Macarena Barahona Riera, Poeta y catedrática de la Universidad de Costa Rica.

De las cualidades naturales y sobrenaturales más apreciadas, siempre serán la belleza y la inteligencia las que sobresalen en los deseos y los sueños de los hombres y las mujeres en todas las culturas. Quienes resumen estas preciadas cualidades, ambicionadas por los humanos, son en la más perfecta expresión, los ángeles y los ángeles superiores: los arcángeles, quienes en sí mismos son el símbolo, una especie de hombre celestial que no tiene sexo, para no ser deseados por los humanos y más concretamente para no ser deseados por las mujeres.

Sin sexo no son poseíbles, no serán deseados a plenitud, dijeron sus padres. Pero serán la esencia de los ritos de los humanos, brillarán por el esplendor de su fuerza, de su belleza, de su poder, de su inteligencia. Serán los seres superiores, los invisibilizados de las pasiones, las que aquí abajo debemos sortear, o vivir o mitificar, o matarnos o dominarnos los unos a los otros, siguiendo el revés del divino mandato de amarnos los unos a los otros.

¿Podría una mujer ser arcángel?, ¿o serafín o ángel raso? ¿Por qué los senos de los ángeles no existen? Somos demasiado sexo. O demasiado bellas. O demasiado inteligentes.

Quién preferiría la beatitud y martirio de las vírgenes, a las miles de aventuras y vuelos cósmicos de los ángeles, sin sexo, aliviadas de preñeces y persecuciones mitológicas, de diablos tentadores y faunos raudos y veloces al ataque. Quién no preferiría esas bellísimas alas desplegadas entre vaporosas túnicas surcando los cielos.

Demasiado para los otros

Sí las mujeres no fuimos arcángeles en el gran reparto universal, si hay mujeres con las cualidades de los ángeles y de los arcángeles; la belleza y la inteligencia. Y por parecerse tanto y en demasía los amigos más íntimos de Dios, son juzgadas y marginadas de los goces terrenales. Tienen sexo. Son los ángeles del sexo. Los peores pecados capitales a la sombra de sus huellas. Porque dejarán tras de sí la envidia, lujuria, avaricia y egoísmo que sienten a su paso los demás. Son ángeles que tientan, que hacen débiles a los demás, porque estos se ven a sí mismos en su ruindad.

Para mí, Yolanda Oreamuno fue una especie de arcángel, fundidas en ella una belleza perfecta, una personalidad libre y una inteligencia honesta y certera. Ella en medio de una tierra de envidia se hipocresías, un pueblo patriarcal y de doble moral, en una época en que las mujeres tenían los límites de sus cercas marcados, donde ellas mismas ayudaban en la tarea de vigilarse unas a las otras, señalando a la que osaba salir de los establos.

Y ella osó, y fue castigada bíblicamente, osó escribir y decir que la democracia era de juguete, que la belleza era relativa, que escondernos y mentimos, que tapamos la miseria, a los indígenas, a los negros, para creernos más blancos y más listos que toda Centroamérica.

Amó y fue castigada, las leyes de entonces la privaron de su maternidad, fue separada de su hijo Sergio, para siempre; lo buscó, lo veía furtivamente, aquí, y en Guatemala. Enfermó de cáncer -cuán común es el cáncer para las mujeres que arrastran dolores en silencio-, emigró en busca de paz y libertad a México, donde nunca le han negado a nadie su hermosa tierra, amistad y su cultura sincrética y vibrante.

Nunca dejó su país, porque, como las madres que aman, dijo, corrigió, y se alzó solidaria a las horas cumbres y trágicas.

Ella hablaba por sí misma de una Costa Rica que deseamos todavía, de un ser costarricense, auténtico, solidario, justo, para que en este pequeño país se acabe la hipocresía económica, la hipocresía política y la miseria cultural; para que se abonen los caminos de la inteligencia y la libertad.

Nada más libre que su producción narrativa: cuando la moda del costumbrismo y el realismo social florecía. Yolanda Oreamuno buscó nuevos caminos, otros estilos, tal vez más universales, más intimistas. Vivió a mitad de siglo las profundidades de la angustia del hombre posmoderno y, sobre todo, los retos y enfrentamientos de las mujeres de este siglo, que aún vemos con horror como muchas aún se inmolan en sus hogares a manos de los hombres que aman.

Como homenaje en convocatorias o memoria diré que estoy segura de que su presencia embriagará más jóvenes para admirar su talento, su creación literaria, su valentía y honestidad de procurarse una vida fiel a sí misma.

 

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Por Macarena Barahona

Catedrática universitaria, se dedica a la docencia e investigación de temas culturales, políticos y de las humanidades en la Universidad de Costa Rica. Realizo estudios de letras y ciencias sociales en España y Costa Rica. En la Universidad Complutense  de Madrid se doctoró en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, en la Universidad de La Salle de Costa Rica se graduó en el Doctorado en Educación, Licenciada en sociología de la Universidad de Costa Rica. Escritora, docente, ensayista y columnista de prensa del periódico costarricense La República desde 1998 e integrante del Consejo Editorial de La Revista CR.  Naturista y viajera.