Macarena Barahona Riera, Poeta y catedrática de la Universidad de Costa Rica.

Etapa 1

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar
(Antonio Machado)

Hemos vivido un sueño que realizamos el pasado mes de julio, mi hijo, que había concluido el bachillerato internacional, y yo, que tomé unos días de vacaciones.

Habíamos decidido —ante la diversidad de caminos para llegar a la Catedral del Apóstol Santiago y por consejo de una querida amiga gallega (antigua compañera de estudios, y reconocida actriz, María Bouzas)—, elegir el camino de Vía de la Plata o, en gallego, Vía Da Prata.

Los caminos más célebres son El Francés, El del Norte, El Primitivo, El Inglés y El Portugués; con variantes y opciones, todos deben ser hermosos, unos con mayores ofertas para los peregrinos, unos más concurridos, por sus facilidades tanto geográficas como de albergues, hostales y pueblos con sus lugares de alimentación.

Unos son elegidos para andarlos en grupos ya organizados, donde la seguridad de la travesía colectiva es una gran experiencia, otros por su soledad y vistas panorámicas, sus lugares históricos y sitios de inigualable emoción mística.

Decidir es cuestión de varios elementos que cada peregrino descubre y analiza. En nuestro caso, no queríamos utilizar las rutas más turísticas, sino las más agrestes y naturales, pero de invaluable emoción histórica.

El camino de la Plata nos eligió, nos contagio de naturaleza y silencio, de fuertes pruebas de rendimiento físico y de soledad en largos trayectos, pues en los doce días de este recorrido, compartimos con pocos peregrinos. El camino de la Plata inicia en Andalucía, es un camino más antiguo que las rutas romanas (se unen los caminos celtas y árabes), pero fue utilizado para el tránsito en la antigüedad precristiana, cuenta con hermosos puentes romanos.

Decidimos hacer unos 150 Km de camino a pie, para constar en nuestras credenciales de peregrino, y desplazarnos de Madrid hacia Zaragoza en tren y, en autobús, desde los caminos de Castilla hasta el lugar de inicio a pie de nuestro camino en Ourense, donde se unen los caminos y es conocido como Camino Sanabrés. El Camino Sanabrés tiene su historia particular, pero antes narraré el mítico sentido de todos los caminos a Santiago.

Cuentan, que entre los años 812 y 814, en los albores de la Reconquista, en un castro (en Costa Rica, ‘propiedad o finca’) cercano a la ciudad de Iria Flavia, un ermitaño llamado Pelayo vio durante la noche unas luces ardientes, lo cual comunicó al obispo Teodomiro. Este verificó los hechos y descubrió los restos mortales del Apóstol Santiago el Mayor, que aparentemente habían sido trasladados hasta allí, tras su martirio por el año 44 de nuestra era. Este hallazgo inició el fenómeno de las peregrinaciones jacobeas.

El Camino Sanabrés o Mozárabe, como camino hacia la tumba del Apóstol, va de la mano de la Vía de la Plata, que asciende desde el sur de España en una red de monasterios, surgidos a raíz de la repoblación mozárabe y situados en la provincia de Zamora.

El peregrino fue trazando el camino desde que salía de su hogar. Esto es vital, aprender que el camino también lo hace uno, uno anda sobre el camino de otros, que por siglos andan y desandan en sus peregrinaciones de ilusiones individuales, de socorros y auxilios, de corazones felices o angustias que se quedan en los puentes, debajo de ríos, y antiguos y nuevos sembradíos. Así va el camino fundando sitios de peregrinaje, andando jacobinamente tras los sueños.

Etapa II

Todo pasa y todo queda
pero lo nuestro es pasar
(Antonio Machado)

El origen del camino Sanabrés o Mozárabe, que va de la mano del camino de la Vía de la Plata, asciende desde el sur de España y se conforma por una extensa red de pequeñas peregrinaciones hacia la red de los antiguos monasterios, fundados en la repoblación mozárabe, y es por donde actualmente el camino surca. Las estancias de este camino para peregrinos datan desde antes de la fundación de la Cofradía de los Falifos (1342) a los pies del Santuario de la Virgen de la Carballeda, hermandad que aún sigue vigente, propietaria del actual albergue de peregrinos.

También hay albergues de peregrinos en Verin, Monterrei, Allariz y Orense. La figura más antigua y conocida de Santiago con indumentaria de peregrino, del siglo XII, está ubicada en un portal de la iglesia de Santa Marta de Tera y se ha transformado en un profundo símbolo de este Camino. Lleva un zurrón decorado con una concha y un cayado en la mano derecha, y su mano izquierda abierta a manera de saludo. Es una escultura bella y sobria; nos refleja un caminante en paz y armonía con él mismo y con la tierra a su paso. Su inequívoca señal de pescador andariego y su saludo representan ese estar con los otros iguales, que trajo el cristianismo en su nueva palabra, propagada por los caminos, en los andares del Apóstol Santiago.

Así, —en el andar de la Via da Prata (que proviene del árabe balot ‘camino empedrado’) y el Camino Mozarábe, espacios donde se unen los caminos militares antiguos de la Roma Imperial, de los árabes de Al-Andaluz, de los pobladores originales, de los celtas, del antiguo y atávico transitar de los humanos, buscando mejores estancias para hijos, para espíritus y lenguas, dejando huellas—, iniciamos nuestra ruta en la antigua Salamanca y en su albergue a orillas del Río Tormes y su emblemática Casa de las Conchas, y el majestuoso Puente Romano.

Transitamos dos días en ella, porque no me cabe duda de que esta ciudad es
femenina, su altivez y belleza lo manifiestan en cada callejuela y rincón; y sí, está hermosa en este verano, y bajo la sombra inquebrantable de Miguel de Unamuno anduvimos por el Puente Romano, sintiendo la profundidad de las huellas de los peregrinos de tantos siglos y futuros. ¿De qué color es la tierra?, ¿es del agua del río, es del cielo? Casi que el aire lleva, ¿color, o sol? Será la luz solar la que dispone la tonalidad amarillenta, los sembradíos de girasoles florecidos y todo se hace ocre, amarillo cielo, intensos verdes y pajizos pastos, y las pequeñas flores de los romeros florecidos… y el olor, olor a cielo de aire, a libertades por tierras y esa esencia atávica de los pies hechos pasos en movimientos, de sentir el cuerpo fuerte, y que nada nos detiene.

La libertad, sí, como escribió el poeta Antonio Machado en su final y en su búsqueda de libertad perdida: “Caminante no hay camino se hace camino al andar”, mi hijo llevaba la hermosa canción de “Cantares”, de Joan Manuel Serrat, como señal de inicio en la partida, de: uno, dos, tres, empezamos andar: “Caminante no hay camino se hace camino al andar”. Dejamos atrás Salamanca.

Etapa III

Pasar haciendo caminos
Caminos sobre la mar
(Antonio Machado)

Llegar al Albergue San Francisco en Ourense fue una ruta anhelada, el corazón atento para el paisaje nuevo, la mirada hundiéndose en los mágicos y embrujados verdes de Galicia y el deseo de vernos en las aguas del mítico río Miño.

En el camino dejamos atrás, Salamanca y Zamora y entramos por A Gudiña, a la provincia de Galicia, seguimos el trayecto por pueblos un poco tristes y con rostros de abandonos.

Verin, Laza, Campobecerros, Vilar de Barrio, Xunqueira de Ambia, Augas Santas. Abandonos históricos, políticos y nuevos símbolos de la usura financiera: construcciones hechas de baratijas, abandonadas, con un “se vende” hiriente.
Fantasmas que han dejado sus deudas a la gran mayoría de los trabajadores españoles: la gran estafa inmobiliaria, que como siempre, son los trabajadores quienes pagan las deudas de la usura capitalista.

Así es España, más parecida al tercer mundo que al primero, no se toca ni a la monarquía, ni a la iglesia y ni a los ricos. El pueblo paga y esta cabreado. El camino hacia Ourense y nuestro monasterio nos anuncia una soledad que no imaginábamos. Esta ruta es difícil por el ascenso de su geografía, pero creo sobre todo, que no es la más turística, porque estos pueblos pequeños han sido también abandonados en una crisis política y social desde la época de Franco.

Aquí se respira una tristeza del que no encuentra una alegría en el futuro, del que vive en la zozobra y las pérdidas. Uno pasa y no sabe si el tiempo que llevan va para mejorar o empeorar. Casas abandonadas, pocos habitantes, empleos imprecisos, migraciones de cadenas generacionales.

Uno pasa, caminante, peregrino, y solo lleva sus anhelos y esperanzas, sus preguntas para elaborar en el aire de los caminos.

El peregrino fue un constructor, un artesano de rutas entre uno y otro monasterio, entre los albergues, los hospitales de peregrinos, las rutas que las aguas marcaron, las señas, los ríos, las fuentes mágicas y sanadoras, los puentes.

Construyeron rutas y llevaron sus propias mercancías, establecieron ritos comerciales, culturales, de lenguas, elaboraron sus propias fechas para recordarse a sí mismos lo que recogían y dejaban en sus caminos.

Nosotros viajamos acompañados por nosotros mismos, esto es hermoso, radicalmente hermoso, pero no llevamos nada para el antiguo rito de compartir, para trocar, para obsequiar, o ¿sí?

Vemos desde lejos descender al majestuoso río Miño (llega desde sus famosas Terras do Miño), recorremos sierras, subimos y descendemos en un valle donde la cuenca del río es su gran señorío.

Esta él, el río Miño, están puentes, antiguos y modernos (hermosas obras ingenieriles), carreteras por arriba y por abajo, escaleras descendentes y ascendentes, una ciudad antigua, Ourense recostada a su lado, como en serena contemplación, y nos dirigimos al Convento Franciscano para nuestro pequeño ritual. Anochece y necesitamos descanso y comida. Peregrinos.

Etapa IV

Al andar se hace camino
Y al volver la vista atrás
Se ve la senda
Que nunca se ha volver a pisar
(Antonio Machado)

Amanecimos en el centro histórico de la ciudad el 1 de julio, es verano pero las tierras gallegas no se rinden fácil al calor y la moda veraniega de los orensanos les hace pasar frío, las temperaturas oscilan entre los 18 y 21 grados.

Desayunamos con nuestra ilusión de peregrinos y con las credenciales estrenadas en el Albergue Hospital San Francisco en la Rua Emilia Pardo Bazán (en el centro de esta avenida hay una bellísima escultura de esta gran dama de la literatura gallega), donde nos atendieron muy cordialmente y compartimos con otros peregrinos españoles y europeos.

Salimos a callejear, ese andar primigenio de deambular por las callejuelas antiguas del centro histórico y apreciar, desde escalinatas y aceras que suben y bajan, esta ciudad que lleva en sí el movimiento arquitectónico de las laderas de uno y otro lado del Miño. En ella descubrimos una luz distinta, una gama de blancos perlados, la luz solar de agua de fondo de piedras de río y emanaciones vegetales olorosas a sulfuros y minerales.

En la historia de Ourense destaca la presencia romana: el puente de origen romano sobre el río Miño, algunos restos entre los que sobresale un ara dedicada a las ninfas de las aguas cuya réplica se encuentra en las Burgas (aguas termales), o los lavaderos de oro de las orillas del río en Oira.

Precisamente este preciado metal dio nombre a la ciudad: Auria, palabra latina que haría mención a las arenas auríferas del río Miño. Aunque también se lee que proviene del alemán Wurm see (lago caliente, haciendo referencia a las aguas termales).

Los reyes suevos Teodomiro y Mirón establecieron aquí su corte, y parece que el rey Carriarico, en el siglo VI, comenzó la construcción de la primera catedral en honor de San Martín de Tours, al que se encomendó para pedir la curación de su hijo leproso. Unas veces los normandos, y en otra Almanzor, arrasaron la ciudad hasta que con la repoblación llevada a cabo por Sancho II, comienza un periodo de tranquilidad y esplendor.

A partir de este momento será un lugar obligado de paso para los peregrinos procedentes de tierras portuguesas y del oeste español a través de la Vía de la Plata. Las guerras con Portugal a mediados del siglo XVII y a principios del siglo XVIII, y después la de Independencia a principios del siglo XIX, van dictando la historia de la ciudad.

Uno de los atractivos de esta ruta, son los puentes y trayectos de las calzadas romanas, y sentir que a cada paso que damos, donde nuestros ojos se posan, y nuestro corazón pulsa, otros miles anteriores, dejaron su sombra perderse en la calma y el sosiego del que se sabe caminante, transitando. Actualmente es la tercera ciudad de Galicia en población (110.000 habitantes). Y justo al frente de la Catedral, está la Plaza Mayor de donde sale el único vehículo permitido, un trencito turístico que nos lleva a pasar sobre el Ponte Romano Vella (de la época de Augusto) sobre el río Miño y se dirige a las famosas termas al aire libre de A Chavasquiera y Pozas do Muiño da Veiga.

Hacemos el ritual del peregrino que llega a Ourense, descansar, callejear, deambular, sentir la inmovilidad del tiempo en estas antiguas aguas termales, donde sus minerales y su temperatura sanan pies adoloridos, desde los tiempos más antiguos.

Y contemplando el bello cauce, la sierra y el agua que fluye como un ojo abierto de nuestra conciencia, de nuestro anhelo espiritual, nos hacemos un poco más felices y agradecidos en este campo de aguas, como estrellas que nos esperan en esta ruta.

Etapa V

… golpe a golpe
Verso a verso
(Antonio Machado)

Estoy aquí dando un paso a la vez, estoy aquí para poder volver a ver cosas, que sé que están, como la huella del andar que he dejado de ver, las cosas vuelven a aparecer tras la lluvia tímida que nos envuelve, y los rayos de sol se esfuerzan entre las nubes, e iluminan largos sembradíos de trigo con espigas relucientes en estas hermosas montañas.

Siento mis ojos, con la mirada de todos los peregrinos, posarse del cielo al horizonte, del camino empedrado a la cruz del camino. Señales que nos construyen, nos definen: peregrinos. Este aire no es el mismo, los trigales serán nuevos, la lluvia otra y, sin embargo el frío me acoge y me hace hervir en emociones agolpadas, como si todos los peregrinos hurgaran mi corazón y en ese movimiento ancestral del peregrino, el fluir de un sentir colectivo, esa unidad espiritual que ha quedado en los caminos, lo sobrenatural de la existencia material de cada uno; se respira, se anda.

La emoción queda en el color de la tierra, en el aroma de este viento fuerte, en el tacto de la roca hecha cruz que me espera a lo lejos, guiándome al norte, con sus concha vieras, mudos homenajes a los pescadores como Santiago, temerario aventurero, marino de fe, navegante del tiempo.

El camino asciende, es todo silencio por horas, mi hijo lleva música celta y dirige en su enérgico andar, una alegría primigenia con sabor esencial y estrenada libertad. Nos dirigimos al siguiente Albergue en Piñor de Cea, nuestro trayecto supera los 30 Km y nos iniciamos a nuestro ritmo, calculamos cada día más o menos la misma distancia; sin embargo, la dificultad del terreno nos sorprenderá: altura, elevación, ascensos, dificultades (para mí) de bordear y pasar altos despeñaderos y cauces de hermosos ríos. Rituales de caminantes, nuestros comestibles y agua… agua…

Caminamos desde Ourense a Cea, pasando por pequeños poblados: Cudeiro, Sartedigos, Tamallancos, Bouzas, Sobreira, Biduedo. Aisladas casas de campesinos, muchas abandonadas, la gente emigra.

Una línea de peregrino y campesino empobrecido se dibuja en la tierra, y al saludar de alguno, sus ojos aprecian nuestro andar y nos quedamos con sus buenos deseos, pero también con la tristeza de su rostro.

Campesinos que se saben de una raza antigua, de los de “antes”, se dicen ellos mismos, somos los últimos antiguos que trabajan esta tierra. Sus hijos y los hijos de sus hijos… emigran… caminan en otras direcciones. Y nosotros ascendemos, tratando de asir lo imperceptible.

¡Buen camino! se dicen los peregrinos al encuentro, y así llegamos al albergue donde mostramos credenciales, ya en el ritual mudo de mi cansancio completo. Mi hijo conversa con los pocos peregrinos del Albergue y se informa de las nuevas dificultades para día siguiente. Nuestra energía lleva fuego y basta descansar, tomar vino y cenar.

Etapa VI

Fin de Ruta Xajobea. Fisterra

El tiempo viaja a paso diferente con personas
diferentes. ¡Te diré con quien el Tiempo camina
al paso, con quién el Tiempo corre, con quién el
Tiempo galopa y con quien permanece quieto!
(William Shakespeare)

Uno se separa de las circunstancias vitales, de los días y los trabajos, y lo superficial, lo accesorio e inútil de nuestras preocupaciones, desaparece.

En estos días mi desnudez llega a lo esencial: una mujer que camina junto a su hijo por tierras que miles han recorrido. Uno pasa el pie sobre la huella de otros y no hay soledad posible: el pasado, la pertenencia, se desdibujan, me queda la fresca lluvia sobre el rostro, la mirada brillante de mi hijo y la luz pálida del sol entre las nubes de la hermosa Galicia.

Una mujer que camina libre de pensamientos y pasados. Estar en un presente de olor a tierra: andando, liberando mi sueño y mi deseo para respirar al lado de caseríos medievales y piedras que susurran en las ermitas y cementerios antiguos.

Todos los caminos nos llevan de la mano, cada día el tiempo se detiene y el paso, como un péndulo que no se cesa, es solo movimiento, un continuum de voluntad física y espiritual.

El tiempo parece no suceder a lo externo, los nombres de los días quedaron en la última ciudad y cada día llegamos a un sitio, al único sitio posible: el albergue señalado.

 

En Revista Herencia Vol. 26 (1 y 2), 137-144, 2013

Macarena Barahona

Por Macarena Barahona

Catedrática universitaria, se dedica a la docencia e investigación de temas culturales, políticos y de las humanidades en la Universidad de Costa Rica. Realizo estudios de letras y ciencias sociales en España y Costa Rica. En la Universidad Complutense  de Madrid se doctoró en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, en la Universidad de La Salle de Costa Rica se graduó en el Doctorado en Educación, Licenciada en sociología de la Universidad de Costa Rica. Escritora, docente, ensayista y columnista de prensa del periódico costarricense La República desde 1998 e integrante del Consejo Editorial de La Revista CR.  Naturista y viajera.