Mantequilla o cañones: entre la guerra y la paz

"La guerra es algo muy serio para dejarlo en manos de los militares", decía Clemenceau; la paz actual es también algo, demasiado serio que nos concierne a todos.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Cuenta una vieja anécdota que dos soldados enemigos, un prusiano y un cosaco, se encontraron desarmados en una trinchera en medio de una batalla y no pudiéndose exterminar, entablaron conversación: “Dime, ¿por qué luchas?”, preguntó el primero. “Yo, por hambre, por conquistar botín, ¿y tú?”. “Por obtener gloria y honor”. “¡Qué curioso”, concluyó pensativo el cosaco, “cada cual lucha por lo que no tiene!”.

La guerra es posible, sin duda, porque el que va a ella se lanza convencido de que la bala no le va a tocar a él sino al compañero vecino. Pareciera que existe un sentimiento de inmortalidad y de invulnerabilidad profundamente inculcado en los hombres, que hace posible que otros hombres lo lancen de carne de cañón a la masacre.

Las diversas especies se entredevoran unas a otras con el fin de sobrevivir, la dura lucha por la existencia que impone la naturaleza ciega así lo exige. Pero el hombre es, sin duda, el único ser que se autoextermina, y que comete suicidio colectivo. “El hombre es el lobo del hombre”, exclamó Hobbes, en lo que pareciera ser una confirmación más de que el humano es un fenómeno aberrante en la naturaleza.

“La diferencia entre la guerra y la paz” – solía decir Lincoln, citando a Herodoto – “es que en aquella son los padres los que entierran a los hijos”. La diferencia entre la guerra total de antes y la de ahora, podríamos añadir nosotros, es que ya nadie podría enterrar a nadie, ya que el planeta se convertiría en un esférico y candente cementerio.

Antes las batallas consistían en combates de cuerpo a cuerpo, era indispensable el coraje, la astucia, el ingenio, la disciplina y la organización; el condotiero renacentista y Napoleón fueron el prototipo del combate viril, audaz, intrépido y genial. La guerra moderna se ha ido sofisticando prodigiosamente; se volvió masiva, impersonal, a distancia, mecanizada, burocratizada y hasta electronizada.

La Primera Guerra Mundial fue una etapa de transición, que consistió en batallas de trincheras, frentes inmovilizados, tácticas absurdas e inútiles de desgaste rápidamente neutralizadas. Su costo fue de: trece millones de muertos, veinte millones de heridos, enormes zonas agrícolas e industriales totalmente arrasadas y $225.000 millones de deudas (de aquella época) y, sin embargo, nadie escarmentó.

La Segunda Guerra Mundial, a su vez, tuvo su propia originalidad. Bastó el toque de clarín de un megalómano mediocre, encaramado en el pedestal del III Reich y el noventa por ciento de la humanidad se vio arrastrada en un conflicto que requirió la movilización total de los recursos materiales y humanos. Toda la economía y hasta la población civil estuvieron subordinados a la economía de guerra; el saldo fue de cincuenta millones y cinco de muertos, devastación masiva, desolación y un genocidio cruelmente refinado. Después, borrón y cuenta nueva: reconstrucción, rehabilitación y una renovada carrera armamentista. Es “la hora veinticinco”.

La tercera guerra tendría a su vez sus rasgos de singular y macabra extravagancia, ya que sus estragos no se calculan en las cifras convencionales de exterminio, sino en “megadeads” -equivalente a un millón de muertos-, término acuñado para expresar el poder devastador acumulado por las superpotencias cuyos arsenales nucleares cuentan con 5.500 cabezas atómicas equivalentes a un potencial destructivo de 11.000 megatones – cada uno corresponde a un millón de toneladas de nitroglicerina -, con lo cual cada uno posee un potencial diez veces mayor del necesario para devastar a su enemigo. Lo paradójico es que se convertiría en la guerra más corta que hubiera conocido la historia, pues se contaría con un minutero. La paz actual se asemeja al tormento de Damocles y sólo es posible por el terror de que se desencadene el conflicto nuclear; pero el costo de esa paz es más oneroso que el de una guerra clásica.

Cuando Hitler arengando al pueblo alemán preguntó: “¿Qué prefieren mantequilla o cañones?”, un eco delirantemente fanatizado vibró: “¡Cañones!”. Si hoy se le preguntara a la humanidad – particularmente a los dos tercios que viven en una miseria famélica – en qué prefiere que se inviertan los $200.000 millones que las grandes potencias invierten anualmente en armamentos, que al poco tiempo se convierten en chatarra – o tan sólo los $30.000 anuales que un pueblo tan sano como el americano desperdicia en la guerra de Vietnam, – posiblemente la respuesta no sería la misma.

Desgraciadamente las palabras pronunciadas por U Thant en la celebración de la O.N.U. “Debemos pasar de la política de poder a la de responsabilidad colectiva” recogen poco eco, porque el hombre no ha podido alterar su naturaleza de bestia inhibida y autodomesticada en el breve transcurso de unos milenios, adaptándola al vertiginoso y prodigioso progreso técnico que él mismo ha desencadenado.

La disposición bélica se ha tratado de explicar aduciendo a diversos móviles. Uno ha sido el económico, las guerras provocadas por la penuria material -la razzia o fisiológica – el Rapto de las Sabinas. Otras, a la inversa, por motivos de opulencia y superproducción: política de pleno empleo, incentivos a la producción, competencia de mercados y materias primas, pero generalmente se ha exagerado la nota en su importancia real.

Se han invocado los motivos demográficos, como la sangría o válvula de escape al exceso de población, que sugiere G. Bouthouil, eminente polemólogo francés, según lo cual las sociedades automáticamente provocan hemorragias demográficas para limitar la población, provocando un déficit demográfico, con lo cual la guerra se convertiría en una institución con una función reguladora en forma cuantitativa, de los recursos humanos.

En muchos casos los conflictos surgen por motivos causales o coyunturales: la vendetta, el revanchismo hereditario y tradicional, seudomesianismos doctrinarios o auténticas cruzadas, así como políticas calculadas con miras a distraer y a desviar la atención de otros problemas internos que erosionan el prestigio de los que gobiernan o de otras formas de conflicto – ideológicos o de clases – provocando para ello la xenofobia y el etnocentrismo manipulado mediante la propaganda.

Pero todo esto no basta para explicar la predisposición psicológica de un pueblo a la beligerancia militante. Posiblemente la clave se encuentre en la médula misma de su naturaleza y es que para provocar ese estado de ánimo, basta con apelar a las pasiones más negativas, burdas y primitivas: el odio, la venganza, la codicia, la lujuria, la avidez, el miedo, la susceptibilidad y la frustración, generalmente revestidas con el mito y el manto de la legitimidad.

Es de esperar, a pesar de todo, que las palabras del Secretario General de la O.N.U y la bien intencionada exhortación del Presidente Figueres no se conviertan en prédicas en el desierto o surcos en el océano. Un poco de esa sabiduría oriental que consideraba a la guerra como un acto de barbarie – hasta su contacto con occidente -, unido a las maravillosas posibilidades que ya nos ofrece la tecnología moderna, es posiblemente la ecuación necesaria para abrir perspectivas de una prosperidad generalizada de alcances inimaginables.

“La guerra es algo muy serio para dejarlo en manos de los militares”, decía Clemenceau; la paz actual es también algo, demasiado serio que nos concierne a todos.

El autor es académico, Politólogo, y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Políticas

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