Mariano Rosabal Coto: Solo estar bien

Mariano Rosabal Coto

Solo estar bien

 

En los setenta, vacaciones que no eran en Puntarenas no eran vacaciones.

Todas las voluntades compactadas en el eterno bocho volcaban las expectativas a las arenas negras olorosas a sol y sal hervida.  El primer vaivén lo daba Cambronero y sus cuestas, luego venía el reto de quién divisaba primero el mar en el horizonte.  Quizá mi soñada recompensa era la leche en polvo, el picor del sirope y el helado deshaciéndose en mi paladar. El chúrchil de rigor. Pero el disfrute máximo, mi recompensa secreta, era el silencio que se levanta luego de que una ola rompía. Ni el agua, ni el sol, ni jugar en la arena les ganaron a esos silencios encapsulados entre cada reventar de ola.  Como un mantra, la pequeñez ante el océano desaparecía, el silencio en mi mente siendo uno con el mundo. Una mezcla entre placer y bienestar. Sin más que ser. Allí.

Durante esos viajes se me exoneraba del cargo de primogénito.  Parecía que mis padres necesitaran renovar su condición de autoridad. Así, en las vacaciones todos éramos hijos, sin orden de nacimiento. Mientras mamá mostraba sus mejores galas, papá se tornaba en alguien que casi no conocía. Un hombre común y corriente, liberado de su gabacha blanca. Esa metamorfosis de personajes contrastaba, como el calor fuerte y húmedo del Pacífico lo hacía frente al soso frío de la meseta central.  Nunca supe si el clima cambiaba a las personas o venía por otro lado.

Como que el calor y las vacaciones dieran licencia para hacer las cosas de forma diferente. Procuraba hacer algo para confirmarlo: omitir alguna solicitud de permiso menor, atreverme a hablar con otros niños en la playa o la piscina o dejar de pedir el arroz con pollo de oficio en el restaurante. Aunque el ambiente empujara a variaciones de rutinas, algunas cosas no cambiaban.  La habitual tensión entre mis padres no desaparecía, más bien se ampliaba con nuevos motivos e incrementaba en intensidad. Ese sabor, traído de la ciudad, siempre nos acompañaba fuéramos dónde fuéramos.

La noche que tocó la gran bronca, como era habitual, papá se puso a tomar whiskey y fumar.  Mamá siempre estuvo presente y yo para ella. Con el tiempo era más manejable para mí darle el consuelo por dónde le dolía. Quizá por ello, intenté de nuevo hacer algo diferente, lo busqué.  Papá siempre, solo, con la mirada perdida como si les rastreara los sonidos a las palmeras. Se le veía hablar solo, casi siempre en medio de lagrimones y   gimoteos. Solo pude mostrarle mi dolor más sincero y una súplica de que todo acabara para poder vivir un poco más tranquilos.

¿Entonces querés que nos divorciemos? Dijo descubriendo el sonido de su voz. Sostuve el aire mientras pasaba una bocanada de su humo por mi cara.

Un tímido “nolosé” y un “talvezpodríaser” fue lo último que recuerdo antes del bofetón que se estampó por el resto de mi vida.

Como sincronizados, siguió el reventar de las olas.

Su silencio me tragó.


Mariano Rosabal Coto.
Estudió y ejerce la psicología desde hace más de 30 años. Docente e investigador universitario.

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