María Bonilla Picado

Me dio un golpe en el corazón, la maravillosa y sangrienta biblioteca de El nombre de la rosa y en ese instante recordé mi conmoción cuando entré por primera vez a la Bibliotèque de l´Arsenal, en París, que dirigía André Veinstein, mi siempre añorado director del Doctorado que hice en La Sorbona y aún más atrás, se me hizo clara la imagen, ante la demolición de nuestra amada Biblioteca Nacional, a la que mi padre me llevó en mi infancia y que dirigía Julián Marchena, de nuestros corazones angustiados. Mi papá, que tenía en mi casa una maravillosa biblioteca, las tenía incrustadas en su corazón y en su quehacer cotidiano y entre las muchas maravillas que me heredó, ese amor ocupa un lugar tan único, que todavía lo llevó en mí.

Conservo en mis ojos la luz oscura y misteriosa de las cuatro bibliotecas, así como en las tres cuyos salones caminé, el silencio reconciliador, envolvente y el olor un tanto húmedo y penetrante de los inmensos estantes donde se ocultan los secretos pícaros que guardan las palabras.

En los años que siguieron en mi vida, las he extrañado tal y como las conocí y creo que, a pesar de que forman parte de una época ya perdida para mí, mantienen latente todo lo que aprendí y viví en ellas.

La nueva Biblioteca Nacional de Costa Rica, llena de luz y frente a un parque hermoso, no guardaba, para mí, esa emoción y, sin embargo, la gestión de su actual directora, Laura Rodríguez, ha abierto mi corazón a ese lugar que abriga, entre los enigmas de las palabras, a los creadores. Como escritora, he leído y presentado mis libros para grupos de colegio y público en general; como mujer de teatro, he realizado lecturas dramatizadas de textos inéditos; como madre de un artista plástico, he asistido a exposiciones suyas; como mujer de mi país y de mi tiempo, he tenido la oportunidad de asistir a eventos importantes para estos tiempos revueltos en los que vivimos.

¿Qué más puede pedirse? Sí, claro, presupuesto para tantos otros proyectos de esta cultura maltratada y dejada de las manos de los hombres, en este, mi pobre país.

En este momento, me basta dejar constancia en esta escritura, que tenemos instituciones y funcionarios, como prueba la Biblioteca Nacional, creadores de diversas artes y público valioso, como tantos de nosotros, en pie de lucha, por no sobrevivir solamente, sino existir con todas las posibilidades que el ejercicio de lo humano implica, convencidos de que tenemos el derecho de ser, de aprender, de vivir, en lugares seguros y protegidos, las inmensas potencialidades de todo aquello que nos otorga identidad, razón de ser y futuro.