Mandlenkosi Makhoba, la leyenda de una víctima del ‘apartheid’ y la nueva Sudáfrica

El 25 de junio, Mandlenkosi Makhoba, uno de los últimos de su generación de líderes sindicalistas de la Federación de Sindicatos Sudafricanos (Fosatu), fue enterrado a los 78 años en la majestuosa llanura Mahlabathini en Kwazulu-Natal.

Los trabajadores de la industria, como Mandlenkosi, constituyeron las bases de la Fosatu en 1979, cuando las organizaciones democráticas de trabajadores forzaban al sistema apartheid para que se reconociesen las organizaciones sindicales. La federación continuó ganando derechos para los trabajadores negros, contribuyó a la creación de un nuevo orden en el trabajo y al establecimiento de un convenio colectivo de trabajadores, mientras desafiaban el racismo y la desigualdad. En 1985, sentó las bases para la formación del Congreso de Sindicatos Sudafricanos (Cosatu), movimiento sindical que resultó decisivo en la transición democrática.

Mandlenkosi fue uno de los agentes del cambio que dieron lugar al movimiento sindical moderno de Sudáfrica. Sin embargo, no fue uno de los beneficiarios. Su muerte marca el fin de la era de los “obreros”, trabajadores de la industria que fueron utilizados como mano de obra y a los que se les denegó la educación, pero que representaban la solidaridad de los trabajadores.

La vida de un obrero bajo las condiciones del apartheid

La historia de Mandlenkosi ilustra la transformación de los sindicatos consolidados, desde la voz del obrero desfavorecido que luchaba por su reconocimiento hasta el trabajador de clase media actual que está relativamente más amparado. También representa a los perdedores de la nueva Sudáfrica, mostrando cómo crece y se reproduce la desigualdad sistemática. Su vida narra la historia de los sueños perdidos y de la necesidad de recuperar a una generación que está desapareciendo.

Las historias de estos obreros y obreras quedaron durante mucho tiempo eclipsadas por los grandes hombres y mujeres de la exitosa lucha por la democracia. Afortunadamente, Mandlenkosi vivió para ver la reedición, en 2018, de su autobiografía, The Story of One Tells the Struggle of All: Metalworkers under Apartheid. Su historia vaticina lo que ha ocurrido tanto a nivel local como mundial, cómo se expulsó de las fábricas y las minas a la mano de obra organizada a costa de los avances tecnológicos y el auge del neoliberalismo.

Mandlenkosi Makhoba hace 40 años.
Aportada por el autor

Conocimos a Mandlenkosi siendo fundidor de Rand del Este, ahora Ekhuruleni, hace unos 40 años, mientras investigábamos el cambiante mundo laboral de la industria metalúrgica. Este fornido “obrero” arquetípico ya vertía metal fundido para moldear piezas de maquinaria antes de que se tomaran en serio la salud y la seguridad laboral.

Junto a muchos de sus vecinos, había emigrado desde su casa en el Bantustan de KwaZulu para desempeñar los trabajos más duros que requerían de fuerza física y de disciplina industrial. Los bantustanes eran las áreas rurales subdesarrolladas donde se obligaba a vivir a los negros bajo las condiciones del apartheid.

Considerado como un “aprendiz de fundidor” sin cualificación en la época de la segregación, Mandlenkosi cobraba menos que los “supervisores” blancos a los que él mismo había enseñado. «Eso me ponía furioso», dijo entonces.

«No cobro lo mismo que él, ¡pero se supone que soy su maestro! ¿Cómo puede ser que alguien inteligente reciba lecciones de un estúpido como yo?»

Durante su vida laboral, Mandlenkosi residía entre la ciudad y el campo. Vivía en un complejo de albergues segregados por sexo para trabajadores negros migrantes en Vosloorus, al este de Johannesburgo, a un viaje en autobús desde su lugar de trabajo. Estaba realmente disconforme con las condiciones insalubres del albergue y la falta de privacidad, con 16 hombres en una habitación y no mucho mejor que los complejos mineros y las literas de hormigón a los que estos albergues habían sustituido. Los hombres debían prepararse la comida tras una jornada de trabajo y sus correspondientes desplazamientos. Los robos eran muy frecuentes, y los excesos con el alcohol y las agresiones violentas marcaban los fines de semana.

Además de esta sensación de miseria, quedaba la aceptación resignada de ser incapaz de tener una vida social normal. Lo más preocupante para Mandlenkosi era volver a casa, en Mahlabathini, solo para encontrarse con su pérdida de autoridad como padre. Esto le afectó profundamente.

«Cuando un hombre vuelve a casa, ya no se le respeta más porque ha estado lejos durante mucho tiempo».

El sindicato

Por tanto, no es de extrañar que en julio de 1979 Mandlenkosi se uniese a un entonces incipiente sindicato metalúrgico que, con el tiempo, se convertiría en el Sindicato Nacional de Obreros Metalúrgicos de Sudáfrica. Mandlenkosi explicó:

«Me uní al sindicato porque los patrones no trataban a los empleados como seres humanos, sino como animales».

Los hombres que formaban parte del sindicato venían de distritos similares en KwaZulu y otros lugares, y compartían la crudeza de vivir en los albergues. En otras palabras, les unían redes de apoyo mutuo.

Aunque Mandlenkosi había trabajado en la ciudad de forma intermitente durante 20 años cuando lo conocimos, su imaginario cultural se había formado en los valores rurales:

«Trabajo aquí pero mi espíritu está en Mahlabathini. Está allí porque vengo del campo. Nací allí, como mis padres».

En 1983, lo despidieron de la fundición por haber participado en una manifestación no autorizada. Tras varios períodos de trabajo temporal, volvió a casa definitivamente.

Las penurias de la vida rural

En 1991 lo localizamos en su finca en lo alto de una montaña en Mahlabathini. Había conseguido 15 cabezas de ganado, 10 por el ilobolo (dote de esposa) de sus dos hermanas mayores.

Quince personas, su mujer y sus catorce hijos, vivían con él en los seis rondavels (chozas de estilo africano) de su impecable finca, desde la que accedía a la tierra en la que cultivaba maíz y algunas verduras.

Sin embargo, un análisis más detallado del hogar revelaba una triste realidad: la casa de Mandlenkosi era una versión de una barriada rural. Los niños pasaban los días haciendo las labores domésticas, cortando leña y recogiendo agua dos veces al día de un arroyo que estaba a medio kilómetro. Su dieta, excepto en ocasiones especiales, se limitaba a harina de mijo, y a menudo pasaban hambre.

A medida que los niños crecían y se independizaban, la salud de Mandlenkosi empeoraba. Incapaz de continuar trabajando en una tienda de la zona, la falta de alimentos se intensificó. Mientras se adentraba en una época lúgubre de su vida, enfermo de Parkinson, la familia se empobreció demasiado como para poder cultivar la tierra y las ilusiones de antaño por comenzar una nueva vida en una sociedad mejor se habían convertido en “un sueño”.

La desigualdad de oportunidades de vida que sufrió Mandlenkosi continúa, puesto que sus hijos son parte de los millones de trabajadores marginados que apenas logran subsistir en las barriadas rurales y en asentamientos irregulares alrededor de los grandes núcleos urbanos.

Hoy en día el Congreso de Sindicatos Sudafricanos (Cosatu) acoge trabajadores relativamente privilegiados del sector público, un tercio de los cuales posee titulaciones por encima de la enseñanza secundaria y el 40% tiene un trabajo adecuado a su formación. La producción en la fundición en que Mandlenkosi trabajó está en gran parte robotizada.

A la desaparición de muchos trabajos manuales se suma el despido de la mano de obra tradicional debido a la precariedad laboral en la era digital.


Artículo traducido con la colaboración de Casa África. Traducción: Alberto Domínguez.


The Conversation

Edward Webster recibe fondos de la Fundación Ford y de la Friedrich Ebert Stiftung. Está afiliado al Centro del Sur para Estudios de Desigualdad, Universidad de Witwatersrand.

Paul Stewart no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Publicado originalmente en The Conversation

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...