Mario Ramírez Granados.

Dentro de las veredas de la imaginación, algunos géneros que empezaron como caminos y se ensancharon hasta convertirse en un territorio propio, con sus propios nombres y reglas.  Uno de esos caminos es el terror, género que algunos desprecian como menor, pero que existe desde que se contaban las primeras historias junto al fuego.

Con el tiempo, aquellas historias que se contaban boca a boca, y de generación en generación, empezaron a escribirse, captando lectores propios. Incluso grandes escritores, como Honoré de Balzac o Charles Dickens, escribieron sus propias historias de fantasmas, mientras que otros autores se volcaron directamente en el género, y fundaron sus convenciones. Uno de esos nombres propios, que quedaron permanente al género de terror, es Edgar Allan Poe.

Decía Lovecraft en su Ensayo sobre el terror en la literatura que “el verdadero cuento sobrenatural contiene algo más que muertos secretos, huesos ensangrentados o una forma envuelta en sábanas y agitando cadenas, según los cánones establecidos”. En contraposición, el genio de Providence decía que la fuerza del relato de terror se basaba en la atmosfera de inquietud, en la abolición de las leyes de la naturaleza. Es esta marca la que diferencia a las obras maestras en el género de terror de aquellas basadas en clichés o tramas predecibles.

Poe como renovador

Si el relato de terror previo a Poe se basaba en el uso de leyendas populares ambientadas en ambientes exóticos y lejanos, como los castillos medievales o paisajes góticos, personajes como almas en pena, hombres lobo y brujas, hasta volverse en historias acartonadas con tramas genéricas, Poe dejo su marca en la historia de la literatura como un renovador, siendo uno de los primeros autores en dejar de lado ese tipo de personajes o ambientaciones previos. En su lugar, Poe centrara su atención en los aspectos psicológicos de sus protagonistas, explorando emociones como la pérdida o la soledad, logrando crear de esta manera historias más cercanas a los lectores de ese entonces como la obsesión por el doble (William Wilson), o el deseo por evadir a la muerte (La verdad sobre el caso Valdemar).

En otros relatos, Poe exploró en el género de misterio e inauguró un nuevo género, el policial, mediante la creación de su caballero Auguste Dupin, un noble que ayuda a la policía a resolver crímenes misteriosos, con base en el método deductivo La estela que marcó Poe pronto sería seguida por otros autores que traerían sus propios detectives, como Poirot, el padre Brown, y el más famoso investigador: Sherlock Holmes.

Despreciado a menudo por la crítica de su tiempo, que se centraba en los aspectos morbosos de su vida, la obra de Poe pudo trascender su tiempo hasta convertirse en un clásico ineludible. En contraposición, muchos de sus críticos contemporáneos, han caído en el olvido.

Fue Charles Baudelaire, en sus escritos sobre literatura, uno de los primeros en rescatar el valor literario de la obra de Poe más allá de su biografía, anticipando que su destino no estaba en manos de la crítica: “De las obras de este genio tengo poco que decir; el público dirá lo que piensa de ellas

Autores posteriores a Poe, como H.P Lovecraft, tal vez el más conocido exponente del cuento materialista de terror, que renovó al género en el siglo XX, reconocerían la vigencia de su obra y su deuda con ella, señalando que “[…] Algunos de los cuentos de Poe poseen una perfección casi absoluta en lo tocante a formas artísticas que los hacen verdaderos puntos de referencia en el campo de la historia corta

Un ejemplo de la vitalidad de su obra se dio a mediados del siglo XX cuando el cineasta Roger Corman y un joven guionista llamado Richard Matheson, adaptaron libremente algunas de sus obras en una serie de películas como La máscara de la muerte roja, El pozo y el péndulo o El Cuervo, tomando algunas de los temas de Poe. Fueron estas adaptaciones las que reintrodujeron la obra de Poe e inmortalizaron al actor estadounidense Vincent Price como una figura esencial del cine de terror de los años sesenta y setenta.

Pero el mérito de Poe más allá de la calidad de sus obras es que este se convirtió en un ícono cultural, en un residente de las veredas de la imaginación que tanto el cine como la literatura homenajean en obras y películas como El Cuervo (2012) o Los Crímenes de la Academia (2022) y cuya vida y personalidad continúan capturando la atención del público.

Reinventando a Poe

La más reciente reinvención de Poe, nos llega de la mano de Mike Flanagan, quien nos ha mostrado para traer clásicos del género de terror a los ojos del siglo XXI, como la Maldición de Hill House u Otra vuelta de tuerca, reinterpretándolas y trayéndolas a la actualidad, sin perder la esencia del original,. La apuesta de Flanagan en esta ocasión es una serie basada en los cuentos de Poe, agrupándolos dentro de una de sus obras más conocidas: la Caída de la Casa Usher.

Su casa Usher muestra a una estirpe que ha creado un emporio farmacéutico a partir de prácticas dudosas y cuyos herederos incursionan en mercados emergentes como los videojuegos, las redes sociales o el consumo VIP.  La música electrónica, los grandes edificios y los algoritmos reemplazan a la vieja casa victoriana, que permanece como vestigio vergonzoso de los orígenes de la casa Usher Pero detrás de la opulencia, de la vida en la pantalla y las luces neón, se esconden personalidades frágiles y autodestructivas, cuya existencia se pone en peligro cuando aparece una extraña mujer llamada Verna, quien parece estar ligada al ascenso de los Usher, y a los secretos de cada uno de los miembros de la familia.

Flanagan utiliza personajes como los hermanos Usher o el Príncipe Próspero, reinsertándolos en la historia contemporánea, pero en su versión, estos personajes no son víctimas de sus circunstancias, sino personas que deliberadamente construyeron su propio destino y su final. En su puesta en escena, Flanagan es capaz de utilizar elementos de lenguaje estético como la distorsión de la fotografía como recurso para mostrarnos los fantasmas que pueblan tanto la casa familiar como la mente de Roderick Usher, o el uso de la voz en off para incorporar pasajes de la poesía de Edgar Allan Poe que acompañen las imágenes o las motivaciones de los personajes, como una especie de monologo interior.

Queda ver si, como hace casi 200 años, la frase de Baudelaire sigue vigente y la magia de Poe aún perdura. El público tiene la palabra.

Avatar

Por Mario Ramirez

Abogado de formación, labora en la Asamblea Legislativa de Costa Rica, Departamento Legal.