Mario Ramírez Granados.

En la Antigüedad los griegos creían en que las vidas estaban trazadas de antemano, por seres divinos a los que llamaban Moiras, que a través de una rueca, estiraban y cortaban el hilo de la vida.  En otras mitologías (como en Roma), las Moiras eran llamadas las Parcas, y de las tres hermanas, tal vez la más conocida era Átropos o Morta, que se convertiría en la representación por excelencia del fin de la vida. 

Desde esta concepción, ya existía un orden preestablecido, y las personas vivíamos entonces para cumplir un destino, al que nos acercábamos con cada decisión de nuestra vida. Durante la Antigüedad, esta visión determinista se recogía  en epopeyas como la  Ilíada, que  contaba  el papel de Aquiles  durante la Guerra de Troya, o la Odisea, que  contaba  lo sucedido después de la Caída de Troya, en especial  las desventuras de Odiseo, hasta su accidentado regreso a su hogar, en Ítaca y; sobre todo , en las tragedias griegas. Tal vez la obra más famosa de esa época sea Edipo Rey, de Sófocles, donde sin importar los intentos de la familia del protagonista de truncar el destino que se le había pronosticado, cada movimiento terminaba por acercarlo.

El ascenso de la voluntad

Con el paso de los siglos, después del largo período medieval, y el regreso de los clásicos griegos y latinos, surgieron nuevos grupos y nuevas ideas, la Modernidad, que desafiaron las ideas de un destino y del orden preestablecido.

Frente al apego a la tradición, el individuo de la naciente Modernidad ya no era preso de sus circunstancias, sino que podía ponerse por encima de ellas. Esa idea del individuo que se produce a sí mismo también se reprodujo en la literatura, en obras como las novelas de aprendizaje.

En las novelas de aprendizaje son relatos ejemplares de como un personaje sin importar sus orígenes humildes, puede superarse a sí mismo y prosperar.  Es esta esperanza de superación la que le da le da la magia a las novelas de Charles Dickens y sus huérfanos, como el pequeño Pip de Grandes Esperanzas.  

Pip comienza la novela como un huérfano que vive al cuidado de su hermana y se forma como aprendiz de herrero, hasta que ayuda a fugitivo y su vida empieza a cambiar.  Aparece un benefactor anónimo, que le permite trasladarse a Londres y convertirse en aprendiz de comerciante y le abre un mundo de posibilidades. 

Otra novela similar, respecto a la posibilidad del cambio y redención son “Los miserables”, donde se asiste al ascenso moral de Jean Valjean, a pesar de las circunstancias: Así, un ex presidiario con un corazón dispuesto puede a partir de la influencia de un gesto de piedad, convertirse en el señor Madeleine, una persona de bien que con su esfuerzo logró crear una  empresa y transformar la vida de un pueblo, generando inspiración en sus semejantes.

La novela de aprendizaje describe el viaje hacia la madurez, así como los obstáculos del protagonista para llegar a su meta. Muchas novelas de educación, se convierten en el fondo en proyectos aspiracionales, que ofrecían a sus lectores una versión idealizada de que la lucha por un mejor futuro era posible, y que muchos personajes, eran gente como nosotros. 

Todos nos identificamos con el protagonista de la historia,  quien logra triunfar a pesar de las adversidades, porque  en el fondo  queremos  que nuestras vidas sean así, y que lo vivido, como en esas historias tenga su recompensa al final, mientras que aquellos que tratan de aventajar a otros mediante  trampas,  terminan  castigados. Sin embargo, con el tiempo, no todos los villanos llegarían a ser castigados, e incluso tendrían la posibilidad de contar la historia desde su propio punto de vista. Pero esa es otra historia.

Educar desde la ficción

Las novelas no solo generan la empatía del público, sino que tienen el potencial para crear valores, de educar mediante la ficción al identificar problemas, y mostrar las tomas de posición, sensibilizando al lector. Un ejemplo del papel educacional de la ficción fue la transformación de  Atticus Finch, el  padre de Scout en matar a un Ruiseñor, de un mero personaje de ficción a un modelo  a seguir  que  afectó  principalmente  la percepción  de los lectores blancos acerca del horro del racismo  en los Estados Unidos de los años sesenta del siglo veinte.

Otro ejemplo más reciente es la novela gráfica Persépolis de Marjane Satrapi, que recoge las vivencias de la autora durante su infancia y juventud en Irán durante las décadas de los setenta y ochenta.  El relato cubre el final de la dictadura del Sha, y la transición hacia la república islámica contemporánea, visibilizando desde los ojos de una mujer joven, temas como la opresión contra la mujer, la migración forzosa y la sensación de desarraigo en las personas desplazadas.

El papel de la ficción para inspirar y cambiar la realidad, no se limita a los libros ni es ajeno a otras producciones.  Un caso más cercano, y digno de mención ha sido el cambio en la temática de las telenovelas colombianas, que han ido incorporando problemáticas contemporáneas como la corrupción y el narcotráfico, pero incorporado desde la visión aspiracional de las protagonistas ideas como el empoderamiento femenino, la inclusión, y el énfasis en que el éxito no consiste en prosperar, sino en el éxito basado en la ética, pueda mostrarse y las personas vivan tranquilas. Ojala que estos nuevos personajes puedan con el tiempo sustituir el magnetismo que en su momento generaron las narco-novelas, que terminaban idealizando al bandido.  

Recuperar el valor de las novelas de aprendizaje, y de la ficción en general, a través de la fuerza del ejemplo, y de la posibilidad de inspirar actitudes y valores, debería ser parte de los programas de estimulación de la lectura, pero también deberían ser parte de las campañas en formación de valores, en un momento en que la ficción puede ser más eficaz que los discursos, para generar un cambio.