Mario Ramírez Granados: En las garras de la indolencia

Tal vez, el mayor obstáculo que enfrenta este sector se encuentra relacionado a un estereotipo que privilegia las actividades económicas dirigidas a directamente a generar ganancias, mientras que las actividades de carácter más cultural son vistas como un pasatiempo o una actividad secundaria, que vive como una Cenicienta, en donde el apoyo no se manifiesta en acciones concretas, sino que se convierta en gestos vacíos.

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Mario Ramírez Granados.

A mediados del 2020 escribía acerca del papel del arte en la sociedad, indicando que el arte se vuelve terapéutico en el medio de las medidas de confinamiento que habían generado las autoridades de salud a raíz de la emergencia generada por la pandemia del COVID 19. Muchas de estas medidas han ido siendo sustituidas a fin de garantizar la reactivación productiva.

En días pasados, la editora Evelyn Ugalde utilizaba las redes sociales para recordarnos que, a un año de la declaratoria de pandemia, y del inicio de las medidas sanitarias, estas medidas de reactivación económica no están alcanzando a las actividades culturales, así como la necesidad de una declaratoria de emergencia para el sector cultural.

Dentro de la compilación de testimonios de la Red de Emergencia Cultural, se habla de casos angustiosos como personas  que no tienen  ingresos  desde marzo de 2020,  es decir casi  un año  sin ingresos  activos, en una  sociedad donde el pago de los servicios  públicos, la amortización  de deudas y el consumo personal y  familiar  no se detienen. Otros han tenido que reducir sustancialmente sus necesidades a dar clases, pero la actividad docente no alcanza a cubrir a todo el sector cultura.

En una sociedad que ha prácticamente establecido un culto alrededor de la figura del  emprendedor, prácticamente olvidamos  que el arte  también es una actividad económica,  con frecuencia se nos  olvida  las condiciones  casi carenciales en muchos artistas  pasan antes de que el producto final salga a la luz. Se olvida que el artista también se arriesga en cada puesta en escena, en cada concierto, en cada libro que se anima a editar.

En esta sociedad de emprendedores vemos con frecuencia a los Ministerios de Economía, de Turismo, pero la voz del Ministerio de Cultura, ha estado prácticamente ausente.  Esto llevó a que una serie de organizaciones de diferentes artes, presentaran por su cuenta una Ley de Emergencia Cultural que trata de resolver algunas de las inquietudes y necesidades de las personas que practican este tipo de actividad y que se tramita en la Asamblea bajo el expediente 22163 desde  finales de agosto del 2020.

Sin embargo, la cultura no ha contado con los reflectores que tienen otros sectores. La discusión parlamentaria acerca de la cultura prácticamente se centró en la discusión respecto en los recortes presupuestarios al sector, pero se deja de lado el caso de las empresas culturales y la necesidad de que sean tomadas   en cuenta dentro de la reactivación económica.

Tal vez, el mayor obstáculo que enfrenta este sector se encuentra relacionado a un estereotipo que privilegia las actividades económicas dirigidas a directamente a generar ganancias, mientras que las actividades de carácter más cultural son vistas como un pasatiempo o una actividad secundaria, que vive como una Cenicienta, en donde el apoyo no se manifiesta en acciones concretas, sino que se convierta en gestos vacíos.

En nuestra sociedad se privilegia la satisfacción inmediata pero deja marchitarse aquellas actividades dirigidas al engrandecimiento de la patria, y la recuperación de nuestras mejores tradiciones.   Una sociedad donde se pasea la indolencia por los márgenes, que se va llevando a los pequeños, hasta que simplemente olvidamos su existencia.

Se dice en el África profunda que cada vez que muere una persona mayor, es como si ardiera   una biblioteca, pues con ella se marchan sus vivencias y su visión del mundo. ¿Cuántos perderemos nosotros con la desaparición de un creador, o una creadora? ¿Cuantos mundos que viven en su interior, por la precaria condición de nuestras industrias culturales, mueren como esas semillas sin dar fruto? ¿Cuántos tienen que perderse antes de que lloremos inútilmente por la leche derramada?


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