Mario Ramírez Granados: Las veredas de la imaginación – Las llaves del reino

La invitación a la lectura significa entregarles las llaves del Reino para que nuestros hijos por sí mismos exploren las veredas de la imaginación.  Lo contrario es arriesgarnos a que para las nuevas generaciones, el libro sea un objeto extraño, desconocido o peor aún, en desaparición.

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Mario Ramírez Granados.

Una vez en una cita del Médico de mi hijo en la Clínica de Coronado, nos tocó esperar como a la mayoría mientras nos pasaban a consulta. Al frente de nosotros, había una señora que parecía absorta en su celular y un niño dos o tres años más grande que mi hijo que revoloteaba a su alrededor con una inmensa pistola de juguete. Para matar la espera, saque del bulto un rompecabezas para mi hijo, y un libro para mí, que empecé a leer. No era un libro especial., pero recuerdo que el chico del arma de juguete se asombró   de ese pequeño objeto de papel y cartón y empezó a preguntarle a su madre por el extraño rectángulo que tenía en las manos.

La pregunta del niño   me quedó dando vueltas por años ¿Tantos hemos cambiado que hoy incluso un objeto como el libro, parece extraño?  ¿Cómo lograr acercara los más jóvenes al primer encuentro con la lectura?

Ensayar una respuesta no es nada fácil. En mi caso, llegue a la literatura por un accidente   infortunado. Tendría en ese entonces siete años, y por un juego de niños con agua, me terminé   contagiando de hepatitis. Me tocó pasar unos quince días internado. En el Hospital no contaba con niños de mi edad o un televisor, solo me quedaba leer los textos de mis padres, que termine devorando para librarme del aburrimiento. Devoré la mayoría de los textos que había para chicos de mi edad.

Una tarde, mis padres trataron de calmar mi aburrimiento con dos novelas. Eran dos ejemplares blancos de las Colecciones de Editorial Orbis:  La isla del tesoro, y Miguel Strogoff. Esa tarde sería la primera vez que finalmente me internaría en las veredas de la imaginación. Con el tiempo, la enfermedad se fue, pero el gusto de la lectura se quedó conmigo y me cambió la vida.

Sin embargo, cuando vuelvo al caso del niño de mi historia, no dejo de pensar que iniciarse en la lectura es como recibir las llaves de un Reino.  Con la ayuda adecuada, es fácil tomar la llave e internarse por los caminos de la literatura que van más allá de las paredes de nuestro alrededor y de nuestra mente. De lo contrario, el camino hacia la imaginación se vuelve más tortuoso y más empinado. Se trata de un acto tan sagrado, no puede quedar librado a los golpes de la fortuna.

En el caso de los padres, no podemos ceder nuestra responsabilidad a la Escuela. Ceder dicha responsabilidad es arriesgarse a que caigan en el régimen de la lectura por obligación, que tiende más bien a alejar a los nuevos lectores de esos mundos que se asoman entre las letras.

El ejercicio de esta responsabilidad se vuelve más importante en momentos que la imagen parece imponerse sobre la palabra, y en que aún que gracias a medios como internet hay más información que nunca, muchos han perdido la capacidad de orientarse, haciendo que la nube parezca por momentos un laberinto.

Enseñar a leer, implica enseñar a distinguir, enseñar a investigar, enseñar a elegir a elegir. Implica dar los primeros pasos hacia el pensamiento propio. Los padres solemos   subestimar este poder y renunciamos no solo a formar lectores, sino también a formar ciudadanos.

Formar a nuestra niñez y nuestra juventud significa estar presentes, no significa abandonarnos a nuestras rutinas o peor aún, al imperio   de una pantalla de televisión o un celular. La invitación a la lectura significa entregarles las llaves del Reino para que nuestros hijos por sí mismos exploren las veredas de la imaginación.  Lo contrario es arriesgarnos a que para las nuevas generaciones, el libro sea un objeto extraño, desconocido o peor aún, en desaparición.


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