Mario Ramírez Granados: Las veredas de la imaginación – Vivir a pesar de todo

Para Su Brenes y su fidelidad a sí misma

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Mario Ramírez Granados.

De Baudelaire dijimos  que  hay personas  que  a pesar de su corta  estancia  en esta  tierra, dejan  un legado que perdura.  Y existen otros, cuya  vida es en sí misma  una  historia que es digna  de ser contada.

Se llamaba Robert,  era un hombre del siglo XIX, con una voluntad tan grande, que siempre  estuvo  más allá de su precaria salud y de sus circunstancias. Nació  en  Escocia en 1850, desde niño era enfermizo, y vivía privado de la mayoría de los juegos que los niños de su edad disfrutaban, pero se volcaba a las novelas de aventuras. La vida  de Robert siempre convivió con una condición de salud  precaria, que  lo debilitaba muchísimo. Tantas veces lo condenaron a morir, pero el alma del  joven Robert se rehusaba a rendirse a ese  diagnóstico.

En un medio tan adverso,  en el que muchos se derrumban ante la imposibilidad  de llevar  una  vida  normal, pero el pequeño Robert  contaba con su imaginación. Una imaginación que empezó a manifestarse desde sus años tempranos. Adoraba los cuentos de  su Nana para dormir, que  después daría  forma  a algunas de esas historias que todavía  hoy se siguen  contando. Contaba además  con el apoyo de sus  padres, quienes  los apoyaron  durante  toda su vida.

Le diagnosticaron tuberculosis, lo cual le obligaba a buscar climas cálidos  para vivir.  Primero  a la campiña francesa,  en donde en uno de esos  viajes, conoció a  Fanny  Osbourne,  que  llegaría  a ser  su esposa.  Fanny  regresó  a  los  Estados Unidos, mientras  Robert  se quedaría  en Europa, donde  editaría  su primer  libro Viaje  al Continente. Pero  la compañía de  Fanny, ya  le  era indispensable, y  contra todos  los diagnósticos  médicos,  viajó  a Estados Unidos en su busca y  se quedó   un tiempo en California.

La  feliz pareja  volvería  a  Escocia, pero  la  enfermedad los obligaría  a  mudarse en  busca  de sol y de climas  más favorables. Primero Escocia, luego Suiza, pero ya la geografía del  continente  no bastaba, así  que  empezó su peregrinar por el Pacífico, por los Mares del Sur.  En ese viaje le acompañaron  su madre,  Fanny,  y los hijos de ésta.

En las Islas,  los nativos  reconocieron su talento.  Para  ellos Robert era Tusitala, el contador de historias. Cuando su voz, finalmente se apagó,  habría cumplido 44 años, pero solo se agigantaba su leyenda, la leyenda de  R.L. Stevenson  como lo conocemos la mayoría de  sus  lectores.

Dentro  del haz  de caminos  en los que se  bifurcan  las veredas de la  Imaginación,  Stevenson  trazó algunas de las sendas  más  brillantes.  Una de sus novelas más famosas, es una de las primeras lecturas de muchos: La Isla del Tesoro. De acuerdo  al profesor argentino, Sebastián Porrini, la Isla del Tesoro empezó como un  divertimento  para uno de su  hijo adoptivo; Lloyd Osbourne durante  un verano en Edimburgo. Cuenta la leyenda, que la historia comenzó a partir de un mapa  del tesoro  imaginario  que  Stevenson  dibujó  para Lloyd,  a la cual  le  iba  agregando detalles  y personajes.  El  escritor  pudo ver el potencial  de esa narración  y  aquella  fantasía  se convertiría  en una  novela  por entregas, y hasta  tomar  forma en esa novela prodigiosa.

Los que  conocen  el valor de los libros iniciáticos, saben  que  la Isla del  Tesoro es algo  más  que una historia de piratas, sino que se  trata de un libro  en  cuyas  páginas se encuentran reflexiones  universales como  las amistad,  el  paso de la infancia  a la madurez, el honor y la redención. Un libro que es capaz de introducir personajes  como  Gray,  que pasa de esa suerte de hombre maltrecho para defender al Capitán de la Hispaniola, el Náufrago  Ben Gunn o esa creación tan maravillosa  que es  Long  John Silver, el ayudante del Capitán Flint, uno de esos  primeros  villanos  que uno de niño llega a amar.

Al terror le dejo  esa novela extraordinaria que es el Extraño caso del Dr. Jekyll  y Mr Hyde, una de las  más interesantes reelaboraciones del tema  del  doble,  donde una  fórmula  misteriosa se convertirá  en la clave  para  que  un  médico que encarna todos los valores de la era  Victoriana, se convierta en un engendro que  le da rienda a sus  instintos  en los bajos  fondos de París.  Una  novela que dejaba ver  el dilema  de  la condición humana, que  luego  tomaría en  los conflictos bélicos de los siglos  posteriores. Es decir  dos obras  que  alcanzaron rápidamente su condición de clásicos,  al ser  un retrato de su tiempo, pero que más de un siglo de  su publicación, nos  siguen interpelando, y fascinando, como  en sus  tempranos  días.

R.L  Stevenson  no se agota  en  las dos obras que mencionamos,  nos dejó un puñado de  relatos como El  diablo  embotellado ,  Olalla o el  Diamante del Raja,  o novelas históricas como  La Flecha Negra.  Pero en  mi caso, mi  historia  favorita de R.L. Stevenson  sigue siendo la de Robert,   el  niño  enfermo  que  vivió  a pesar de  todos, gracias a su portentosa imaginación,  y que hizo de su vida misma  una aventura que lo llevo por el mundo hasta convertirse en Tusitala, el contador de  historias.

Hoy algunos  nos quejamos  del  confinamientos, pero este  tipo de momentos  como en el  caso  de  Stevenson  dieron lugar  a  crear  proyectos  como la Isla del Tesoro.  Nuestra  realidad  está llena de ese tipo de momentos,  de esos que  como  si  fuese  un hechizo  abren  pasajes directos a las Veredas de  la Imaginación, para  aquellos  que como  el pequeño Robert  de nuestra historia son tenaces  en vivir  a pesar de todo  y nunca se rinden. ¿Qué hacemos  entonces  con el tiempo que tenemos?


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