María Paz Rodríguez: El arrepentido

María Paz Rodríguez.

Cuando mi amigo Miguel me lo contó decidí compartirlo a ver si les parece que tengo razón para no estar de acuerdo con él, porque no logra sentar cabeza:

—Le cuento pero no lo repita, Miguel, porque yo necesito mi trabajo, usted sabe— le dijo Matilde cuando él fue a entregar el pedido de la farmacia.

Parece que era algo serio porque la notó agitada, se había quitado el pañuelo de la cabeza y su abundante cabellera rojiza festejó su libertad a sus anchas. Me gusta, pensó. La tragedia que preocupaba a Matilde era algo cotidiano. El día anterior un berrinche del niño de la casa donde trabajaba, dejó a la familia conmocionada, enojada, asustada y otros “adas”. Llorando, gritando, buscando y otros “andos”

El chiquillo gritaba que no haría la tarea. ”!No quiero, aquí nadie me ayuda, no quieren ayudarme, no voy a hacerla!”. Y la mamá le explica con paciencia que ella quiere ayudarle y él no hace caso, y más alaridos, “¡nooo, nadie me quiere, aquí son muy injustos!”, contaba Matilde tratando de imitar al angelito de ocho años. Ella… con el pelo cada vez más alborotado -a él le gustaba cada vez más- gritaba en voz baja, para que no la oyeran adentro.

—Usted no sabe, Miguel— los ojos de Matilde se aguaron mientras le contaba que la madre se sentó a llorar en la cocina, después de toda una tarde de lucha, mientras el ”berrincheante” anunció a todo galillo que se iba de la casa, dando un portazo en su cuarto.

—No esté sufriendo, Matilde, los niños son así… Y al fin, ¿Cómo terminó todo? -le dijo Miguel para tranquilizarla, a ver si soltaba la puerta de la camioneta para poder irse aunque quería abrazarla y demostrarle su amor.

—Después de una hora de silencio, cuando salió la señora— continuó Matilde — pobrecita, los ojitos rojos y la carita asustada a preguntarme si había visto a Memito. Empezamos a buscarlo. Donde los vecinos, en el jardín, en los árboles frutales, en la bodega de atrás y nada…

—Bueno, bueno, y ¿apareció? — la apuró Miguel debatiéndose entre el deber y un deseo indomable de quedarse con ella todo el día.

—Sí, apareció, dormido en la banca debajo de la mesa de la terraza. No se veía por el mantel. Estaba abrazadito a su monstruo de peluche y a una bolsa de legos. Enrollado en su cobija de dinosaurios. Su amigo, su tesoro, su preferida.

El asunto fue que el papá estaba bravísimo y decidió dejarlo ahí un rato, pero el chiquito se despertó y lo siguió adentro diciendo que tenía hambre y si cenarían pizza y postre de chocolate. Así, tal cual.

Según Miguel, con tremendo sentimiento por la tristeza de Matilde, y aliviado de que al fin soltó la puerta, siguió su recorrido, pensando todo el rato en ella: su cabello, su sensibilidad, el chiquillo, el futuro, los HIJOS… y perder su libertad. Los rizos inquietos se le enredan en cada palabra.

En la siguiente parada…

—Buenos días Raquelita, aquí le traigo el pedido, mi reina.

—Hola, Miguel, qué bueno que hoy vino usted— saludó ella con su carita de muñeca, melosa, su cabello negro peinado a la plancha.

Se habría quedado con ella todo el día.

 

Soy María Paz Rodríguez, docente de preescolar pensionada. Mi afición por la escritura nació en los talleres de narrativa a los que asisto desde hace algún tiempo. Me gusta escribir cuento corto porque me permite desarrollar las chispas de inspiración que aparecen día a día y, si es posible, dar al lector un motivo para sonreír o hacer una pequeña reflexión.

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