramaba por las comisuras de Rosa Margarita. No hay dos sin tres doña, vamos a tratar otra vez. Al tercer intento la despampanante joven dio un suspiro, sacó la lengua y sorbió. Crispín, ¡que responde, siga, siga! Y así lo hizo él.

Al cuarto algodoncito bañado movió una uña. Al quinto abrió los ojos. Cuando iba por el décimo sexto sorbo Rosa Margarita cogió el hosco contenedor, clamando entre lengüetazo y lengüetazo “quiero más, quiero más”.

Todavía un poco lenta por el ayuno prolongado y tanto reposo, Rosa Margarita se incorporó. Jaló a Crispín por el mecate que hacía de faja y lo besó sin reparos. No la detuvo que fuera de pata en el suelo, mucho menos el aliento a leche cuajada o la falta de dientes.

Toda alegre y repuesta Rosa Margarita se alistó con lo más sonado de sus perifollos de tul para recibir visitas; con flores y cantos, sus alumnos los primeros; más tarde, por supuesto, el comité del carnaval.

Pues qué le dio, hombre, cuéntenos. Nada, el rompope de mi abuelo, con aguardiente y requesón. Aplausos, algarabía; San Juan entero festejó la felicísima receta y la vuelta a la vida de su soberana.

Fue así como un ambicioso beso le deparó los favores de la reina al mozo Crispín. Ahí mismo el mariscal, instituyendo una nueva tradición, lo declaró rey de carnaval de San Juan del Monte.

 

Luvia Soto Cabrera, nacida en Alajuela, psicóloga laboral pensionada, ha trabajado en el sector público, en el no gubernamental y en el de cooperación internacional en temas laborales y de desarrollo social.
Actualmente vive entre Costa Rica e Italia.
Tallerista de “Escritura creativa” con Fabián Coto, Catalina Murillo y Arabella Salaverry.

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...