Mariano Rosabal Coto

¿El futuro era esto?

La última vez que pisó este suelo, estaba  el Sacro Imperio Romano recogiendo los restos de la tiranía anterior. Tras novecientos años de venir equilibrando hacia oriente, el mundo recibía el primer milenio. Una más cae.  ¿Cuántas nuevas vendrán?

En aquel momento se le encomendó aplacar los miedos infundados por la entrada  del primer siglo.  Disuadir alarmas apocalípticas, rebatir las cábalas que declaraban la obsolencia de la humanidad.  Abrir espacio a la esperanza.

En medio de un silencio triste, las garúas de madrugada incrementaban el olor a sangre y competía con la densidad del aire putrefacto de ese cementerio al aire libre. El paisaje se iba tornando en el  banquete ideal para carroñeros de dos, cuatro, seis y ocho patas. ¡Tanta muerte, tantas veces sin saber cuándo iba a acabar!

Abriéndose paso en un suelo que respiraba en medio de los despojos más inimaginables: manos aún asiendo hachas, quijadas sin aliento;  espadas o lanzas se batían en el suelo con despojos  destrozados en cuanta forma animal o humana existiera. Vísceras desfloradas, ojos en sus cuencas, cuencas sin ojos, muchas veces coronando cráneos completos y otros mutilados. Como la más macabra orgía de entrañas, dominaban los campos hasta lo dónde la vista permitiera. Aún no entendía, como cientos de años después, permanecía el olor de la podredumbre de aguas anegadas con sangre, orina y heces.

Pero más fuerte que las imágenes, ha sido el escozor interno, en el centro del alma, ya encarnado desde hace tiempo. Miles de años no eran suficientes para que los desesperados llantos y su desgarrador canto, incesantemente desvelaran sus sueños más apacibles.  Así de pronto, en cualquier noche y también cualquier día.

Como un desgarro interno, alojado en cuanto resquicio pudiera albergar su cuerpo, la zozobra creptaba en su interior.  Sí. Era su misión. Era su don. Aunque muchas veces no lo creyera, pero quería creerle al supremo quien tantas veces se lo repetía. Debía cuidar de esta especie que ha fallado en no repetir sus peores historias. Toda incursión obedecía a un bien mayor, garantizar el porvenir, facilitar el futuro de una especie que aún no le atinaba a lidiar con el mundo y menos entre sí.

Así por los siglos de los siglos, Verdún, Tenochtitlan, Hiroshima, Bergen-Belsen, Xinkou, El Chorrillo  rueguen por nosotros;  Stalingrado, Saigón, sitio de Jerusalén, Termópilas, Arauco, Guernica, Kurdistán rueguen por nosotros; Monstsegur, El Quiché, Grozny, Alepo, Falua, Mosul, Mariúpol, Srebenica, Ruanda, tengan misericordia de nosotros.

Como testigo de siglo a siglo, había escuchado las más altas y genuinas promesas e intenciones de impedir guerras y genocidios; especialmente de las que se  proferían ante fosas comunes, campos  liberados  y los ultrajes heredados de generación a generación.

Hoy toca la tierra que pisó el supremo. Año 5784 para unos.  En medio de un edificio en ruinas, recién cercenado por morteros Soltam M-66 y rematados por cuanto misíl tierra-aire pudiera existir. Explora la que hasta hace una semana fuera la morada de alguna familia.  Siempre el hedor a dolor y desesperación impregnado en las paredes mutiladas. Ahora, los restos de muebles, ropa tirada, residuos de la cotidianidad por doquier y rastros de la última comida antes de la huída.  Una luz todavía funciona. El refrigerador abierto, iluminado, vacío, menos una rejilla.

Súbitamente rebotó en su interior una voz seca y profunda

-¡Uriel!

Uriel. Le repitió más pausado pero denso, como intuyendo lo absorto que estaría.

-¿Dónde estás?

No deseaba responderle ya. Intentó aplacar sus sentimientos desesperadamente.  Aunque logró paralizar su alma, no pudo dominarlo por mucho tiempo.  De su interior, implosionando, con una fuerza teñida de oscuridad irrumpe un gemido saturado de dolor, cólera y pavor.  No pudo articular palabra.  Como electrocutado, en su cabeza solo resonaba un nombre:  Rafah.

Nunca antes le había pesado tanto su inmortalidad. Todos los años,  todas las edades, todos los seres, todos los humanos.  Desde el Big Bang, todo pasó como una descarga en segundos mientras su cuerpo se paralizaba.

Uriel, obligándose a enmudecer. Un balbuceo que sale revienta sus entrañas:

-¿Terminar como carroñero de la humanidad?

-¡¿El futuro era esto?!

En la rejilla del refrigerador, el cuerpo inerte de un recién nacido había sido envuelto anticipando en la que sería su mortaja.


Mariano Rosabal Coto.
Estudió y ejerce la psicología desde hace más de 30 años. Docente e investigador universitario.